Cultura

Afrodisiaco de la imaginación

Armando González Torres, Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías?, Ariel, México, 2026, 240 pp.

Jardines en el cielo
Jardines en el cielo

En espera de que cada quien conteste la interrogante, ¿qué hacer con las utopías?, el ensayista Armando González Torres (1964) acaba de obsequiarnos un libro sobradamente ilustrativo, panorámico y preciso, acerca de ese inconmensurable concepto, así llamado utopía, desde que el inglés Tomás Moro publicara en latín, hacia el siglo catorce, su célebre opúsculo.

Un librillo, la definición proviene del mismo controvertido personaje, caminante entre la abogacía y la política monárquicas, “verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de utopía”.

¿Se habrá imaginado Moro, condenado a muerte por el mismo rey al que antes sirvió con eficiencia, los alcances que en el tiempo tendría su utopía; el dilatado inventario de obras, experiencias, deformaciones y ramificaciones a lo largo de tantos y tantos años?

Un género en sí, nos recuerda González Torres, de “defectos y virtudes” que reclama (en todo tiempo) una evaluación equilibrada.

Utopía (bien merece la palabra cursivas) que para sus detractores, refiere el autor de este nuevo libro, Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías?, “se trata de un género poco realista y voluntarista que suele incubar pesadillas y sirve para justificar las decisiones de déspotas y desequilibrados. En cambio, para sus simpatizantes, pese a las catástrofes que han acompañado al sueño utópico, este modo de pensamiento constituye un motor innegable de cambio social, del mejoramiento ético y de la depuración del proceso de civilización”.

Disyuntiva en la historia que despliega y recorre el ensayo de González Torres, sin soslayar el riesgo que implica una definición unívoca o definitiva de la propia utopía; a un tiempo una jugosa lectura, lejana de cualquier academicismo tedioso, proveniente de su verificada escritura narrativa y poética.

Díganme ustedes (lectores de Milenio, donde el mismo González Torres publica su columna Escolios) lo contrario… ¿Una mejor definición de utopía?

“Un afrodisiaco de la imaginación [más allá de las metamorfosis que adopte], una modalidad de ficción social que contrasta las formas de vida realmente existentes con formas de vida potenciales y, con ello, estimula el deseo de cambiar”.

¿Una mejor explicación de su naturaleza?

“En este entorno [el de la batalla cuasi civilizatoria que resulta de los antagonismos de los años más recientes], la utopía mantiene si signo ambivalente: puede ser un estimulante de los ideales, pero también propiciar la ceguera ideológica. Puede vislumbrar mundos nuevos, pero también albergar peligrosas regresiones. Puede liberar, pero también aprisionar. Por eso, es fundamental diferenciar la esperanza saludable, derivada de la utopía, del voluntarismo fantasioso o del fanatismo político. La utopía es un acicate de la imaginación, pero su materialización exige inteligencia, paciencia y sentido de las proporciones para visualizar un futuro viable, ponderar estrategias y calcular escenarios”.

Preocupante expectación, sin que ello nos conduzca a estadios de fatalismo y pasividad, proveniente de la acuciosa revisión de las utopías a las que la humanidad se ha abrazado, que se expone y razona (se platica amenamente) en el libro de González Torres.

Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías? está dividido en cinco apartados que revisan decenas de las experiencias utópicas del género humano.

La utopía renacentista (Moro, Campanella, Andreae y Bacon), momento en el que la manifestación se impuso como género mismo.

La posterior aparición de los socialistas utópicos, así llamados por Marx (Saint-Simon, Fourier y Owen).

Una utopía “práctica”, donde las condiciones socio-económico-políticas posibilitaron la concreción de diferentes programas, la mayoría de ellos observados en el continente americano.

Las utopías totalitarias (nazismo, fascismo italiano y estalinismo), así como las vertientes distópicas, en su mayoría literarias, Huxley, Orwell, Burdekin, Bradbury).

Y, finalmente, una serie de ejemplos más cercanos en el tiempo y derivados de “la reconciliación entre el trabajo y el placer, el mejoramiento de la convivencia social y la equidad de género, así como una relación más constructiva con la naturaleza”. (Me pregunto si no hubiera sido pertinente la mención aquí al proyecto Olinka del célebre Doctor Atl. Sí, en cambio, hay referencias a, por ejemplo, la solicitud de Owen al presidente Guadalupe Victoria para concederle un territorio situado entre Coahuila y Texas donde “se redimiría a la humanidad”; a las prácticas comunitarias de “cristianismo misionero” llevadas a cabo por Vasco de Quiroga, tanto en el poblado de Santa Fe como en el de Pátzcuaro; y la instalación de “comunas” por parte de Albert Kimsey Owen [no confundir con el socialista utópico] y Plotino Rhodakanaty, en Topolobampo y Chalco).

Al final del libro, grata lectura, González Torres concluye, “vale la pena ilustrarse y deleitarse de manera mesurada con ese género tan placentero como embriagante que es la utopía”.

Como bien vale también adentrarse en Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías?

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Mauricio Flores
  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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