Cultura

‘El testamento de Ann Lee’: el baile que punza

Cine

'El testamento de Ann Lee', dirigida por Mona Fastvold, muestra la dimensión corporal de la experiencia religiosa, así como la lucha interior entre convicción espiritual y desgaste humano.

Hay un concepto formal en El testamento de Ann Lee, el punctum: ese momento decisivo en que la obra de arte nos atraviesa. No es necesariamente la escena más espectacular ni la de mayor peso narrativo. En El testamento de Ann Lee ocurre durante uno de los cantos colectivos de la comunidad shaker que fundó la protagonista Ann Lee.

El grupo gira en danza ritual. Trance y disciplina, mente y cuerpo. Es en esta coreografía comunitaria que la cámara se detiene en ella, en Ann Lee. Amanda Seyfried, la actriz, no parece estar haciendo algo particular: no dirige la danza ni la domina, pero el punctum consigue atravesar desde esa mirada actoral hasta el espectador: el movimiento repetitivo, el ritual, las voces que suben y bajan nos atraviesan. Y si uno se lo permite, la expresión de esta fundadora religiosa ofrece para nosotros algo mucho más profundo que un discurso, nos punza con el dolor de la protagonista que oscila entre la convicción absoluta y el agotamiento interior.

Por otra parte, el studium, según Roland Barthes, es aquello que entendemos culturalmente de una imagen: contexto y tema: una mujer crea su comunidad religiosa y en ella se cae en trances místicos. No es que la directora haya planeado todo para llevar ahí al espectador. El punctum se da. Es lo que no puede planearse del arte; es un detalle que perfora a la narración y al espectador y los comunica. Se trata de un acontecimiento íntimo (casi amoroso) entre la obra y quien la mira. Así la escena del baile desde el punto de vista del studium es simple: hay una comunidad religiosa que practica un ritual colectivo y se introduce en fervores espirituales. Todo ello, además, podemos comprobarlo históricamente.

Los shakers practicaban danzas extáticas en que expresaban su espiritualidad en movimientos corpóreos repetitivos: la experiencia religiosa era algo físico y colectivo. Ann Lee fue, en la vida real, una obrera inglesa del siglo XVIII que tuvo una serie de visiones místicas por las que fue perseguida. Se exilió de Inglaterra y se fue a Estados Unidos con un pequeño grupo de seguidores. Sus bases religiosas eran el celibato, el trabajo comunal y el éxtasis religioso gracias al cual aparece esta punzada que la directora Mona Fastvold (quien escribió el guion junto a Brady Corbet) consigue que nos atraviese. Todo gracias, también, a la fotografía de William Rexer porque, si uno se fija, el punctum tiene lugar cuando la cámara ha dejado de observar el ritual desde afuera y nos mete con ella en una respiración colectiva, en la textura de las luces, en los tonos apagados de los interiores y el movimiento orgánico de los cuerpos que construyen una atmósfera en que la espiritualidad no es una abstracción teológica; es un fenómeno físico. Ahora bien, Barthes insistía en que el punctum no es universal. Cada espectador lo encuentra en un lugar distinto, pero, cuando aparece, la imagen deja de ser un objeto lejano, la película no es ya solo una película, es algo que nos está ocurriendo. Y es aquí donde uno agradece al diseño de producción. Independientemente de que creo, con Jacques Rancière, que todo cine tiene una dimensión política, no todo el cine transmite un mensaje ideológico. El testamento de Ann Lee puede ser leído políticamente, pero es en la sincronización del baile donde encuentra su lugar en el arte, una película que no solo está hecha para que la veamos sino para que, si lo permitimos, nos suceda y poco más.

¿Dónde ver El testamento de Ann Lee?

La nueva película de Mona Fastvold se encuentra en la cartelera de cadenas comerciales del país. 

El testamento de Ann Lee

Dirección: Mona Fastvold | Reino Unido, 2025.

AQ / MCB 

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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