A cien años de su nacimiento, Jaime Sabines no es una estatua de bronce, es el libro que abrimos cuando no sabemos cómo decir que nos duele el alma. Para entenderlo hay que dejar que su propia voz nos explique qué hacía con las palabras. Las siguientes son algunas claves tomadas de mi libro: Sabines. Apuntes biográficos.
• Fue mi padre quien me enseñó la profundidad de la literatura árabe. Sabía de memoria las historias de Las mil y una noches o Las aventuras de Antar. De igual modo, me repetía constantemente enseñanzas espirituales y filosóficas de la Biblia, poesía pura que no seduce los oídos sino el alma. […] Me encanta toda la literatura árabe. Creo que es muy diferente a la occidental; ellos son más sueltos, más profundos, más líricos, ven el mundo con ojos más generosos, más transparentes. […] Tagore es uno de mis grandes maestros, me fascina por su sinceridad, por su ternura; posee un elemento al que yo aspiro: la profundidad de la poesía oriental. Lograrlo ha sido mi meta. […] Soy al mismo tiempo un poeta oriental y occidental porque mi poesía trata de hacer esa confluencia del pensamiento, de la idea mística y su razonamiento contemporáneo.
• Al principio tuve influencias muy marcadas, mis tres influencias semestrales fueron: Pablo Neruda, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez, pero ninguna duró más de cuatro o seis meses, fueron influencias pasajeras. De pronto me fascinaba Juan Ramón Jiménez, pero a los seis meses ya estaba deslumbrado por García Lorca o Neruda. Ninguna influencia era consciente ni permanente. Sí debo reconocer que Neruda me agarra por dentro, me mete las manos... Me di cuenta de la enorme influencia que tuve de Neruda, durante meses y meses escribí muy a su estilo. Su influencia fue no en el espíritu ni en el tema de mis poemas; yo hablaría mejor de similitudes y paralelismos.
• Yo amo a Shakespeare, a Goethe, a Dostoievski. Amo a varios escritores que me dieron mucho. En la vida creo que uno llega a amar precisamente a aquellos con los que se identifica, que te dan pan y sal todos los días. […] Poeta importante para mí también lo es Salomón en el Cantar de los cantares, una maravilla de literatura. Aquí en México Juan Rulfo es un poeta extraordinario.
• Las correcciones de mis poemas siempre fueron simultáneas al acto de escribir. Si hay una palabra que debo sustituir me doy cuenta inmediatamente. A veces, horas después de haber terminado un poema, cambio o elimino un artículo, una palabra, pero nunca releo para rehacer un poema. Siempre creí que sería inauténtico corregir un poema después de tres meses. Sería una labor intelectual que desvirtuaría la naturaleza misma del poema. El poema es un retrato, no tengo derecho a corregir al Jaime Sabines de hace tres meses o tres semanas. No somos el mismo. El poema que hice ayer ya no lo puedo corregir hoy por más sabiduría que tenga, porque el que fui ayer es distinto del que soy hoy, y aquel es un testimonio del de ayer. Lo único que solía hacer algunas veces era dejar reposar los poemas para, si era necesario, cortarles el cuello por completo.
• En un principio, Horal, que fue escrito durante 1949, iba a tener 69 poemas. Lo mandé a la imprenta, hice una revisión y lo dejé con 32 o 33 poemas. Al final le quité otros y quedó con dieciocho.
• ¿En qué pensaba mientras escribí “Los amorosos”? No sé, tal vez pensaba en mí, en mi vida, en lo que había hecho de joven, ir de un lado para otro con las mujeres. Obviamente, no pensaba en ningún extraño, era una cosa mía. Todo lo que se plantea ahí es lo que he hecho a lo largo de mi vida y en muchos sentidos el poema anticipa toda mi obra poética. “Los amorosos” fue en muchos sentidos como un vaticinio de los temas esenciales de mi poesía, los grandes temas ya están ahí: el amor, la soledad, la presencia de la muerte, el paso del tiempo, el cuerpo y el amor a la vida.
• El dolor humano se contagia con la mayor prontitud. Si yo veo llorar a una persona las lágrimas son de lo más contagioso del mundo, pero, en cambio, si es la alegría, si es el gozo de vivir, es mucho más difícil de ser expresado. Creo que solamente pocos artistas, músicos, pintores o escritores han contagiado la alegría. En la poesía es mucho más difícil contagiar la alegría que el dolor, porque la alegría es una cosa exclusiva, casi una cosa cerrada y permanente de nosotros; en cambio, el dolor es un hilo que nos ensarta a todos.
• Nunca he pensado que la poesía sea nada más juglarismo, canto. El canto es importantísimo, hay que saber cantar, pero la poesía es también la búsqueda de la verdad humana. […] Lo que siempre hay en el momento de escribir es emoción porque creo que la poesía es la comunicación de la emoción humana. Puede haber muy buenas ideas, pero la poesía no se trata de ideas, tampoco es cosa de que se escriba con los pies, pero se trata de instantes de la vida, de momentos en que se debe de transmitir una emoción. La poesía es un descubrimiento de la verdad del mundo, de las cosas que te rodean. La poesía también puede ser una reflexión, pero no siempre tiene que ser reflexiva, ni discursiva, ni ideologizada. La poesía es el contacto de una emoción contigo mismo, te transmite siempre una emoción, si no te conmueve, si no te emociona, pues léete un libro de filosofía o de sociología. Pero si vas a buscar poesía, vas a buscar la emoción, el alma humana, el temblor del hombre. […] La poesía sirve para ayudar a las gentes que se ponen a contemplar este mundo destruido y abstracto, pero no para corregirlo.
• No creo en la poesía fabricada en asépticos laboratorios literarios, en una poesía hecha con guantes y a veces hasta con pinzas desinfectadas; muy perfecta, muy bonita, muy inteligente y para qué, para quién. Desconfío de la poesía y de la inteligencia cuando no están manchadas de sangre. Deshumanizaremos el arte en el momento en que nos deshumanicemos nosotros mismos, cuando nuestra literatura, por ejemplo, sea tan fría que podría haberse sido escrita por una computadora. Hay quien dice que la literatura será cada vez más un códice a descifrar por especialistas. ¿Y por qué? Porque cada vez tenemos más miedo a ser débiles, a caer en el ridículo, a ser cursis, a repetir lo que ya se ha dicho, como si la literatura no fuera una constante repetición de los mismos temas. Y, bueno, tal vez consigamos impedir que el arte salga a la calle para que no pesque alguna infección, mantenerlo siempre en el laboratorio, lejos de ese polvo molesto que se cuela en la vida diaria y nos provoca constantes estornudos. Una vez a Faulkner le criticaron que en sus novelas había mucha paja, y contestó que no solo había paja sino lodo, tierra, hojas secas y huesos rotos, como los hay en la vida misma.
• ¿Qué representa para mí la mujer? La mujer ha estado siempre como cuerpo, como goce y como identidad de Dios. El acto del amor es no solo la experiencia sexual sino también la de la muerte y la resurrección. La mujer ha sido para mí y mi poesía un elemento fundamental. No hay, no puede haber, sucedáneos para la mujer. Ni la contemplación, ni la sabiduría, ni Dios te darán tanto la alegría de vivir.
• Siempre he sido enemigo del hermetismo en la poesía. No quiero mencionar más nombres pero hay grandes escritores en algunas literaturas de Latinoamérica que son poetas muy cerrados, muy herméticos. Yo he pensado que la poesía debe ser la sencillez, la claridad; no el simplismo, no la simpleza, pero sí la sencillez.
• Me he preguntado muchas veces cuáles son los límites de la poesía (hasta dónde es lícito ensuciarla, revolcarla en lo cotidiano, emputecerla como a una esposa, llevarla a la blasfemia como a un santo, a la traición como a un héroe, al horror como a un niño; retorcerla, colocarla en lo absurdo; darla a los monstruos)… Pero ¿cuáles son los límites míos? Creo que uno es el aspecto estético y otro el moral. El único límite de la poesía es la verdad, la autenticidad, la conformidad con el hecho emocional. Me gusta Tarumba porque es entero y fiel. No me gusta el poema de “Tarumba” porque es un hombre en crisis, desorientado, torturado y sin ganas.
• Algo sobre la muerte del mayor Sabines: casi todo el final de la primera parte fue escrito en sonetos. Es curioso pero me era más fácil. Era como vaciarse en un molde ya hecho. Todo esto lo fui descubriendo sobre la marcha, sin ningún plan premeditado. Recurrí a esta forma para concretar mi emoción, como un vaso para contenerla, porque si no, no habría escrito nada, sobre todo en aquellos primeros días en que yo sentía su muerte como mi muerte. Son sonetos que nunca busqué que fueran perfectos. Incluso en el momento rompía la métrica tradicional. Hice endecasílabos, y a esos muchas veces los volvía heptasílabos, o alejandrinos. […] Llegaba la noche y el soneto estaba ahí esperando para que lo escribiera: la forma ya estaba, ya no tenía que buscarla; nada más era cuestión de derramarme en aquel vaso que ya existía, desbordar el dolor, los borbotones de sangre. El soneto era la copa ya hecha. Era nada más cuestión de llenarla con lo que yo lloraba. Fue escrito así por facilidad; fueron sonetos a mi manera y a mi estilo.
• Algunos críticos me han dicho que mi poesía es descuidada. No estoy queriendo pelear con ellos. Confunden la sencillez con la simpleza. No entienden que la sencillez requiere colmillo, madera literaria.
• La vida es sencilla, pero uno la complica. La poesía también es una forma de enredarla, te das cuenta de que la poesía te vino a corromper. Cuando la vida a lo mejor es simplemente despertarse por la mañana, desayunar, platicar del tiempo; tú quieres entregar algo a la gente y encontrar un sentido a todas las cosas. ¿No podría uno vivir con las cosas sin saber qué son ni para qué sirven? Pero no, uno está preguntándose constantemente: ¿qué es esto?, ¿por qué? Qué cuento este del hombre y el poeta. A lo mejor seríamos más felices si solo viviéramos, si no nos preguntáramos nada. Eso sería el paraíso. El paraíso es una gran ignorancia, no cabe duda. Mientras tú te sigas preguntando “¿qué hago?”, “¿para qué sirvo?”, “¿qué hacen las gentes?”, no estarás cegado. Y normalmente está uno así todo el día: preguntándose. Yo siempre he estado así.
• Curiosamente, mucha gente dice que por mi poesía yo soy un gran amigo de la muerte, pero es todo lo contrario: con mi obra estoy diciendo que soy un gran amigo de la vida. Que amo la vida. […] Tengo confianza en la vida, así de simple. Con todos sus problemas y desajustes, pero también con la esperanza agazapada en algunos rincones de mi cuerpo, creo que la vida es maravillosa. […] La conclusión de todo lo que he escrito se resume en tres palabras: hay que vivir. Esa es la conclusión de toda la poesía de Jaime Sabines: hay que vivir intensamente, ardorosamente todos los días mientras uno viva.
AQ / MCB