Cultura

Jaime Sabines, poeta del presente

En portada: 100 años de Jaime Sabines

Entre la persona singular y la colectiva, Jaime Sabines ensayó en torno de sí para, a través del relato de sus vicisitudes, descubrir una esencia vital, la que asimismo le exigió a la poesía.

Todo poeta verdaderamente popular termina perdiendo sus rasgos para adquirir aquellos que sus lectores le fueron confiriendo. Para la iconografía, Jaime Sabines fue un hombre propenso a las lágrimas, la imprecación, la cólera y a la vez con una ternura en la que se atropellan el dolor y la queja. Esta representación, tan del gusto de nuestra inclinación hacia las manifestaciones irracionales, si bien lo acercó a un público ávido de reconocer sus propios rasgos en la poesía, también borró sus señas particulares, su raigambre histórica. Más que un poeta acorde a la tradición de nuestras repúblicas tan necesitadas de palabras, en la vena de Juan de Dios Peza, por ejemplo, o de un bardo heroico que asumiera la herencia de Lord Byron, como Díaz Mirón, Sabines fue un poeta de estirpe oriental. Ciertamente en su voz resuena el áspero y milenario acento de los profetas del Antiguo Testamento, pero igualmente el timbre de sensualidad, grácil y embriagante, que los poetas persas modularon a la vera de los dátiles y la fragancia de la miel. Si las pesquisas críticas sobre esta poesía apenas han prestado atención a los rumores de otras frondas se debe, más que a su inexistencia, a que hemos preferido guarecernos bajo la sombra de sus versos en lugar de aventurarnos por sus comarcas. Ni siquiera es necesario explorar mucho para percibir en ellos la música de los jardines y de los campos orientales.

Importa menos cartografiar los veneros y oasis distribuidos en los arábigos desiertos que rescatar la corporeidad y los rasgos de la persona. Nada más innoble que maquillar a los muertos. Mejor raspar la piel, devolver el cadáver a los huesos, a la deleznable condición que es la sustancia de la tierra. Al enfrentarnos a este corpus nos conmueve, por supuesto, la emoción descarnada que nos descubre que la lírica aún es posible, sin el tamiz de la imagen ni de la arquitectura; de la insinuación culta o del artificio. Sin embargo, cabe señalar que la configuración de Sabines como un poeta adámico fue posterior a la publicación de Horal (1950), su primer libro, lo que desmiente esa superstición contemporánea del poeta insuflado por los dioses que no precisa de lecturas para manifestar su estro.

Como nos aterra leer —¿no bastan acaso las conversaciones de cantina para enterarse de la literatura?, ¿para qué sirven las respuestas de Gemini o ChatGPT?—, en nombre del chiapaneco hemos construido un mito a la altura de nuestra ignorancia. En ese constructo, Sabines, el poeta inculto, es también el poeta sentimental. Más que sentimentalismo, un estado que asocio con debilidad, con cobardía ante la existencia, permea estos versos una corriente estoica; de ahí que este alegato haya comenzado con esa alusión a la ascendencia oriental. El recuento poético profiere menos una queja o el registro narcisista del ensimismado que una suma de observaciones sobre el difícil arte de vivir. Entre la persona singular y la colectiva, Jaime Sabines ensayó en torno de sí para, a través del relato de sus vicisitudes, descubrir una esencia vital, la que asimismo le exigió a la poesía. No otra ha sido la lección de los grandes moralistas. Por ello, en varias ocasiones se refiere al hombre —así, como una entidad abstracta—, cuando en realidad busca comprenderse a sí mismo y viceversa. Gran mérito recuperar la función primordial de la poesía: dar voz a los otros siguiendo la propia, íntima voz.

Jaime, Carlos, Manuel, Pedro, Gilberto,
tengo todos los nombres de los hombres,
entiendo por Garote, Cuasimodo, Rododendro,
Paloagrio y Aceite,
Azufre, Pedernal, Gato pómez, Rastrojo...
Si alguien se queja en algún lado,
si alguien mata,
si alguien es muerto,
si alguien ama hasta quedarse mudo,
si alguien se duele o goza de algún modo,
estoy, no cabe duda, soy yo en algún momento.

(“La negra noche”)

La sensibilidad de Sabines no padece las flaquezas que la superstición le ha endilgado. Qué bueno que festejamos su centenario porque nos permite la relectura y corroborar que, en la mayoría de los casos, poco tiene de la efigie de ese poeta complaciente en que lo fueron moldeando sus epígonos y sus lectores superficiales. Como él mismo se imaginó cuando no tuvo más que decir. Desde ultratumba, emerge ante nosotros, 27 años después de su fallecimiento, como un profeta cuyos rasgos recuerdan tanto a la desesperanza de un habitante del desierto, habituado al polvo y sus ciclos, quien no olvida que las coloridas corolas en el viento incandescente son efímeras, como a la sabiduría de un Zaratustra cristiano. Leído como si fuera la vez primera y al mismo tiempo bajo la luz suspicaz de la cultura, Sabines revela sus cartas y acaso, con el descarte, no parezca asaz extraño o peregrino atribuirle la impronta nietzscheana. Para reivindicarlo y pedirle que de nuevo camine entre nosotros, necesitamos despojarlo de su mortaja. Para ello, sería primordial leerlo como a cualquier autor culto: sospechando indicios, barruntando ascendientes. Conjurada la morbosa tentación de las lágrimas, corremos el riesgo de encontrarnos con un hombre que, consciente de la ardua tarea vital, nos ofreció un breviario para existir. Una de las lecciones de dicho breviario entraña fortaleza, apego al día de hoy, conciencia de la tierra y, sobre todo, no esperar, no confiar. ¿No suena conocido? ¿No es la religión que aquel personaje fortalecido en las montañas trajo al pueblo cierta tarde?

Para que tú te entregues
se te están dando todas esas cosas:
para que dejes tu cuerpo usado
allí en el polvo donde estabas tendido bocabajo y llorabas;
para que te levantes a los treinta y tres años
y juegues con tus hijos y con todas las gentes
en el nombre del padre y del espíritu santo
y en el nombre del huérfano y del espíritu herido
y en el nombre de la gloria del juego del hombre.

(“Primeros pasos en la ciudad”)

El carácter profético en Sabines no auspicia acciones venideras. O sí: la muerte y la perennidad de todo acto y, en el fondo, su duración a través de la metamorfosis. Diálogo de la existencia y de los ciclos, entre las fuentes de esta poesía advertimos las aguas de la filosofía de Heráclito. Fue gracias a este pesimismo —nombre único para la conciencia de que vivimos en el imperio de la muerte, de que nuestro periplo es un retorno a la semilla de la podredumbre y solo tenemos lo que cultivamos— que nos legó, como pruebas de sabiduría, convicciones que los lectores y litógrafos convenientemente han relegado, a fin de no perturbar la efigie construida.

Por principio, en modo alguno alentó la flaqueza del espíritu. Lejos de él la actitud contrita del catecismo o la cursilería de quienes se estremecen ante la injusticia pero nada hacen por remediarla. En cuanto poeta de la soledad, su lírica nos advierte la fatuidad de los afanes diarios. La suya, como toda soledad verdadera, entona menos un lamento por la ausencia de otro cuerpo desolado que por la vanidad existencial:

No es que alguna mujer —puede que sea—
nos haga falta ahora.
(Una mujer. Quién sabe. A veces nos ocurre
pensar que estamos solos).

(“Nada. Que no se puede decir nada”)

Si esta soledad resulta por momentos pascaliana y sus arrebatos recuerdan los de Emil Cioran —idéntico el reclamo al demiurgo, idéntica la lúcida conciencia de coexistir con la condición mortal, de ser esta revestimiento de la vital—, su enseñanza es deshacernos de ilusiones. Constantemente nos recordó que el hombre se encuentra solo, que sus días son breves y los actos ilusorios, propios de ilusos. Entre los senderos que nos reveló para la intuición del mundo, la fusión con la realidad, ese presente que ha sido la búsqueda de la poesía moderna, se encuentran el alcohol y sobre todo el deseo: “¿Qué otra cosa sino el deseo es la vida?”.

Poeta de la muerte, fue ante todo un poeta del presente. Los libros filosóficos cristianos —el Eclesiastés, los Proverbios— y el neopaganismo nietzscheano confluyen en esa exhortación a vivir el día de hoy, a arraigar en la terrenalidad, por lo que también hay algo de Medievo en sus versos, una veta goliardesca, no ajena a su generación. Piénsese en las correspondencias con las poéticas de Rubén Bonifaz Nuño, Ramón Rodríguez y Eduardo Lizalde.

El júbilo del día que vendrá
Os germina en los ojos como una luz reciente.
Pero ese día que vendrá no ha de venir: es éste

(“De la esperanza”)

Más allá de la lección de la soledad como camino de iniciación, destaca en esta poesía el sentimiento franciscano: “En el saco de mi corazón caben todas las cosas”. Que descarte la esperanza y las ilusiones, por vanas, no implica que proscriba la inocencia ni que exprese una creencia en una suerte de hermandad terrestre. Sabines fue un poeta de la tierra, de los actos y seres que se encuentran en ella: “Apasionadamente estoy en las cosas del día,/ desesperadamente (“En el corazón de la cebolla”).

Y mientras recordaba que estamos solos y debemos prepararnos para la dureza de existir —para el desamor, para el cáncer, para la muerte de los otros—, también nos recordó aquello que John Donne expresara en una célebre frase: “Ningún hombre es una isla”. Y este poeta del desierto, de voz imprecante y no pocas veces colérica —ah, la cólera de Sabines, tan nueva, tan antigua—, tuvo la ternura suficiente para recordarnos el vínculo cósmico. Estamos solos, pero no somos únicos. Con ello, la conclusión de la famosa Meditación XVII del deán de la catedral de San Pablo se ajusta perfectamente: “La muerte de cualquier hombre me perturba, porque soy parte de la humanidad”.

Hay en esta poesía un doble movimiento, una circulación dual o, mejor dicho, un diálogo, entre la soledad individual y la unidad natural. Si cristalizó su desesperación juvenil en un libro de horas y devino sabio oriental que recomendó la libertad, la entereza, la independencia y la desilusión como caminos de perfección; de igual modo, señaló el carácter natural humano. Miró a las cosas amorosamente —con ese amor que no precisa detenerse en un objeto—, y fue consciente de ello. Entre las emociones que se agitan en este torrente, por una parte, están la furia, el odio, a veces contra los seres amados; por la otra, la conciencia de que, sin amor, desaparecería la vida. Más que una esquizofrenia, lo que aquí se documenta es cierta visión presocrática donde los contrarios combaten en armonía.

Denostar la existencia no implica atentar contra ella. Sabines fue un poeta genésico por su apego a los ciclos. Medía el paso del tiempo entre la noche y el amanecer (“El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre: el día y la noche son la única medida de nuestra duración”), acaso porque de los ciclos retenía la muerte y la resurrección, el invierno y la primavera. Recusó la tendencia de la modernidad a subsistir mediante la anulación de los contrarios y, en cambio, indicó la unidad de estos. Poeta del amor, lo fue de la poligamia a través de la monogamia, de la contradicción a través de un credo único. Comprendió que el mundo existe gracias a ese antagonismo y que debemos asumir esa legión de seres que nos atraviesan, por los que atravesamos. Si uno es multitud, las cosas son nosotros, nosotros somos las cosas. Transcribo este poema de “Juguetería y canciones” no solo porque ilustra estas paradojas, sino porque es uno de los más bellos poemas orientales escritos en nuestra lengua:

En el saco de mi corazón caben todas las cosas, desde la ignominia a la ternura, desde las uvas de mujeres amadas hasta las corcholatas que me tiran los niños. Cada hora deposita en mi corazón un objeto distinto, y cada vez que extraigo de él un recuerdo sale con sangre.
Yo me multiplico incansablemente. Estreno manos y bocas todos los días, cambio de piel, de ojos y de lengua, y me pongo un alma cada vez que es preciso.
Desde el amanecer hasta la noche la luz es distinta y se le llama día. Así me llaman Jaime. Pero yo duro también en la oscuridad, más allá del momento impenetrable en que hago recuento de mis estrellas.

Poeta de la naturaleza, Sabines en ningún momento alimentó esa otra forma de superstición que consiste en despreciar nuestro entorno cotidiano y erigir utopías redentoras: el buen salvaje, la condición virginal, la vida que siempre está en otra parte… Como todo gran poeta, supo que en todos nuestros actos hay naturaleza, que no podemos escapar de su influjo. Y descubrió, en los nimios objetos diarios, en los utensilios de la civilización, a nuevas criaturas en las que nuestro ser se manifiesta. “Los utensilios de la civilización construyen entre sí una mágica naturaleza muerta”, escribe, para a continuación descubrir latente la vitalidad, la continuidad de la existencia:

El teléfono quieto, minúsculo féretro de voces, carece de sentido. La televisión, el tocadiscos, la máquina de escribir, unos cuadernos, un libro semiabierto, son testigos paralizados de esa enorme e infinita vida del residuo de leche en el vaso y de las migas sobre el mantel. Fluye difícil y milagrosa la tinta y ese papel la absorbe como a la tierra del campo la primera lluvia.
(“Maltiempo”)

Sabines, el poeta del dolor, es también el gran poeta del día de hoy. La mejor manera de leerlo, a un siglo de su nacimiento y a casi tres décadas de su deceso, sería limpiar de sus libros esa capa de cursilería y recuperar al árabe airado y enamorado, al hombre que miró en todo acto un avance funesto y no por ello renunció a la vida, sino que exaltó la alegría de vivir: “Este es el tiempo de vivir, el único”.


[1] Al referirse a los poetas mexicanos rivales de Octavio Paz, Christopher Domínguez Michael califica rotundamente de cursi a Jaime Sabines: “Efraín Huerta, el autor de Absoluto amor (1935), un poeta que en la vejez de ambos competirá con él por un público joven y radical naturalmente más ávido de leer a un poeta tenido por coloquialista y comprometido como Huerta (o a un cursi como Jaime Sabines) que a Paz”. (El subrayado es mío). Christopher Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo, México, 2019.

AQ / MCB

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