Gil aprecia los libros del escritor paquistaní Kureishi, de lengua inglesa. Un día un extraño mal medular lo derrumbó mientras veía un partido de futbol y tomaba una cerveza. Nunca volvió a ser el mismo, aquella invasión lo llevó al mundo de la parálisis definitiva. En la cama de un hospital dictó apuntes y notas que se convirtieron en un libro, A pedazos (Anagrama, 2025). Aquí van algunos párrafos.
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A veces me siento avergonzado y humillado por lo que me ha sucedido. No puedo evitar preguntarme si, de algún modo, es culpa mía. Pero son ideas malsanas. En general, mi enfermedad saca lo mejor de los demás y parece tener el mismo efecto en mí. Estos amigos generosos siempre me traen regalos. Muestran interés por mi situación, me escuchan y quieren saber qué tal lo estoy llevando. He recibido visitas de amigos muy íntimos, de meros conocidos y de personas que a penas conozco. Y también de casi desconocidos que me escriben preguntando si pueden visitarme. Siempre le digo que sí.
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Como sustituto de los cuerpos, la gente se pasa todo el tiempo jugueteando con los celulares. En los años sesenta y setenta, recuerdo que la gente se entretenía con los cigarrillos, los encendedores, las cerillas e incluso con las pipas. Era el modo de tener las manos ocupadas mientras conversaban. Ahora todo el mundo mira el celular e incluso hay quien manda mensajes de texto mientras habla. Este tipo de distracciones, lejos de ser un incordio, son una vía de escape para la ansiedad; ayudan a comunicarse, creando una distancia entre la otra persona y tú.
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Hay gente que tiene vocación censora: les encanta, o tal vez incluso les excita, controlar las palabras y la libertad de los demás. Hay un sector de la izquierda abducido por una agresiva superioridad moral y un contraproducente puritanismo. Los escritores que me gustan, aquellos con los que crecí, son los salvajes, los desquiciados, los virulentos que se lo pasan todo por el forro. Dostoievski, Plath, Rhys, Céline, Burroughs, Miller, Baldwin.
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Ser ofensivo, blasfemar, irritar e incluso insultar forma parte del trabajo de un escritor. Tal como dice Kafka en uno de sus cuadernos: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado de nuestro interior”. La cultura no debería ser tranquilizadora ni complaciente, debería asustar, incluso alarmar. El objetivo de los escritores es poner el mundo patas arriba, presentar opiniones que vayan a contracorriente de lo establecido. Nuestro trabajo no consiste en complacer sino en desafiar, en hacernos pensar de forma distinta sobre nuestros cuerpos, nuestra sexualidad, la política y lo normativo.
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Perder la sexualidad de la noche a la mañana, de un plumazo, es como perder uno de los sentidos. Algo que te ha gobernado y estimulado a lo largo de la vida desaparece de forma inesperada. No tener erecciones, no sentir excitación sexual ni tener ningún tipo de fantasía es verse despojado del motor que te ha impulsado, importunado y perseguido desde la adolescencia. Es una ausencia mayúscula, y muy desconcertante.
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Después de dejar el King’s (Hospital), mi interés por el psicoanálisis me llevó a leer autores importantes: Winnicott, Klein, Lacan y demás, y luego a los estudiosos modernos, como Adam Phillips y Darian Leader. Hay muchas cosas en esa escuela que me parecen enriquecedoras y fascinantes, en particular los informes sobre pacientes de la primera etapa. Hasta donde yo sé, los psicoanalistas ya no escriben sobre los casos concretos que han tratado, por un montón de razones que tienen que ver sobre todo con la privacidad y con el rigor psicoanalítico, pero a mí esos informes me han parecido siempre tan seductores como un buen relato. Sabemos que Freud, cuando escribía sobre los casos que trataba, procuraba que pareciesen más un relato que un estudio científico.
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El humor es espontáneo, surge de una situación concreta, no está planificado ni calculado, sino que aparece de pronto, como una sorpresa y un impacto; es repentino y altera la atmósfera.
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Esta lesión hace que sienta envidia, sobre todo de la gente que disfruta de los placeres de la vida, y tal vez cuando los oigo reírse tenga la sensación de que están disfrutando de una felicidad que a mí me esquiva. Pero considero que casi todos los escritores son esencialmente cómicos: Shakespeare, Dickens, Proust, Joyce y, por supuesto, Kafka.
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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Oigan esta frase de Leonardo Da Vinci: “Si es posible se debe hacer reír hasta a los muertos”.
Gil s’en va