A finales del siglo pasado, cuando escribí mi primera novela histórica, El seductor de la patria, la acelerada transformación de Ciudad de México ya había devastado el paisaje urbano de mi niñez y empezaba a sentirme expulsado del presente, porque la incesante reconstrucción de la megalópolis no sólo borra la memoria colectiva, sino las coordenadas biográficas del individuo. Arrastramos esa precariedad desde que los mexicas afincaron sus chozas en el islote pantanoso donde los confinaron sus amos, los poderosos y despóticos reinos de tierra firme. La gran Tenochtitlan maravilló a los conquistadores, pero no se tentaron el corazón para demolerla y construyeron sobre sus ruinas las joyas arquitectónicas del virreinato. La secularización de los bienes eclesiásticos desencadenó una segunda oleada destructiva, pues los liberales se ensañaron con muchos templos y conventos admirables que simbolizaban, a su juicio, las peores lacras del régimen conservador. Otra ofensiva jacobina, la de Obregón y Calles, contribuyó a desfigurar más aún el centro histórico. Nada de lo construido desde entonces puede compensar los estragos de esos actos vandálicos.
La Ciudad de México es un palimpsesto de piedra donde cada régimen político edifica las ruinas del mañana sobre las de antier. Eso dificulta las reconstrucciones de época, pues uno tiene que desmontar varias capas geológicas superpuestas. Para saber cómo era nuestra capital en tiempos de Santa- Anna, o en el virreinato, la época en que transcurre Ángeles del abismo, mi vademécum fue la benemérita monografía de Guillermo Tovar y de Teresa La ciudad de los palacios: crónica de un patrimonio perdido, un exhaustivo y doloroso inventario de los grandes monumentos coloniales que arrasó la picota, profusamente ilustrado con viejos daguerrotipos. Pero no sólo hay que buscar en los libros las huellas de nuestro pasado remoto: el tiempo también se ha tragado el México de mediados del siglo XX, en el que vivió y medró Carlos Denegri. Envidio a los novelistas franceses, porque buena parte de los cafés, restaurantes y cabarets parisinos de principios de siglo XX (La Coupole, Le select, Les deux magots, el Lido, el Moulin Rouge, etc.) se han conservado intactos, para no hablar de la traza urbana. En cambio, ningún centro nocturno mexicano de los años cuarenta sigue en pie: el Ciro’s, el Río Rosa, el Capri, el Waikiki, El Leda, el Esmirna, desaparecieron del mapa, junto con sus atmósferas de bacanal opulenta o populachera. Nada perdura en la región más transparente del aire y para colmo, los terremotos complementan la devastadora tarea de los urbanistas rapaces y los especuladores inmobiliarios.
La incesante metamorfosis de nuestra capital podría hacer pensar a los extranjeros, o a los ingenuos, que México es un país volcado hacia el porvenir, donde se han superado ya muchas rémoras ancestrales. Pero en esto reside quizá la mayor paradoja de nuestra falsa modernidad: el pasado tiende a desaparecer del paisaje, pero sigue vivo en nuestras almas. Arrasamos edificios emblemáticos, antros legendarios, librerías, restaurantes de abolengo, pero en cambio mantenemos en pie antiquísimas lacras políticas y sociales que todos los gobiernos prometen erradicar. En la Colonia se incubaron tres taras genéticas de nuestra nacionalidad que prevalecen hasta la fecha: el patrimonialismo, el sistema de castas y la impunidad de la delincuencia. Apoderados de regiones enteras donde extorsionan a comerciantes, transportistas y agricultores, los grandes ejércitos criminales de hoy perpetúan una tradición más antigua todavía: el cobro de tributos a los vencidos era la principal fuente de ingresos del imperio azteca, un modus operandi que los actuales tlatoanis del inframundo han reciclado con éxito en provincias enteras.
Junto con este modelo de dominación y sojuzgamiento está resurgiendo también el canibalismo, como lo ha denunciado desde hace tiempo el antropólogo Claudio Lomnitz. Entrevistado por Alejandro Domínguez en Milenio Televisión, un sobreviviente de Teuchitlán reveló que los jefes del campamento obligaban a los reclutas bajo amenaza de muerte a comer la carne de sus compañeros asesinados. En tiempos de los mexicas, el sacrificio humano y la antropofagia tenían al menos una justificación religiosa. El derrumbe del Estado de derecho está resucitando los horrores que la evangelización desterró, corregidos y aumentados por una mezcla de indolencia cívica y podredumbre institucional. Tal vez haya incursionado en la novela histórica por una necesidad de evasión, pero muy pronto advertí que por esa puerta no iba a poder escapar de mi circunstancia. Nuestra novela histórica seguirá siendo contemporánea mientras el pasado intravenoso se resista a morir.