Cultura

El bar de las grandes esperanzas

J. R. Moehringer, El bar de las grandes esperanzas, Duomo, Barcelona, 2022, 462 pp.
J. R. Moehringer, El bar de las grandes esperanzas, Duomo, Barcelona, 2022, 462 pp.

Es una especie de autobiografía, primero un libro y ahora una película, donde el autor se vuelca a confesar, con pinceladas de narración de gran altura, la infinidad de escollos familiares, sociales y personales en el crecimiento de un norteamericano de los años setenta.

La parte más importante de la vida, dirán los estudiosos dela conducta humana, esa que va de la primera infancia a la revelación de nuevos universos y sentimientos que acompañarán la existencia hasta el final.

Y que en el caso de JR, nombre del personaje, se recreará en torno a un inesperado sitio, un bar de provincia, “el punto de encuentro más igualitario de todos los que existían en América”, la cuerda de salvación para un hombre a nadita de ser derrotado por “la culpa” y “el desprecio por uno mismo”.

De esto nos habla El bar de las grandes esperanzas, el primero de los libros publicados por el también periodista norteamericanoJ. R. Moehringer (Nueva York, 1964), un buen ejemplo de la relación entre periodismo y literatura, no siempre bien lograda y reconocida, y ahora también de la incursión del cine en las historias originales.

Experiencia que parece presentarse con ciertas periodicidades, ya que no siempre las películas más vistas y mejor logradas tienen tras de sí una obra narrativa expresa, en este caso novelística. Sí por estos días. Ya que a El bar de las grandes esperanzas (The tender bar) habrá que sumarle al menos El poder del perro y La hija oscura, ambas en cartelera o plataformas, basadas en obras de Thomas Savage y Elena Ferrante.

A cuál formato acercarnos primero, preguntará el lector. Libro o cine. En el caso de El bar… los hilos creativos parecen tejerse, y es que el mismo Moehringer estuvo cerca de la producción, el filme dirigido por el actor George Clooney. Cada quien decidirá, si bien en ambos casos permee un hilo narrativo, la eterna búsqueda del padre ausente, perdido, desconocido…, realidad que en tantísimos ejemplos hemos visto desde siempre.

Exaltamos lo que tenemos a mano, dice el narrador de El bar… Lo que nos tocó vivir, con quién nos tocó vivir, así sea una sola imagen: de ausencia o presencia: de existencia.

Lo que para el caso de esta bella historia, anclada en esa rancia sociedad norteamericana de los 70 que se niega a mirar un nuevo mundo de colores, el surgido de los rompimientos planetarios sesentayocheros, ser “un buen hombre es un arte” y ser “un mal hombre es una tragedia”. Disyuntiva que se le presentará a JR en el sitio determinado: el bar, el bar de Steve, y solo en él. (Bar que no podría llevar otro nombre que el de Dickens; Dickens, “santo patrón de los niños abandonados”).

Bar como metáfora de la vida, lo que también es la literatura, y donde las metáforas están siempre a la orden del día, como los tragos y las cervezas. “Un viejo bebedor de bourbon me dijo una vez que la vida era siempre cuestión de montañas y de cuevas”, confiesa el narrador de El bar…

“Montañas que debemos escalar y cuevas en las que debemos escondernos cuando no somos capaces de enfrentarnos a nuestras montañas”.

“Para mí, el bar fue las dos cosas: mi cueva más recóndita, mi montaña más peligrosa”.

“Y sus hombres, aunque en el fondo fueran hombres de las cavernas, fueron mis sherpas”.

“A una edad temprana, allí, en el Dickens, llegué a la conclusión de que la vida es una sucesión de historias de amor, y de que cada una de ellas es la respuesta a la anterior”, prosigue JR.

“Pero yo era sólo uno de los muchos románticos del bar de Steve que había llegado a aquella misma conclusión, que creía en aquella reacción en cadena del amor. Era aquella creencia, tanto como el bar, la que nos unía, y por eso mi historia es sólo una hebra en la cuerda que mantenía trenzadas todas nuestras historias de amor”.

Pero resulta que en el bar, en todos ellos, se consume alcohol, y el alcohol, lo sabemos, suele estar relacionado con la falta de controles expresos eimpares patologías,su descontrol en primer lugar. “Somos lo que bebemos”. Temas que se bosquejan en El bar…(traducción de Juanjo Estrella) y en buena parte de la obra del propio Moehringer.

Como en Open, las memorias personalísimas del tenista Andre Agassi que se decidió a reconstruir a partir de la lectura del mismo El bar…y El campeón ha vuelto, pesquisa acerca de Bob Satterfield, legendario boxeador norteamericano de mediados de siglo, perdido en la vagancia y el anonimato.

Mauricio Flores

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  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
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