Para mi abuela Victoria Quiroz Suástegui.
Con mucho cariño y gratitud
Mi abuela, la madre de mi madre, murió cuando yo estaba cursando mi último año de preparatoria. Viajé a Tecate a despedirme. Cuando mi abuelo murió, su esposo, comenzaba mi carrera de Letras Españolas, y no fui a Tecate. Cuando mi padre murió fui a Tecate y me quedé varios días. Fueron días muy tristes, y muy aleccionadores. La figura de mi padre, que tenía años de acompañarme, se instaló en mi vida de todos los días. Tramité la pensión de mi madre. Mi hermano menor y yo, pese a una diferencia de once años, decidimos ser hermanos, y tratarnos y querernos como tales. Fueron días de muchos trámites, de revisar papeles, de poner en orden muchas cosas que mi padre había dejado pasar.
Frente a la cama, en la habitación de mis padres, había una cómoda con una repisa y un espejo. La repisa se fue llenando de fotografías, los cajones se repartieron. Unos, para mi madre; otros, para mi padre. Las prendas ahí guardadas, poco a poco, fueron cayendo en el olvido, y rara vez se volvieron a usar. Pero el cajón de arriba, cercano a la galería de las fotografías, estaba destinado a los papeles, los recados, apuntes, notas, listas, cuentas, de mi padre. Así que, llegado el momento, tuve que abrirlo y ponerme a buscar actas, escrituras, cuentas bancarias, documentos, que tomaron un carácter de decisiva importancia. En esa búsqueda encontré una libreta, un pequeño diario de mi abuela donde narraba su viaje a Washington, y a otras ciudades de Norteamérica. Yo no sabía de ese viaje que debió ser anterior al nacimiento de mi madre. La caligrafía era muy bella. Rápidamente me sentí atraído. No solo quería leerlo, sino conservarlo. Una vez que se realizó el sepelio me traje a mi madre a Monterrey a que pasara unos días. Ella aceptó a regañadientes, y los días que estuvo no la pasó nada bien. Quería volver a su casa. Todo esto para decir que cuando quise ir por la libreta de mi abuela el cajón se había ordenado y el diario había desaparecido. Mi madre no lo recordaba y mis hermanos dijeron que creían haberlo visto alguna vez. Se perdió. Años después, en otra búsqueda, encontré una carta donde me enteré que mi bisabuela, la madre de mi abuela, y abuela de mi madre, no asistió a la boda de su hija, ya que vivía en Nueva York. Lo más seguro es que ya no regresó. Un auto exilio que está en una zona poco frecuentada de mi historia familiar. Con respecto al espejo, que coronaba la cómoda, se me hace un vacío, algo así como el espejo que en el poema de Cavafis, por un instante, ha reflejado a la belleza. No sé qué memoria guarde un espejo, esa superficie donde se ha reflejado tanta historia que de pronto se apaga, se pierde, como la imagen de una noche sin sueño.
El soneto X de Garcilaso más que un ejemplo de vida, es una vida en sí mismo:
Oh dulces prendas por mi mal halladas.
La conjura, el tiempo que se ha confundido con un bálsamo, con un paliativo, para acallar el dolor, se convierte en el dolor mismo. No será la flecha con punta de oro, será el venablo del desasosiego que te habrá de acompañar, que libará tus horas y tus noches. No siempre se tiene dominio del juego; yo diría, que por lo general, estamos a merced del azar, en manos de aquello que no conocemos, pero que forma parte fundamental de lo que somos.
Uno, aparentemente, está lejos, pero me temo que no es así. De niño recibí clases de natación y obtuve un segundo lugar —por equipo— en relevos. Fuera de esa justa deportiva, jamás volví a competir en deporte alguno que no fuera alguna improvisada carrera de caballos. Tuve una bicicleta Benotto que gané en una rifa y que perdí cuando alguien me la robó. Nunca la recuperé. A mis quince años comencé mis estudios de preparatoria lejos de casa, y de aquella alberca. Estaba en la ciudad de Guadalajara, y eran las Fiestas de Octubre. Asistí, en un auditorio universitario —cercano a la Minerva—, a ver El ángel exterminador, de Luis Buñuel. Leía con mucha atención la poesía de Antonio Machado, y con mucha pasión la de Miguel Hernández. Al tiempo que me detenía en cualquier sitio para hacer estas lecturas la primaria y la secundaria iban quedando muy atrás junto con mis fiestas de cumpleaños cada 17 de julio, bajo el gran árbol que cobijaba las mesas donde mis amiguitos se reunían para celebrarme, y mi perro Kazán rondaba entre ellos. Estas imágenes se iban decolorando bajo una luz muy intensa que, a su vez, preparaba una memoria que, con el paso del tiempo, iría encontrando motivos para eclosionar.
Me impresiona que Concha Méndez, quien nació en Madrid un 27 de julio —que yo leí 17—, haya sido una nadadora de alto rendimiento, una deportista de grandes alcances. También llama mi atención su noviazgo, de muy jovencita, con Luis Buñuel, que se prolongó por cerca de siete años. Amiga de Federico García Lorca. Este la presentó con el poeta y editor Manuel Altolaguirre, con quien se casaría. Puedo imaginármela, en la década de los veinte, fuerte, muy segura de sí, culta, curiosa, sensible y, sumamente, creativa. La posición económica y social de su familia le permitieron no solo cultivar la natación y la gimnasia, sino también cursar su educación primaria en un colegio francés. Madrileña que pasaba sus vacaciones en San Sebastián donde conoció a Luis Buñuel. Sus conocidos, además de García Lorca, eran Maruja Mallo, Luis Cernuda y Rafael Alberti.
Los niños serán algo cuando sean mayores; las niñas no, ellas no serán nada. Si pintas o escribes, para ser tomado en serio, y abrigar alguna promesa, deberás ser varón. La instrucción es una para los niños y otra, de carácter suplementario, para las niñas. Si te ven merodear la universidad, y eres mujer, es posible que tu madre, al enterarse, te dé con la bocina del teléfono en la frente indignada por tal atrevimiento que pone en entredicho a la familia. En un tiempo así todo espacio es sofocante, y los mapas y los viajes, al otro lado del mundo, se vuelven proyectos que, de tan improbables, vale la pena atesorar y alimentar; y arriesgar, por qué no, esa mediocre y previsible vida que, como tierras movedizas, amenazan con tragarte y hacerte desaparecer. Llegado el momento Concha Méndez se embarcó en un mercante que la llevó a Inglaterra. Antes fue a París. Volvió, pero su travesía ya estaba en marcha. Con Rafael Alberti trabajará sus primeros poemas y será pintada por Maruja Mallo en bicicleta y, también, con raqueta. Verá cómo, de la noche a la mañana, un oscuro carguero se convierte en un blanco bajel que enarbola banderas de colores. América la está llamando; y ella, tiene prisa. América, al final, será su destino.
Va por la calle un grupo de jóvenes. Elegantes y alegres. Se hacen notar entre los transeúntes. A un costado de la Puerta del Sol, en un gesto audaz, y sumamente provocador, deciden quitarse el sombrero. Tanto ellas como ellos aseguran que éstos les sofocan las ideas. Se trata de Maruja Mallo, Federico García Lorca, Margarita Manso y Salvador Dalí. Se trata de una resistencia y de una clara y rotunda declaración de principios. De asumir una posición protagónica que templará y enriquecerá los primeros años del siglo XX; de una corriente de oxígeno que expandirá los pulmones de una sociedad que se verá sofocada con el almohadón de plumas del franquismo y del Estado español. Ahí, en la década del diez, surgen las Sinsombrero.
Lou Andreas-Salomé tiene 36 años y Rilke 22 cuando se encuentran. Resulta innegable la influencia y presencia de ella sobre él; al extremo que le cambia el nombre. No solo eso. Bajo su influencia estuvo a punto de iniciar una terapia psicoanalítica, pero desistió, ya que le asaltó el temor de perder a sus ángeles si era exorcizado de sus demonios. También, en una carta que le envía, y que yo encontré en un libro en la avenida Revolución, frente al Jai Alai, en Tijuana, donde se celebraba la Feria Municipal del Libro, le explica que un perro, con una espina clavada en la pata, a cada paso que da, es más espina y menos perro; algo que el animal no entiende, pero sí experimenta. Maruja Mallo tuvo una intensa relación con Rafael Alberti. Los dos de la misma edad, los dos meteoros que surcaban el cielo de Madrid para reconocerse en la audaz expresión de sus obras. Ella, en esa verbena que negaba el negro e imponía el color, y él, en esos giros que habrían de iluminar el cielo de Sobre los ángeles. La relación llevó su tiempo, pero naufragó. Ella tiene ahora 32 años y Miguel Hernández 24 cuando se encuentran y deciden hacer una obra de teatro. Ella los dibujos, él los versos. Dos lados iguales y uno desigual de un triángulo. Pero los ángulos, los puntos de convergencia, crearon un área muy rica. La relación discurrió bajo los puentes y las aguas del río no se detuvieron a pesar de que la luna se reflejaba en su superficie. Este paisaje se irá llenando, y este paisaje de cuerpos, que reflejan su sombra sobre las cosas de este mundo, no va a ser ajeno a la curiosidad, inteligencia y sensibilidad de Concha Méndez.
Concha Méndez cuenta que fue con sus padres a ver Casa de muñecas, de Ibsen. Tenía trece años y decidió que se iría a Estocolmo. Hizo una maleta, pero solo alcanzó a refugiarse, por tres días, en un hotel de San Sebastián. Yo no fui al teatro con mis padres, pero sí leí Casa de muñecas gracias a mi madre. Tal vez tendría trece años. No estaba en San Sebastián, pero sí en Tecate. No era mi lugar de veraneo, sino el pueblo donde yo vivía. También logré irme de casa por algunas horas. Pero al anochecer mi padre dio conmigo y regresamos los dos.
Estás en la Plaza de Isabel II y te diriges por la calle del Arenal a la Puerta del Sol. Finales de noviembre y en el Reina Sofía hay una gran exposición de Maruja Mallo. El gentío es extraordinario, las tiendas —aquí y allá, y más allá— exhiben sus rebajas por el Black Friday. Sobre la calle, a unos pasos de la Parroquia de San Ginés, donde Lope se casó con Isabel de Urbina, después de haberla raptado, lo que le valió un destierro temporal, hay un tendido que exhibe insectos de alambre que su creador y vendedor pinta a la vista y al paso de todos. Voy y vengo. Cada que paso, y veo los insectos, pienso en Concha Méndez, en su casto y prolongado noviazgo con Buñuel, a quien, en ese tiempo —según testimonio de ella—, más que el cine, que sí le interesaba, lo que más le atraía eran los insectos, esos diminutos acorazados que casi todo lo devoran, incluyendo —algunos—, a sus parejas.
Sigo mi paso entre la multitud. El meridiano cero, la estatua del oso y el madroño, el anuncio de Tío Pepe que es probable viera Alfonso Reyes, como yo lo veo, camino al Lhardy, donde lo habrían de despedir sus amigos, para ir a ejercer como embajador de México en Francia. Todo esto porque Manuel Altolaguirre, en un poema temprano, estampa una dedicatoria a Reyes, y Concha Méndez, años después, le dedicaría, de su puño y letra, su libro Lluvias enlazadas que imprimiera en La Verónica, en la colección “el ciervo herido”, en 1939, en La Habana. Mi marcha continúa porque he decidido ver la exposición “Maruja Mallo: máscara y compás”. Al terminar mi recorrido, después del video que cierra la exposición, pasaré a la tienda del museo donde encontraré una antología de Concha Méndez y un librito de Ramón Gómez de la Serna titulado Pintoras, donde escribe sobre cuatro artistas; entre ellas, Maruja Mallo y Norah Borges.
Lluvias enlazadas es una grave recopilación que Concha Méndez edita en 1939. Poemas que presentan un sordo discurrir iluminado por un claroscuro que, al paso de los textos, anochece. Hay un dolor que se ve y se siente, pero él no nos ve; sin embargo, nos toca y acaricia. Es una pérdida que se precipita en el llanto, en la sangre y en una playa muy ardiente que habremos de transitar. Canta una voz muy baja con los dientes apretados, y con la filosa conciencia de que
voces me llaman de distintos cielos.
Este puñado de poemas era a la vez un parco resumen que mucho dejaba fuera: el frescor de la mañana y el claror del mediodía, para confiarnos un testimonio de ceniza ante lo que iba apareciendo allá, muy lejos. Lluvias enlazadas caía, suave y constante, sobre una pétrea superficie muy oscura.
La poesía anterior de Concha Méndez se recorta en el poema breve y en un tono reflexivo que va pintando un escenario con los ecos —decíamos— del claroscuro. Pareciera que estuviéramos ante un asombro y sensibilidad que todo lo quiere hacer suyo, pero la fatiga, la desilusión, y cierta amargura, van ganando terreno. Me impresiona su sed de distancia, esa fuerza que la lleva siempre más allá. Pero su poesía, atenta al mundo, se duele de este. Va recogiendo elementos que hacen cada vez más pesado el fardo que sostiene.
Abres el álbum o entras a la vieja casona que está a las afueras del pueblo que hoy se ha convertido en ciudad. Concha Méndez es una joven muy de su tiempo con una curiosidad y sed de conocimiento que hacen que cualquier sitio le quede corto, le resulte insuficiente. Sale de la casa familiar y hace suya la ciudad. Pero los dioses, a pesar de la luz del día, del mucho ejercicio, de una vida dictada por la modista y el ajuar para los meses de verano; de las vacaciones en San Sebastián, de la disolución del noviazgo, del novio que se va al extranjero para encontrarse consigo mismo, son categóricos en sus decisiones. La muy joven Concha Méndez, al igual que el poeta de Jerez, acude al oráculo de una gitana que le revelará su destino. Si a López Velarde se le anuncia una muerte por asfixia, a Concha Méndez se le revelará una larga vida de artista. Con tan tremenda moneda entre los dedos no solo abandona la ciudad, se va a Londres donde dará clases de español. Luego, siendo congruente con sus deseos de infancia, se hace capitana y llega a Buenos Aires donde publicará su tercer libro de poemas. También visitará Montevideo, y el tiempo pasará escribiendo sobre ella un conocimiento de la cultura y la literatura tanto de América como de Europa. Se integra al medio bonaerense, se relaciona con Guillermo de Torre, Alfonsina Storni y Consuelo Berges; publica en las principales revistas y periódicos. Pero llega la república, y con ella el deseo de volver.
En la década de los ochenta, del siglo pasado, hice un largo viaje por carretera de Monterrey a Tecate. Era diciembre y el frío, a medida que me alejaba de Monterrey, recrudecía. Al llegar a Nuevas Casas Grandes, Chihuahua, el pavimento estaba cubierto por una capa de hielo. Nos pidieron abandonar el autobús y tuvimos que caminar uno o dos kilómetros hasta llegar al pueblo. Había que esperar ya que, debido a las intensas nevadas, la carretera había sido cerrada. Yo iba leyendo Madame Bovary, de Gustave Flaubert, en la edición de Alianza Editorial. La traducción es de Consuelo Berges. Hay una fotografía de 1930 que se incluye en el libro Memorias habladas, memorias armadas. Esa biografía que le dictó Concha Méndez a su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre. Se trata de una mesa en forma de “T”. Alfonso Reyes preside. De su lado izquierdo, hay una pareja que bien podría tratarse de Guillermo de Torre y Norah Borges; a su lado derecho, hay dos mujeres. La más cercana a Reyes es Concha Méndez, y junto a ella, Consuelo Berges. Frente a ellos tres hombres que no logro identificar. Podría, tal vez, tratarse, al menos uno de ellos, de Ramiro de Maeztu, embajador de España en Argentina. Quien, gracias a una carta de su hermana que le mostró Concha, que era su amiga, le abrió las puertas de la sociedad porteña. Quizá estaba allí Alfonsina Storni, pero no salió en la foto. Podría ser, esto no pasa de una mera especulación, que en un gabinete contiguo estuviera Juana de Ibarbourou, que se mantenía aparte, recelosa y dolida, por un comentario que le indilgaron a Storni sobre ella. Lo cierto es que Ramón Gómez de la Serna, que al hablar sobre el trabajo plástico de Norah se le llena la boca con su hermano Jorge Luis, el poeta, que Concha —en su recuento— parece ignorar, estaba ahí, al menos estaba en Buenos Aires. Pues todos ellos podrían estar en la foto donde, ya entrados en detalles, alternaban dos orquestas. Una, tocaba al ritmo del Charleston, y la otra, más dramática, pero igualmente vibrante, llevaba un compás que medía los pasos propios de la música del Tango. Tal vez no estuvieron todos, pero sí la mayoría, y Consuelo, que era muy amiga de Concha, y que me acompañó a cruzar las extensas soledades de Chihuahua con su traducción, que aún no realizaba, pero que habría de hacer, estaba ahí junto a ella. Guillermo de Torre se encargó de publicar Canciones de mar y tierra, de Concha Méndez, con dibujos de Norah Borges, su esposa, y, obviamente, hermana de Jorge Luis, el poeta que, para esas fechas, ya le había obsequiado sus dos primeros libros de poemas al embajador de México, al anfitrión, que preside la mesa, y los reúne, a pesar de las encontradas corrientes del medio literario. El prólogo de Canciones de mar y tierra lo firma Consuelo Berges. Y en el libro hay un poema que Concha Méndez le dedica a don Alfonso Reyes.
Realmente me impresionó saber que el padrino de bodas de Lêdo Ivo fue Murilo Mendes. Tanto la poesía de Lêdo, poeta que cronológicamente pertenece a la Generación del 45, como la de Murilo Mendes, que pertenece a la segunda horneada del Modernismo brasileño, siendo tan diferentes, me resultan esenciales. Pero el caso de Concha Méndez se cuece aparte. Cuando se casó con Manuel Altolaguirre una antología de la poesía española firmó el acta en calidad de testigo. Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Federico García Lorca, José Moreno Villa, Vicente Aleixandre y Jorge Guillén. Editaron Poesía, Héroe, 1616 —en Inglaterra y en formato bilingüe— y Caballo verde para la poesía, que realmente la hacían ellos, pero la firmaba Neruda en calidad de director. Estas publicaciones fueron fundamentales para conformar el espectro de la Generación del 27. Para 1932, aparte que Concha Méndez y Manuel Altolaguirre estaban felizmente casados y en plena efervescencia editorial, y que ella había publicado cuatro libros (tres en España y uno en Argentina), por razones de época, me supongo, no figuró en la antología de la poesía española que Gerardo Diego editó ese año. Y este hecho, visto a la distancia, trajo sus consecuencias. Agrego, a manera de nota de pie de página, que ninguna poeta figuró en la selección, y que el antólogo, como es bien sabido, se incluyó en ella.
Me da miedo pensar en la guerra. Esta aparece con una sonrisa y una tableta de chocolate que le obsequia un soldado norteamericano a mi madre cuando, junto con sus padres, cruza la frontera entre México y Estados Unidos. La garita, estaba en terrenos del rancho de mi abuelo, y la aduana americana, a unos metros, en Campo, California. Eran los años cuarenta. Después, en los sesenta, mis escenas de guerra transcurrieron en la pantalla del televisor. Todos esos programas exaltaban la gesta heroica del ejército norteamericano en blanco y negro. Con la llegada de la televisión a color la violencia se disparó a las calles y barrios de las principales ciudades norteamericanas, y fue notorio un recrudecimiento, en los años setentas y ochentas, de una violencia de género. Al menos, así recuerdo la televisión y el cine comercial de mi niñez y adolescencia. Pero la guerra, que me sigue provocando miedo, no estaba ahí. Su miseria y dolor, la locura que desata y encubre, no cabía en las escenas que veía en la pantalla. La guerra no se ve, la guerra se contempla en carne propia.
Cuando leo las páginas que Concha Méndez le dedica a la guerra y a sus primeros cuatro años de exilio en Cuba, todo se vuelve blanco y frío, cortante y miserable. Un tablero dominado por los fascistas donde las piezas se atropellan. Los comunistas son amables frente a la barbarie de los anarquistas, nos dice la autora. El influjo del estalinismo recorre con fuerza el tablero, y unos y otros se atacan, se hieren con ferocidad. Todos perdimos. La guerra se contempla en carne propia. A veces recorremos un camino muy largo, con la ropa hecha jirones y los zapatos destrozados, viendo a familias victimadas por las bombas y morteros. Otras, la suerte se decide por un abrigo comprado en Inglaterra años antes que puede salvarnos o exponernos, según sea la ocasión. Este frío de la guerra, que no obedece a estación alguna, cercena y corrompe; desata los ríos de la gangrena. La locura y la impotencia nos abrasan, y ardemos a la deriva. Todos perdemos. Al final estamos más pobres y desprotegidos, más al margen, prácticamente, fuera de cuadro. Somos despojos, espacios en blanco. El consuelo, si llega, fluye por las aguas de la conmiseración. Paul Éluard los hospedó más de un mes en su casa y Picasso hizo una colecta para pagar sus pasajes a México. Ponerse en los zapatos del otro es una gesta que brilla como un diamante en medio de la miseria. Los años de la guerra separaron a la familia. La geografía se quebró y la trashumancia significó poder sobrevivir. Las corazonadas y presagios fueron el termómetro de la vida que se salió de cauce. Los accidentes se multiplicaron, los planes dejaron de tener sentido y la realidad se convirtió en un páramo. Cuando finalmente José Gorostiza, autor de Muerte sin fin, desde la cancillería de México en Cuba, logró ayudar a la familia realizando las gestiones para que volaran de La Habana a México, ya que la guerra inundaba los mares, Concha Méndez, Paloma Altolaguirre y Manuel Altolaguirre, solo se tenían a sí mismos. Todo quedó atrás. Lo que siguió fue una intemperie que, poco a poco, iría ganando terreno “contra toda esperanza”, como titulara Nadezhda Mandelshtam sus memorias.
Neruda les prestó la casa como ellos lo habían hecho con él durante la guerra. Pese a socializar con el medio literario mexicano, Concha Méndez se fue quedando atrás. Hubo publicaciones, pero los barcos ya habían zarpado. Leo las Canciones de mar y tierra, ese libro de 1930, y todo ha quedado en una dimensión donde la nostalgia y el recuerdo dibujan una fantasmagoría que no encaja en geografía alguna. La aventura, esas travesías señaladas por la luz y la alegría, donde las distancias eran escenarios propicios a la creación, se fueron apretujando en una oscura bodega. Los años destilaron un aguardiente, y el futuro dio la impresión de desaparecer. La curiosidad apremiaba por el pasado, y el presente se repetía, y el futuro, de pronto, ya no se vislumbró.
La metáfora rilkeana del perro que, a cada paso que da, es menos perro y más espina, y que tal transformación escapa a su entendimiento, me da una imagen del quehacer poético de Concha Méndez. Su forma ceñida, su verso directo, despojado de juegos y experimentos, se fue poblando de una atmósfera de ausencias. La madre, el hijo que no nació, el abandono del amante, el ritmo sofocante de un presente que la despojó de un futuro, hizo de su expresión un dolor cuya agudeza y desesperanza la llevó, en mi lectura, a la imagen de la espina clavada en la pata del perro. Aquella fuerza de juventud se agotó con los años de exilio y el mundo, con aquellos puertos y aires marinos, quedó suspendido de una memoria que lo fue cubriendo todo.
El mar fue una realidad para soñar e iniciar el viaje. El cuerpo, por mucho tiempo, fue un aliado. La natación, la gimnasia, los juegos de raqueta, el ciclismo y el automovilismo no solo se cultivaron, sino que la pasión por la competencia atizó el fuego, y los cantos de Píndaro, Safo y Alceo, discurrieron con sus guirnaldas. El cine, los recitales de poesía en El Retiro, los libros, las prensas, la amistad ondeando con mucha fuerza a ambos lados del Atlántico. Los viajes, y una voluntad de independencia. El amor, la pena, la pérdida, y esa larga y amorosa carrera de fondo que es la maternidad. El cuadro estaba ahí, recién pintado, con una obra literaria que fluía con extraordinario ritmo. Pero llegó el polvo, la suciedad, el tizne y el humo. Los materiales, de manera abrupta y acelerada, iniciaron un proceso de corrupción. El aceite, los pigmentos y los daños físicos, de carácter irreparable, se hicieron notar, y el cuadro, la vida misma, empezó a borrarse, a perder brillo y nitidez. El exilio fue devorando el cuadro, y la voluntad de nada, como escribiera José Bergamín en su ensayo “La importancia del Demonio”, de 1933, se adueñó de todo y de todos. Concha Méndez se detuvo y dejó de escribir. Su figura pública se eclipsó y el mundo pareció perderla. Los años en Ciudad de México se sucedieron de manera repetida y monótona. Es cierto, el negro no siempre fue tan negro, pero la luz aquella, que alimentó los colores del cuadro, tardó en volver, y ya no fue igual. Concha Méndez regresó a la escritura, y para remar contra la voluntad de nada, contra la asfixiante jerarquía del demonio, hay que apostar la vida. Es verdad que estamos ante un lento, pero categórico proceso de pentimento. El cuadro está ahí reconquistando el brillo y la nitidez que le corresponden. Ahora, es una experiencia de justicia y placer poder leer la poesía de Concha Méndez.
AQ / MCB