Hay cosas que nos asombran y no dejan de hacerlo nunca. ¿Cómo explicar la aceptación inmediata, amplia y tan cordial de la poesía de Jaime Sabines, aceptación que implicaba la coincidencia entre los críticos exigentes y el gran público amante de los libros? Quizá podríamos decir que el motivo que da cuenta de esta recepción es la capacidad de crear una relación casi instantánea entre el poema y el lector. En su obra, las palabras de él, las palabras de Jaime Sabines, se transforman rápidamente en el habla de cualquier persona y, al mismo tiempo, en un decir inusual y potente.
Sus poemas, a diferencia de lo que sucede con una buena parte de la gran poesía mexicana, desde Primero sueño hasta Piedra de sol, pasando por “El himno de los bosques” y “La suave Patria” (todos poseídos por el demonio de la metáfora, donde la fuerza creativa ha producido increíbles laberintos noctívagos o traslúcidos), nos revela que la entrega del poema puede ser un acto simple, sin rodeos, en el más humilde de los sentidos y que esta entrega está llena de una hondura desconocida y feroz: “Yo no lo sé de cierto, pero lo supongo/ que una mujer y un hombre/ se quieren,/ se van quedando solos poco a poco, […] solos sobre la tierra se penetran,/ se van matando el uno al otro”.
Y aunque Carlos Monsiváis tiene razón cuando dice que Sabines “es un poeta al margen de las modas”, Octavio Paz también la tiene cuando señala que es un “expresionista”, ya que la inconformidad, los trazos violentos y la indagación del abandono, la miseria y la muerte —pero también la diversión ridícula y pantagruélica—, nos sacuden con su lectura. En este sentido, uno podría ver cómo en esta poesía fuera de moda, sin remordimientos “sociológicos” y reconcomios moralistas, y en este expresionismo “concreto”, un poco como el de Dix o el de Grosz, cobra materialidad la ausencia ominosa de la vida dura igual que la de “un perro herido al que rodea la gente”. Y, ahí, en ese lugar inválido, el poema deviene en un instante no experiencia, sino verdad y, mejor aún, expresión en una honestidad incomparable que no oculta nuestro lado horrible y egoísta. En sus textos nos vemos transformados, de manera salvaje, bajo el jolgorio de la fiesta, en el “El buey, el tigre, la paloma, el lagarto…” y en el poeta mentiroso o, de manera patética, vivimos el gesto —la indiferencia— de irnos al cine el día de la muerte de la tía Chofi.
Ya sabemos que la poesía moderna dejó entrar la insignificancia y lo grotesco en el territorio de lo profundo, de lo bello y de lo hermoso, pero en Sabines esta irrupción ha cobrado un sentido que no es nada más la creación de antipoesía. Sabines está más allá de esta forma (quizá hasta él la inventó) por su autenticidad absoluta y su pirrónico cinismo —la lectura melosa de sus poemas está confundida, aunque algunos de sus textos menores la justifiquen. Él no sólo trajo lo pequeño y chocante a la poesía, trajo los mundos desconcertantes e irrisorios que son nuestra excepcional vida ordinaria. La metáfora en Sabines es pura desazón y rotunda realidad mínima. Sólo él podría haber dicho: “háblenle de tragedias a un pescado”.
AQ / MCB