En más de quinientas películas se escucha la música de Ennio Morricone, el incomparable compositor italiano a quien su padre, que tocaba la trompeta, le transmitió la pasión por este instrumento. Estudió en el conservatorio de Santa Cecilia, en Roma, luego hizo un curso complementario de Armonía y posteriormente estudió Composición. “Tomaba las clases (entre 1940 y 1941) de Antonio Ferdinandi y luego las de Goffredo Petrassi”, le dijo al periodista de La Repubblica Antonio Gnoli en una larga entrevista.
Para ganar algo de dinero y ayudar a su familia, comenzó a hacer arreglos musicales para la radio. “En esos años colaboraba frecuentemente y de forma determinante en las composiciones musicales. Sin firmar. Sin aparecer. Fue mi periodo de aprendizaje”, recordó en esa conversación tan aleccionadora como la que sostuvo con el joven compositor Alessandro de la Rosa, recogida en el libro En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida (Malpaso, 2018).
Este libro es un viaje al mundo íntimo de Morricone, quien antes que músico quería ser ajedrecista o médico, pero la vida lo llevó por otro camino. Después de la radio comenzó a trabajar en la televisión y en la RCA, en la que escribió canciones para estrellas como Paul Anka y de esta manera su nombre comenzó a ser cada vez más conocido.
Ennio Morricone nació en Roma el 10 de noviembre de 1928, la ciudad donde moriría el 6 de julio de 2020, a los 91 años. Toda su vida la dedicó a la música y al ajedrez. Era un virtuoso que evadía la rutina, que experimentaba, que realizaba sus arreglos con soluciones insólitas, como lo hizo con “Se telefonando”, la canción que escribió para Mina, que —dice él— es “a la vez previsible e imprevisible”. También escribió arreglos, entre otros, para Mario Lanza, Fausto Cigliano, Miranda Martino y Domenico Mondugno.
En 1961, Morricone dio comienzo a su largo idilio con el cine con la película El federal, de Luciano Salce protagonizada por Ugo Tognazzi. Desde entonces colaboró con algunos de los mejores directores del mundo. Su primer éxito llegó en 1964 con la banda sonora de Por un puñado de dólares, la primera de la trilogía del oeste de Sergio Leone que incluye Por unos dólares más y El bueno, el malo y el feo.
Morricone conoció a Pier Paolo Pasolini a finales de 1965. Le pareció un hombre trabajador, serio, respetuoso, discreto. En 1966 —hace 60 años— escribió la banda sonora de su película Pajaritos y pajarracos. Volvieron a coincidir en 1968 con Teorema y luego en El Decamerón, Los cuentos de Canterbury, Las mil y una noches y Saló o los 120 días de Sodoma, la última película del cineasta, narrador, dramaturgo y poeta asesinado el 2 de noviembre de 1975.
En busca de aquel sonido es más que un inventario de películas musicalizadas por Morricone. Es el recuerdo de su amistad y relación con directores como Gillo Pontecorvo, Bernardo Bertolucci, Brian de Palma, Pedro Almodóvar, Roman Polanski, Oliver Stone. Recoge también el testimonio de sus amigos y su trabajo como director, cuyos conciertos incluyen como temas obligados La misión, Cinema Paradiso y Érase una vez en América.
“Escribir música es mi oficio, el que me gusta y la única cosa que sé hacer”, decía Morricone. Para él, la música era una necesidad y un placer que lo llevó a grandes reconocimientos. Hace veinte años, en 2006, le fue otorgado un Oscar honorífico por toda su carrera y hace diez, en 2016, después de cinco nominaciones, a los 87 años ganó por fin el Oscar por la banda sonora de Los ochos más odiados, de Quentin Tarantino, pero no se daba por satisfecho y seguía mirando hacia el futuro. En estos días, cuando la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha entregado de nueva cuenta sus premios, es importante recordar a uno de los más grandes compositores de música para cine de la historia.
AQ / MCB