Cultura

Mitomanía oficial

Luis M. Morales
Luis M. Morales

El arte de la mentira nunca tuvo cultivadores tan asiduos como los altos mandos de la 4T. Mienten mucho, pero mienten mal, y cuando sus engaños quedan al descubierto, una mentira nueva, soltada de botepronto, los hunde más aún en el atolladero del que intentaban salir. Para desinformar con acierto se requiere elegir con cuidado las verdades que uno quiere ocultar, es decir, los pecados capitales de un gobierno. Contra esa norma dictada por el sentido común, López Obrador impuso una línea más intransigente: negar incluso pequeños errores o negligencias, aunque hayan sido cometidos a la vista de todos. Al parecer, esa tozuda política ya no funciona, o crea más problemas de los que resuelve. La mentira metódica pone a los funcionarios en graves apuros, pues hoy en día cualquier ciudadano con teléfono celular es un potencial reportero que puede refutar de inmediato la versión oficial de un desastre. 

Convendría, por lo tanto, no desgastarse inventando patrañas cuando la admisión de un desatino tenga un bajo costo político. Pero ¿cómo pedirle sentido común a un chairo con sed de gloria, urgido de escalar peldaños en la pirámide burocrática? La pícara funcionaria de la secretaría de Hacienda que se asoleaba las piernas en una ventana de Palacio Nacional ni siquiera debió ser despedida por ese pecado venial. Si yo fuera Claudia Sheinbaum, hubiera salido a decir: “En efecto, se asoleó las piernas ¿y qué?”. Pero en su afán por congraciarse con la Presidenta, el supuesto encargado de refutar la información adversa al gobierno la expuso a un ridículo atroz. Desde entonces, el pánico escénico la traiciona cuando intenta mentir con aplomo. 

El gran derrame de petróleo en la costa del golfo sí ameritaba una buena cortina de humo para mitigar sus consecuencias políticas, pues dejó en evidencia que las instalaciones de Pemex se encuentran en el mayor abandono. Era preciso fabricar una mentira verosímil para sacar las castañas del fuego, pero nadie se tomó la molestia de coordinar a los funcionarios responsables para que silbaran, al menos, la misma tonada: Rocío Nahle culpó del percance a un buque contratado en el sexenio de Peña Nieto, Alicia Bárcena, a la descarga en una zona de fondeo, el secretario de Marina, a las emanaciones naturales de las chapopoteras, y sin entrar en detalles, Sheinbaum exoneró varias veces a Pemex por el desastre ecológico. Nadie tomó en cuenta que las imágenes satelitales viralizadas por los ambientalistas mostraban desde febrero la extensión de la mancha negra. 

Obligado por el dictamen del grupo interinstitucional que milagrosamente dijo una verdad incómoda, la semana pasada el director de Pemex reconoció que su empresa siempre sí tuvo la culpa del percance. Nadie le creyó, sin embargo, que sus subalternos le habían ocultado el derrame: otra mentirijilla para lavarse la cara. Sheinbaum aprovechó su viaje a Barcelona para no tener que morderse la lengua junto con él, pero todos sabemos ya de qué pie cojea. No sólo mintió sobre el derrame en el golfo: sostuvo contra todas las evidencias que el incendio del 17 de marzo en Dos Bocas, con un saldo trágico de cinco muertos, tampoco fue responsabilidad de Pemex. Un nuevo incendio en la misma refinería y otro en la de Azcapotzalco, también negado por la paraestatal, a pesar de que todos vimos los videos de las instalaciones en llamas, exhibieron la mendacidad crónica del gobierno. Sus voceros quizá falsearán con éxito las causas de esos percances, pero ningún truco de ilusionismo puede ocultar lo que el mundo entero está viendo. Hasta para dar atole con el dedo se necesita un mínimo apego a los hechos.

La mitomanía oficial resiste mejor el cotejo con la realidad cuando la opinión pública no tiene acceso a investigaciones mantenidas en secreto. Es el caso del informe sobre el descarrilamiento del Tren Interocéanico, divulgado el 8 de abril. Según la FGR, ningún alto funcionario tuvo responsabilidad alguna en esa tragedia que le costó la vida a 14 personas. Toda la culpa recayó en el maquinista, el conductor y el jefe del despacho, que fueron vinculados a proceso por el delito de homicidio culposo. Difícilmente algún reportero podrá comprobar que hubo malos manejos en la construcción del tren, pues el cierre del INAI obstaculiza el escrutinio de las obras públicas. En este caso, la mentira de la fiscalía está mejor blindada, pero contraviene un principio esencial del credo morenista: el culto a la inmaculada nobleza del pueblo. Un gigantesco aparato de propaganda repite a diario que este gobierno sí quiere a los pobres.  AMLO bajó del cielo para redimirlos, pero eso sí, cuando su ineptitud y su megalomanía matan a 14 personas, los peritos de la FGR se apresuran a señalar con el dedo a tres modestos operarios para eximirlo de culpas. Linda manera de amar a la clase trabajadora.


Google news logo
Síguenos en
Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.