En el verano de 1991 contaba apenas con 17 años, vivía en un pueblo de la costa del Pacífico, en el estado de Colima, y no tenía más que un solo sueño: ser poeta. Pero en el pueblo no había biblioteca, ni mucho menos librería, y acceder a los libros era una especie de milagro. Como he tenido en la vida una relación cercana con este tipo de acontecimientos, un día que pasaba por la única revistería que había en el pueblo, contigua a la parada del autobús que me llevaba y traía de Colima (en el primer año de Derecho en la universidad), encontré, tirada en el suelo, como abandonada, una caja de libros de segunda mano. Sobre una novela de Hemingway, dos de Cortázar, una más de Vargas Llosa, otra de Faulkner, los poemas de Neruda y (curiosamente) de Gilberto Owen, yacía la antología poética de Jaime Sabines, en la edición publicada por el Fondo de Cultura Económica. Me habría gustado llevarme todos los libros, pero eso habría supuesto quedarme sin el dinero para el pago del autobús y mi cena de esa noche, así que ante tal dilema opté por comprar el libro más barato: el de Sabines. Cogí la antología, pagué con las monedas justas (diez pesos) y me lo llevé.
En aquel tiempo yo era un lector heteróclito que respondía solo a estímulos sensoriales o emocionales, y en eso poco intervenían mis capacidades intelectivas. Sabía casi nada de corrientes literarias, periodos de la tradición poética o narrativa mexicana, estilos, recepción de obras, lo que quería decir que la línea del tiempo literaria estaba rota en mi cabeza. Quevedo, Bécquer, Darío y Huidobro no tenían una distancia ni temporal ni geográfica ni de ningún tipo en mi universo lírico, todos pertenecían a una misma cofradía. Confundía la generación del Ateneo de la Juventud con la de Contemporáneos, y ni siquiera me imaginaba lo que significaba la obra de Octavio Paz en el contexto del surrealismo francés, ni la de Sabines en el coloquialismo latinoamericano o como eco de las propuestas poéticas del grupo La Espiga Amotinada. Tampoco sabía que las estéticas de Paz y Sabines estaban “intrínsecamente” en pugna. Pasado en claro y Algo sobre la muerte del mayor Sabines me parecieron, poco después, grandes poemas, potencias expresivas inabarcables, y por eso hermanos en más de un sentido, pero cuando lo confesaba los contertulios me pedían no volver a repetir tal disparate. Ignoraba a qué obedecía dicha pugna. Todo era confusión y ahora la celebro, pues entonces no tuve mojoneras para despreciar Muerte sin fin, esa colosal pieza insondable, y elogiar Canciones para cantar en las barcas, del mismo Gorostiza. No tenía que quedar bien con nadie, ni plegarme a gustos ni a modas. Por eso, límpida alma, tabula rasa mi corazón, cuando subí al autobús y empecé a leer los primeros poemas de Sabines, los de Horal, conjunto adelantado a su época y piedra de toque del coloquialismo latinoamericano, solo tuve ganas de escribir, de sentir intensamente, y vi la vida inmediata y abruptamente de una forma distinta a como la había visto antes. Después sabría que Sabines pertenecía a una camada de poetas que, reacios a usar un lenguaje culto y alambicado, se habían decidido por una forma más natural y espontánea del habla diaria, los sentimientos cotidianos, y querían comunicar (comunicarse con el lector) antes que ensimismarse en sus propias introspecciones y divagaciones, pero en ese momento yo volaba, caía del cielo sin paracaídas, porque por fin alguien (Sabines) me hablaba de forma sencilla y humana de los grandes temas que me interesaban y algunos otros que me acechaban, como la muerte, el amor, la soledad, Dios, el tiempo. ¡El maldito tiempo!
Con la trampa de lo sencillo, de lo coloquial, pensé que era fácil escribir poesía y podía ser un poeta, un poeta grande, un poeta importante, sin saber que lo que se lee a lo fácil no está escrito fácilmente, y que detrás de esa aparente sencillez hay siempre un trabajo acucioso de estilo y de afinamiento frástico. Más allá de los encuentros y desencuentros entre los miembros de la República de las Letras, desde su primer libro Jaime Sabines encontró lo más difícil de encontrar a la hora de pragmáticamente escribir poesía: la voz. Y Sabines, desde su primer poema (“El mar se mide por olas…”), nos hizo reconocer la suya propia.
Como bien sabía que la poesía está hecha de palabras, desde Horal hasta Algo sobre la muerte del mayor Sabines, nuestro poeta chiapaneco estableció las rutas y coordenadas propias de su estética y de su propia ética, siempre vasos comunicantes: lenguaje coloquial, estilo directo y claro, sencillez expositiva. Absorbió lo mejor de las vanguardias (la puesta al día del lenguaje de la época para comunicar con la mayor efectividad posible), pero huyó de la experimentación lingüística per se. El poema debía responder a una necesidad honda de la condición humana. Por eso, para Sabines los poemas se encontraban, no se creaban, eran una búsqueda en sus propias carencias y dilemas como hombre de carne y hueso.
Esta ponderación por lo humano y terrenal, que le viene de Poemas humanos, Residencia en la tierra o Romancero gitano, sus mayores influencias, le dio a la poesía de Sabines un signo de identidad y pertenencia para su lector ideal: el hombre común y corriente.
Sabines mismo fue impermeable a cualquier sesgo o actitud intelectualoide y jamás fue proclive a parecer un hombre culto o de letras. Vendió telas, comercializó alimentos para animales, etcétera, y aunque hacia el final de su vida ocupó cargos políticos (como diputado federal en un par de ocasiones), estos estuvieron blindados para su actividad como poeta. Quien haya leído su obrase dará cuenta de que no hay ninguna pretensión de parecer un poeta, sino un simple mortal hablándole a otros simples mortales sobre las cosas profundas de la vida.
Aunque se ha considerado a Algo sobre la muerte del mayor Sabines su obra más sustancial, y en lo particular a “Los amorosos” su más emblemático poema, lo cierto es que muchas de sus piezas son ahora parte del imaginario colectivo (“La cojita embarazada”, o “Te quiero a las diez y a las once y a las doce del día”, o “Yo no lo sé de cierto”) y del canon más selecto de la poesía mexicana. Un libro que resume todos sus desafíos es, sin duda, Tarumba. Lenguaje sencillo, eficaz musicalidad, profundidad vital y una genuina fuerza liberadora convierten a Tarumba en un territorio en donde el lenguaje deviene atemporal, necesario e irrevocable: “Yo me quejo, Tarumba, de estar sirviendo a la poesía y al diablo./ Y a veces soy como mi hijo, que se orina en la cama,/ y no puede moverse, y llora”. Con un poco de ironía, Sabines mismo se identificaba con esa clase de poetas que se tropiezan con una piedra y dicen pinche piedra, y no con aquellos “sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: Lucero, Luzcero, Luz Eros, la garganta de la luz pare colores cóleros, etcétera”.
A pesar de que ya conozco todas las corrientes literarias habidas y por haber, grupos y grupúsculos literarios, ismos y últimas modas, sigo respondiendo a estímulos sensoriales, sentimentales, racionales, cuando leo poesía, sigo reacio a admitir lo nuevo simplemente por el hecho de que sea nuevo, a lo insustancial o lo anodino solo porque suena raro, y sigo con la convicción de que, tal como la tuve a mis 17 años, la poesía debe estremecer el frágil corazón del hombre y hacerlo palpitar de una manera distinta, y eso es lo que logra Sabines con su obra poética, sin duda la más importante de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Usando una frase manida, pero inevitable, es importante decir que la actualidad de su obra hace obligada su lectura (para quienes todavía no lo han leído) y su relectura (para quienes lo atesoramos desde hace ya muchos años).
AQ / MCB