A María Victoria Álvarez Tostado Quiroz, mi madre.
Con mucho amor.
¿Por qué escribir sobre Antonieta Rivas Mercado? Fabienne Bradu en su biografía comienza con un capítulo dedicado al padre. Antonio, un gigante de más de cien kilos, se enfrenta con un tranquilo y pazguato oso siberiano en una tarde invernal de París por un Luis de oro. Luego, estamos en un jardín encantado donde Antonieta y Alicia, su hermana mayor, juegan a todo, lo descubren todo. Pienso en los juegos, también en el jardín o huerta de los Cepeda, donde Teresa jugaba con sus hermanitos a aquello que la madre les leía, a escondidas del padre, en la amurallada Ávila del siglo XVI. Pero volviendo a Antonieta y a sus hermanitos, todos comen con los invitados del padre y sufren, sobre todo ella, de la etiqueta porfiriana de la madre. Pero, ¿por qué escribir sobre Antonieta Rivas Mercado? Cuando aún no cumplía mis quince años Jaime Torres Bodet se suicidó y fue noticia nacional. Yo no sabía nada de él ni de Contemporáneos. Sin embargo, aquello de que “el suicidio es un acto de valor en un momento de cobardía, o un acto de cobardía en un momento de valor” no sé por qué me impresionó, al grado que lo recuerdo ahora.
En una tarde, de mi muy lejana adolescencia, me encontraba también en un jardín. Era la casa de mi amigo Beto que había sido, tiempo atrás, la casa del doctor Lozano, director del Seguro Social de Tecate durante mi infancia. La señora Lozano, su esposa, fue mi madrina de primera comunión; como regalo me dio un kit que consistía en una camisa cuello Mao, un medallón y un grueso cinto de cuero. El hombre estaba por llegar a la Luna, la psicodelia era más que una estética y la Era de Acuario se llevaba al cine. Años atrás, a principios de los sesenta, en el Club de Leones, fui el paje que acompañó a la princesa en su desfile que inauguró el baile de Gala. La princesa era la hija de los Lozano. Esa tarde del jardín hacía mucho frío, había niebla, y las manzanas colgaban de las ramas frente a una alberca sin agua. Decidimos que leeríamos todos los libros de la biblioteca de su tío Lupe que, a ciencia cierta, no sabía cuántas carreras había cursado en la Universidad de San Diego. Me llevé la Zapatera prodigiosa, de Federico García Lorca. Al entrar a la carrera de Letras la Generación del 27 apareció como un referente, como un ejemplo a seguir. Fotografías y poemas, imágenes deslumbrantes, y un Siglo de oro que lanzaba sus rayos desde un mundo lejano. ¿Lejano, cuando descubría el universo de José Lezama Lima, los poemas de Borges resonando en estrecho diálogo con Francisco de Quevedo, o ese libro de privilegio que es La estación violenta, de Octavio Paz, con los epígrafes de don Luis de Góngora? Para nada. La seducción fue inmediata. Un grupo de jóvenes paseando por las calles, editando revistas, leyendo poemas y organizando grandes comidas donde las botellas sobre la mesa eran el testimonio de una bohemia que disparaba sus flechas a todas partes, y en todas partes acertaba.
La casa de los Lozano, que en realidad pertenecía a la familia de mi amigo Beto, estaba en la avenida Revolución, muy próxima a la aduana internacional. Era una casona de piedra con un jardín a desnivel coronado por la mole de la construcción. Una discreta puerta, en lo alto de la escalinata, a la derecha, conducía a una estancia que hacía las veces de consultorio donde fui atendido en varias ocasiones. La puerta del centro, mucho más vistosa, daba a un recibidor que se dividía en corredores que conducían a varias habitaciones que remataban, al fondo, en un porche que daba acceso a una terraza, y de ésta, a un jardín con manzanos, y después una cerca, y del otro lado la alberca que yo conocí, siempre, sin agua. Esa casa de Tecate, próxima a la línea internacional, y el periódico Excélsior, que mi abuelo compraba todos los lunes, me acercan a una distante y nebulosa Ciudad de México y a la casona de Héroes 45, en la colonia Guerrero, donde habitaron los Rivas Mercado a principios del siglo XX.
Poeta en Nueva York. Federico García Lorca como un dandi sacado de las páginas de Vanity Fair donde habría de publicar sus genialidades Miguel Covarrubias, siempre orientado hacia el Pacífico, descubriendo un mundo del todo descentrado como el que habría de advertir García Lorca en los márgenes del Hudson. Y ahí, a finales de la década de los veinte, porque Antonieta Rivas Mercado quería producirle Don Perlimplín, aparece ella, en varias fotografías, con el autor de El romancero gitano. Y yo las vi, porque era un lector de la Generación del 27. Lorca, como un príncipe; Alberti, como una potencia; Salinas, con aquello de La voz a ti debida; Guillén, por esa admirable traducción de El cementerio marino, de Paul Valéry. Tiempo después, años, llegaría Cernuda con sus graves monólogos a poner orden. Me parece que detrás de los monólogos de Cernuda están los monólogos dramáticos de William Shakespeare, pero también los edificios verbales de Friedrich Hölderlin. Alargo esta onda sobre la superficie de las aguas donde yace la dulce Ofelia hasta alcanzar la potencia expresiva de W. H. Auden. Pero las fotografías los muestran. De pie o caminando, posando o evidenciando una complicidad que al parecer se dio entre los dos. Él pertenecía a una aristocracia rural salida de las páginas de Jane Austen; ella, a una clase urbana que podríamos atisbar, ya de manera muy clara, en las novelas de Charles Dickens. Los dos, ensimismados; los dos, con una timidez que los impulsaba dentro de un escenario que, pese a la fascinación que ejercía sobre ellos, siempre les resultó ajeno. Otredad que John Dos Passos nos habría de revelar.
Pero en 1937, en Buenos Aires, Maruja Mallo, a quien ahora reconocemos, hizo la escenografía de la Cantata en la tumba de Federico García Lorca, de Alfonso Reyes. La interpretación fue de Margarita Xirgu y la música de Jaume Pahissa. Me voy por las ramas. Cuando leí Las penas del joven Werther, de Goethe, me quedé impresionado. Ya había leído esas epístolas que van y vienen creando un tiempo narrativo entre los personajes que se entretejen en Las relaciones peligrosas, de Laclos. Pero las cartas de Werther eran el prefacio, el prólogo apenas, de una monstruosidad que parece tener un principio, pero no un fin. Werther, enamorado, y preso en la red que lo une a Carlota, le pide prestado el revólver a Alberto, esposo de esta, y con esa arma se da un pistoletazo que acabará con su vida, inaugurando así una pulsión romántica que habrá de alcanzar a Gaspar Melchor de Jovellanos, ministro de Gracia y Justicia, a quien el padre Mier le dedicará quizá su mejor poema en espera de clemencia para sus cárceles y grilletes. Werther se da un tiro con la pistola de Alberto. Alberto y Carlota lo sobreviven, pero ahí termina la novela. Antonieta Rivas Mercado escribe cartas. Encuentra que el domingo es un buen día para redactarlas y, muchas de ellas, las envía a Manuel Rodríguez Lozano quien parece no contestarlas. Ella le escribe, y después, es de suponer, él le contesta verbalmente. Antonieta tiene una necesidad de escribir y escribir. De conformar un torrente que la delate y, a la vez, contenga. Pero el caso es que se suicida con la pistola de José Vasconcelos, que era su amante. El suicidio no se realiza en cualquier parte, o en la habitación más secreta de un hotel. El suicidio, que planeó y confesó días antes de efectuarlo, lo lleva a cabo en la catedral de Notre-Dame. El cuadro obedece a la época del cine mudo o a la demasiada luz sobre el cuadro oscuro. ¿Cuál sería su intención con respecto a José Vasconcelos? ¿Hasta dónde su memoria sería el fuego que coronaría la temperatura emocional de su amante? Cada vez estoy más cierto que Werther era un verdadero demonio, un ser intolerante a cualquier tipo de frustración. No había otro mundo que no fuera el suyo. Él era el centro del universo. No quiero proponer una relación paralela. Buscar reflejos entre un personaje y una persona. La persona, a cada frase que atrevo, se me vuelve personaje, y mi interés crece, porque mi imaginario está en juego. Aún no me respondo, pero me acerco a una dimensión que me seduce y obliga a esbozar un retrato de Antonieta Rivas Mercado que la incluya en una galería de personajes que le son cercanos, contemporáneos y familiares. Legión que viene a conformar toda una generación que se revela, en la noche de México, como una brillante constelación.
A partir de su encuentro con Manuel Rodríguez Lozano, Antonieta entra en contacto con personajes que le irán cambiando la vida. Interviene en la aventura del Teatro de Ulises, inaugurando el teatro moderno en México bajo la influencia de Jean Cocteau. También auspicia sus ediciones. Pensemos en Dama de corazones, de Xavier Villaurrutia y Novela como nube, de Gilberto Owen; ambas de 1928, y Los hombres que dispersó la danza, de 1929, de Andrés Henestrosa. No solo produce, también actúa y traduce al lado de Owen, Villaurrutia, Salvador Novo, Roberto Montenegro, Celestino Gorostiza, Isabela Corona, entre otros. Se desenvuelve en los meticulosos procesos administrativos, pero no por ello es una productora. Destaca en sus actuaciones, pero no es una actriz. Se somete al meticuloso trabajo de la traducción, pero no por ello es reconocida como escritora. Pese a esta gran y fundamental labor, su presencia y figura quedan reducidas a un mero mecenazgo, y se le ve como una señora culta que va buscando en qué entretenerse. Y esta búsqueda la llevará a conformar y estructurar el patronato que dará lugar a la Orquesta Sinfónica de México, que dirigirá Carlos Chávez, con quien habrá de acabar muy mal. En cambio, años después, la relación de Chávez con Miguel Covarrubias dará sus frutos. Si Chávez despide a Antonieta de su clase de “Práctica Teatral”, a Covarrubias, en 1950, lo nombrará director artístico de la Academia de Danza. Los protagonistas de la historia cultural de México irían ocupando sus decisivos puestos. Antonieta es, pero no es. Su papel en la sociedad mexicana es un parteaguas, pero la época, la misoginia y el nacionalismo, la colocan siempre en un segundo lugar. Es un airón que mueve las aguas, pero los veleros que llegan a puerto siempre le son ajenos.
Antonieta tenía habilidades para el ballet. En Francia tomó clases y destacó, pero el tiempo de regresar a México se impuso. Como también se impuso la voluntad de su padre que no quiso dejarla al cuidado de ninguna honorable familia de París. Me resulta extraño que Antonieta no se haya quedado con Blanche, esposa de Jean Joyeux, gran amigo del arquitecto Rivas Mercado. De hecho, ella fue, la Tante Blanche, la que descubrió el talento de Antonieta para la danza. El amor de don Antonio por su hija no admitía la distancia. Simplemente, no podían estar el uno sin el otro. Pero en México, en Ciudad de México, no había una sola academia de ballet. La madre se va, y se lleva a Alicia, la hija mayor, y Antonieta, de catorce años, se ve sola en la casa paterna. No obstante, se hace cargo de la administración. Establece una sólida relación con su padre y todo lo que piensa lo lleva a cabo. Nunca se reconciliará con su madre, y nunca abandonará a su padre.
La casa de Héroes 45, en la colonia Guerrero, fue la culminación de un matrimonio y la materialización de un proyecto familiar. La casa, desde una altura con respecto al jardín, dominaba el mundo de los Rivas Mercado. Desde sus interiores el mundo se veía discurrir, allá, a lo lejos, a su espalda. Desde sus salones y habitaciones un gusto y una manera de entender la vida se evidenciaban. Se trataba de una casa que albergaba un reino que representaba la elegancia, el orden, la estética y la civilidad de un México que despuntaba al nuevo siglo. “Orden y progreso”, “Poca política y mucha administración”. Eran los lemas de la época. Esta casa fue blasón y refugio de una manera de entender y vivir el mundo. La estética y las reglas sociales se fusionaron a la educación y al poder político y económico. Una isla de un archipiélago que destacaba en una Ciudad de México que ostentaba su poderío en los antiguos palacetes que ahora se continuaban en lujosas residencias. Pero la ciudad no se detenía. El centenario de la Independencia era motivo de orgullo que se materializaba por medio de una arquitectura que festejaba una historia y un presente a través de una pujante vida civil. Si bien el proyecto que daría pie al Paseo de la Reforma fue un sueño de Maximiliano para unir la Ciudad de México con Chapultepec, a semejanza de los Champs-Élysées, el Paseo de la Emperatriz, como se le llamó, con el tiempo, y bajo la égida de Juárez, vendría a convertirse en el Paseo Degollado. Pero en 1872 el presidente Sebastián Lerdo de Tejada le dio el nombre de Paseo de la Reforma. Porfirio Díaz, con motivo de la celebración del Centenario, dispuso todo un plan de trabajo para embellecerlo que incluía, entre muchos otros monumentos, la columna de la Independencia, obra del arquitecto Rivas Mercado. La revolución, años más tarde, imprimió también su épica por medio de la arquitectura y la pintura. Y los asentamientos de la clase política emanada de la revolución o de los dueños de las antiguas haciendas, se levantarían hacia el rumbo de Las Lomas de Chapultepec, alargando dicha arteria. Un proyecto de urbanización que tuvo su origen a comienzos de 1920 con el complejo residencial Chapultepec Heights, del que fuera socio Albert Blair, esposo de Antonieta Rivas Mercado, yerno del arquitecto, y padre de Donald Antonio: Chacho.
La casa no la construyó en Tepic ni en París, donde luchó contra un oso. Es cierto que levantó una casa para su hermana frente a la Alameda; ese jardín que habría de pintar Diego Rivera, joven artista que se vio beneficiado de la influencia del arquitecto, ya que éste era director de la Academia de San Carlos, pero no de su gusto estético. Un día, la hermana fue a inspeccionar la construcción. El arquitecto gustaba de situar sus casas sobre una base que resguardara un sótano y permitiera una perspectiva palaciega con respecto al mundo. Desgraciadamente, Juana, la hermana del arquitecto, cayó de un andamio, y no sobrevivió. La casa, su casa, la del arquitecto, la construiría en la colonia Guerrero, en la calle Héroes 45. Imagino un mapa de una ciudad que obedece, como toda ciudad, a un orden social y económico. El primer cuadro se prolonga hasta el Jockey Club, hoy el Sanborns de los Azulejos. Manuel Gutiérrez Nájera nos canta el fin de siglo. El Novecento es cambiante, rápido y plural. Destaco a Díaz Mirón, a Manuel José Othón. Nervo, es una gran presencia; Tablada, un provocador. Alfonso Reyes transita en cabriolé la ciudad hasta llegar a Chapultepec y López Velarde, en 1921, con su muerte, fundará nuestra modernidad. El arquitecto Antonio Rivas Mercado sitúa su casa a medio camino entre el porfiriato y el callismo. No habita el México de Plateros, pero tampoco el de las Lomas de Chapultepec, que su yerno traza y fracciona con la creación de la “Colonia Americana”, hoy colonia Juárez, y “Chapultepec Heights”, hoy las Lomas de Chapultepec; asiento de la clase privilegiada de la Revolución mexicana. Rumbos que la duquesita ya no transitó. Atrás quedaba ese paseo que iba de La Sorpresa al Jockey Club. Atrás quedaba un México que la Revolución se empeñaría en olvidar.
Tuvo seis hijos, murieron dos. Ahí, en esa casa de Héroes 45, creció Antonieta; ahí, hizo el pacto con su prima María Remedios, de que usaría, cuando se casara, el mismo vestido de novia, para que ella gozara de la buena suerte de su prima. María Remedios se suicidaría años más tarde, y ella se casaría, atendiendo a la promesa, con su vestido. De esa casa se va su madre para vivir en el hotel Imperio; es de suponer, bajo el patrocinio de su esposo. Desde la amplia terraza de esa casa Antonieta vería a la gleba revolucionaria practicar sus marchas en su jardín. De ahí saldrá con su hijo Chacho para nunca más volver.
Me atrevería a establecer una vida paralela entre la casa y la vida de Antonieta Rivas Mercado. La casa, de ser un paraíso, pasó a ser una ruina que ha costado años restaurar. Aún falta mucho. Y Antonieta, de ser una incansable y solvente promotora y protagonista de la cultura mexicana, acabará en la pobreza y el olvido. Sus restos en una fosa común, ya que nadie los reclamará, y su legado, al igual que la casa, aún por valorar.
La construcción no tenía un estanque de aguas corruptas, tampoco estaba rodeada por un gas que emanara de árboles podridos. Sus paredes no albergaban hongos entre sus piedras, ladrillos y sillares. La luna no dibujaba un meridiano que la atravesara desde su techumbre hasta sus cimientos. La casa sería víctima del olvido y, después, de la pátina de la humillación que iría cubriendo no sólo los muros, sino también el orgullo que se fue perdiendo hasta adelgazar los sueños y anhelos de Antonieta Rivas Mercado. Esa Ciudad de México no era un páramo donde se levantaba la casa Usher, de Edgar Allan Poe. Sin embargo, la casona de Héroes 45 sí llegó a ser una alegoría de Antonieta y su padre, de Antonieta y su tía, de Antonieta y su prima, de Antonieta y su madre, de Antonieta y la ciudad que creyó poseer y dominar. Antonieta se reflejó y creció bajo la sombra de esos personajes como Roderick Usher lo hizo con respecto a su hermana Madelaine. Antonieta fue viviendo esas muertes y ausencias como lentas y prolongadas agonías que sólo ella atendía en esos momentos en que se aislaba y sumergía en sus crisis y depresiones. Esas muertes y ausencias la acompañaron en un lento y constante deterioro que la fue minando. Sus sentidos, incluyendo el de la imaginación, se afinaron a tal grado, que la hicieron percibir, de manera constante, esas ausencias que conformaban su vida. Su decisión última no se debió a esas pérdidas, sino que su vida fue una casa que se fue reduciendo, un espacio emocional que fue clausurando habitaciones, que fue prescindiendo, poco a poco, de los empleados domésticos. Al final solo le quedaba habitar el cuarto de servicio. Todo se había perdido. Fue incapaz de sostener el tren de vida que había heredado. Con ella terminaba una época, un spleen, que le había permitido un impulso de salida que siempre apostó por lo porvenir. Pienso en una nadadora que en su salto de salida se sumerge más de lo necesario. Después tendrá que hacer un esfuerzo que le restará fuerza y velocidad para alcanzar el objetivo anhelado. La casa se ensimismó y Antonieta quedó dentro, atrapada en ella, aunque ya no habitara entre sus muros; aunque se encontrara en Nueva York, Burdeos o París. El cuarto de hotel siempre fue diferente, pero la ciudad que se avizoraba desde su ventana siempre le recordó ese porche con sus escalinatas que bajaban a un jardín donde sus vidas paralelas, sus muertes y ausencias, luchaban por salir. Y ella, que las oía, que llevaba su vida entera oyéndolas, permaneció expectante hasta que optó por ponerse de pie, salir de la habitación y dirigirse a Notre-Dame donde iría a reunirse con todos los suyos. Abandonaba todo esfuerzo por agradar. No solo se trataba de ser aceptada, sino de ser el centro. Al final se quedó sola, relegada a un papel de reparto.
Quiero trazar un círculo en torno a los amores de Antonieta, y comienzo por su padre, el arquitecto Rivas Mercado. Llevó a cabo la columna de la Independencia, la terminal de la Aduana del Ferrocarril en Tlatelolco, misma que desaparecería con la ampliación del Paseo de la Reforma dando paso a la unidad habitacional que serviría de escenario a una de las heridas más violentas de nuestra historia reciente. El Palacio Municipal de Tlalpan y la decoración de algunos de los salones de Palacio Nacional. También se encargó de finalizar el Teatro Juárez, en Guanajuato. Se casó en 1894 con Matilde Castellanos Haff. Construyó la casona de Héroes 45, en la colonia Guerrero. Tuvo seis hijos, murieron dos. Pero, durante la adolescencia de Antonieta, Matilde abandona la casa familiar llevándose a Alicia, la hija mayor. La pareja nunca volverá a reunirse. Incluso, durante la agonía del arquitecto, Antonieta no le permitió la entrada a su madre. Antonieta se casa en 1918 con Albert Blair. Tienen un hijo al que llaman de forma cariñosa Chacho. Albert era un inglés que había crecido en los Estados Unidos donde conoció a los Madero. Después del asesinato del presidente, los hermanos se exilian y Blair funge como administrador de los bienes de la familia. El matrimonio se muda a San Pedro de las Colonias, Coahuila, a uno de los ranchos de los Madero. Un año después, Antonieta regresa a la Ciudad de México con su hijo, acogiéndose a la protección de su padre. El proceso de divorcio se prolongó con altas y bajas que acabaron por volverse en contra de ella. Manuel Rodríguez Lozano se casa en 1913, en España, con Carmen Mondragón. La pareja vive numerosos conflictos hasta que se separan definitivamente. El doctor Atl la bautizará como Nahui Ollin. Rodríguez Lozano se irá convirtiendo en la brújula emocional de Antonieta. Sin embargo, las preferencias homoeróticas de él le darán a la relación un sesgo propicio a la idealización, y de ahí a los afluentes del amor pasión por parte de ella. Rodríguez Lozano será la diana de los venablos amorosos, éticos y de conciencia sentimental de Antonieta. José Vasconcelos estaba casado, pero sus pasiones las vivía abiertamente. Encarnaba el personaje del mártir social que Calles no quiso impulsar. Fue una pieza brillante que el sistema utilizó. Un personaje complejo y seductor que atrajo la libido de Antonieta. Me imagino que la figura de Mata Hari campeaba en el imaginario de la época, y cuyo referente resultaba ser un acicate, un fuego que recorría cualquier amor que solventara las aguas de lo íntimo revueltas con las fuertes corrientes de lo público. Sarah Bernhardt era otro pilar. Las pasiones de lo privado podían arder en la lucha libertaria de lo público y contingente.
Hay personajes que se enamoran por carta. Que deciden dividir las aguas del océano. Pero las aguas siguen sus movimientos y períodos lunares. A veces sube la marea, y otras, lo que encuentra el paseante son guijarros. Pero el sujeto de pasión está solo frente a las cuartillas que redacta. El destinatario es ajeno, y no, a ese enamoramiento del que es objeto. Su silencio puede ser una provocación; sus respuestas, distantes o lacónicas, se leen atendiendo al deseo del apasionado que ha sufrido la saeta que algún dios le ha disparado. Pero lejos de alojarse la punta en el pecho, pareciera que esta se aloja en la cabeza que no deja de elucubrar, de iluminar a su antojo, la realidad; aquella que se construye en lo escrito, independientemente de las respuestas obtenidas. Para el hombre de fe cualquier fenómeno es una prueba de la existencia de Dios. Y el torrente epistolar no cesa, porque si se detuviese, el amor-pasión se difuminaría, perdería su espejo que, en este caso, es la propia escritura, extensión del apasionado. Pienso en ese magnífico libro que es Cartas del verano de 1926, y en ese amor que no fue un sueño, pero cuyas raíces ahí descansaban y, al estar fuera de lo despierto, creaba su propio y solitario mundo de lo dormido. Me refiero a las cartas de Marina Tsvietáieva a Rilke. Antonieta escribía y Manuel Rodríguez Lozano pintaba otro mundo tan diferente, bajo una luz que no la iluminaba. El apasionado, nos revela Claudio Magris en su Danubio, se enamora de su propia pasión. El objeto de deseo, el otro, que es un reflejo de sí mismo, solo es un pretexto, una mera coartada, para vivir y sufrir su pasión, centro y motor de su existencia.
Atendiendo a la lectura de Antonieta (1900-1931), de Fabienne Bradu, al final del capítulo IV, y ya en plena inestabilidad revolucionaria, nos enteramos que el arquitecto Rivas Mercado, de 63 años, aproximadamente, gusta de la lectura de Rubén Darío, mientras Antonieta, de 14, lee, a escondidas, a William Shakespeare. El ángel de la Independencia, obra del arquitecto, ya está en pleno vuelo; don Porfirio, se ha exiliado a Francia. Bernardo Reyes, otro lector de Darío, se ha inmolado en la Ciudadela, y Madero, como Pino Suárez, ha sido asesinado. Alfonso Reyes, hijo del general Bernardo Reyes, no era un devoto de la literatura de Rubén Darío, sí de la figura y de su influencia liberadora, como la calificara Borges. Rubén Darío era la estética de fin de siglo. Shakespeare, como Góngora y el Siglo de oro, entre nuestros poetas, era un punto de quiebre, una encrucijada, que atentaba desde el manierismo, o desde piezas muy específicas, contra el orden aceptado, y proponía rupturas, nada agradables, para un régimen de poder establecido. Macbeth, Ricardo III, El rey Lear, o la misma Tempestad, nos abrían los ojos ante el abismo. A pesar del gran amor que había entre Antonieta y su padre, ella no fue precisamente Cordelia. Pero el mundo estaba cambiando, y los personajes iban ocupando sus lugares asignados. Obviamente la estética era otra y la representación del mundo imponía otra forma de expresión.
Emma está aburrida y casada con un hombre que no logra hacerla feliz. Emma lee y sueña una vida que anhela, pero que no es la suya. Anna empieza a perderse en una realidad que le es adversa. El círculo se cierra y no hay puerta por donde escapar. En el caso de Antonieta la maternidad fue el golpe de dados. Primero, se vio en desventaja. La salud de Chacho, su hijo, la hace mudarse al norte de México donde Albert, su marido, en una noche de desesperación, le quema los libros que oscurecen su entendimiento, a juicio de este. Baudelaire, Verlaine, y la novela francesa. Dos latitudes, él y ella, de un mismo infierno. De nuevo, la salud de Chacho es la que propicia otro golpe de dados; esta vez, a favor de Antonieta. Toma a su hijo y vuelve a la Ciudad de México donde su padre, don Antonio, los acoge. El viaje posterior a Francia, la separación de la pareja, me hace pensar en La dama del perrito, de Chéjov. Esa habitación cuya ventana da a otra ciudad que no es la nuestra, pero que algo nos recuerda y nos mueve bajo esa pálida luz que tanto dice y logró plasmar Edward Hopper, quien también conoció las mañanas de Saltillo, a unos kilómetros del rancho de los Madero, donde Antonieta pasó un año de cautiverio y desesperación. Un carácter, el suyo, que iba perdiendo su reino; ese jardín encantado, que se expandía por diferentes rumbos de la Ciudad de México. Mismo que se iba reduciendo bajo un nuevo orden que la iría enfrentando a un muro de frustración que le cerraba el paso. México empezaba a ser otro, pero el carácter de Antonieta, forjado en la fragua porfirista, era el mismo.
Volver al norte de México, transitarlo en una épica que la va moviendo de lugar. Años atrás, en vísperas de Navidad, el general Bernardo Reyes cruzó la frontera. No encontró el recibimiento que esperaba, su tiempo ya era otro, quizá su país también. Sus poetas cantaban un imaginario de soberbias y majestuosas soledades que lo envolvían hasta reducirlo a una sombra de un cuerpo envejecido que cruzaba valles, cañones y repechos, distancias interminables, donde solo el rumor del viento lo acompañaba. En Linares entendió de golpe su destino y se entregó. Los soldados, sus antiguos soldados, no podían ni querían detenerlo. Un Vía Crucis estaba por iniciar, una inmolación, una ofrenda a la patria, su patria que ya no encontraba. Antonieta buscaba su lugar. Toda su vida lo ha hecho. Ahora se trata de experimentar una fatiga, un no poder, que se va adueñando de su mente y de su cuerpo. Los nervios recorren una madrugada donde la noche ha quedado muy atrás y el día aún no se vislumbra. La aventura que vive al lado de Vasconcelos empieza a cobrar sus piezas y ella decide huir, salir del país, tomarse un respiro. Dirigió, sin ser directora, la adaptación teatral de Los de abajo, de Mariano Azuela. Pese al entusiasmo, a la voluntad y a las buenas críticas coronadas con la presencia del autor, la obra se retira, la censura gubernamental no la tolera. Los de abajo se publicó en el periódico El Paso del Norte, por entregas, de octubre a diciembre de 1915, y ahora, que Antonieta cruza la frontera rumbo a Nueva York, decide que será escritora, que su vida se deslizará por la inteligencia que implica trazar y resolver un argumento que nos dé un tejido narrativo con anécdotas y personajes. Ahí, con las Montañas Franklin detrás, en ese carro de ferrocarril, siguiendo a contracorriente las aguas del Río Grande, Antonieta Rivas Mercado decide su vida, su nueva vida, ese trazo fugaz y fulgurante que aún la espera en una tela que comienza a mostrar sus límites. Parece que su vida ha encontrado un sentido, pero este comienza a confundirse con el fin de su vida.
Los de abajo fue escrita por Mariano Azuela en El Paso. Visión de Anáhuac (1519), la escribió Alfonso Reyes en Madrid. Héctor González edita su traducción de El cuervo, de Edgar Allan Poe, en Calexico, California. Y Nemesio García Naranjo edita La Revista Mexicana, en San Antonio, Texas. Antonieta llega a Nueva York y se encuentra con Gilberto Owen que tiene que partir a cumplir un encargo diplomático. Se reúne con José Clemente Orozco, Juan José Tablada y Rufino Tamayo. Allá están Dámaso Alonso y Federico García Lorca. El mundo neoyorkino sigue su marcha y ellos son un selecto grupo que habita el margen, que recorre los teatros y bares momentos antes de que los cierren. Que amanece en una madrugada sumamente particular. Que se expone y a la vez se mantiene en un cerrado círculo donde se habla español y se rememora una patria que duele, que se sabe y siente en un pasado que les oprime el pecho. Hay distancias en esa apretada estrechez, hay discrepancias, posiciones y posturas, pero también afectos y reconocimientos, complicidades y afinidades. Pero ellos, al final, son artistas, y ella, una señora rica que se antoja misteriosa y atractiva. Está cerca de ellos, entre ellos, pero al final se distingue, y hay un algo, muy sutil, que la aparta y aísla, que impone su distancia.
Puedo imaginar el cuadro, la habitación en penumbras, los papeles ordenados y los libros en su sitio. Quizá sobre el escritorio haya una taza de té. Las cortinas están corridas y solo se percibe una luz que logra filtrarse por la ventana. Ella está sentada en la butaca, a unos pasos de la mesa de trabajo. Todo inmaculado, todo en su sitio. Su cuerpo tenso y un dolor de cabeza que le corona una fatiga que se adueña de todo, de su cuerpo y del mundo. Nada ha llegado de México. Solo esa pesadez en los párpados, la imposibilidad de fijar la mirada en sitio alguno, y la tristeza que le corre por dentro como un frío que baja o sube. Las cortinas no se mueven, y la luz ha desaparecido. La cabeza tan pesada sobre su delgado y largo cuello; cada vez más largo, cada vez más delgado. Y ese temblor que le recorre el cuerpo y el dolor que se le clava en la boca del estómago. Llora hacia dentro, en silencio, como saboreando un pasado que se le ha corrompido, que se le confunde con el sabor de las lágrimas. Chacho no se atreve a entrar a la habitación, a interrumpir la soledad que rodea a su madre. Permanece tras la puerta, en ese pasillo donde ya no cuelgan retratos de familia. No es la primera vez ni la segunda o tercera que ve a su madre inclinada sobre un océano fijo, suspendido, de la pupila de sus ojos. Su madre está ahí, absorta, fuera del mundo, sentada en la butaca, a la orilla, haciendo del vacío su vuelo o su caída. Absorta con las libretas y apuntes, con los libros subrayados por mil instrumentos finos, delgados, como una navaja. Él está ahí, del otro lado de la puerta, en su habitación, bajo el árbol, en el patio, fuera de casa, pero la visión es la misma: ella escurriendo de la mesa de trabajo, atrapada en esa promesa que no escribe la página, figurando un sueño donde los ojos permanecen muy abiertos. La escena se repite, y él tan cerca o tan lejos, tan próximo a su corazón, y tan lejos de su cuerpo. Antonieta permanece quieta, y Chacho tan cerca, reclinado al pie de la puerta, y ella rodeada de ese silencio que la exhibe, una y otra vez, hasta despojarla de todo.
AQ / MCB