Política

Aprender de los errores

Luis M. Morales
Luis M. Morales

M+.- Habrá que insistir, hay cosas que el gobierno de Claudia Sheinbaum está haciendo bien y otras no tanto. Y no puede ser de otra manera, considerando que existe una curva de aprendizaje por la cual pasar y que su sexenio coincide con un contexto internacional de pesadilla. El problema es que, entre una cosa y otra, el proceso de instalar el segundo piso de la cuarta transformación ha sido más lento y débil de lo que se esperaba. Una lástima, porque sigo pensando que existe una oportunidad histórica con la presencia de una profesional como Claudia Sheinbaum en Palacio, por su formación científica, su integridad y su capacidad. Algo que no abunda en Morena o en cualquier alternativa política a la vista en el futuro inmediato. La posibilidad de que el poder público encuentre un equilibrio razonable a la cuadratura del círculo entre crecer y distribuir habría sido ahora, por la combinación de capacidad técnica y conciencia social.

O quizá asumimos que, dada su preparación, Sheinbaum no tiene que pasar por esa curva de aprendizaje; que bastaba con que consolidara palancas y botones y las tuviera bajo su control para estar en condiciones de sanear y mejorar el primer piso de la 4T y hacer paredes firmes para el segundo. Obviamente no ha sido así. Junto a los aciertos hay desaciertos, omisiones, tareas urgentes postergadas.

Y, sin embargo, habiendo transcurridos sólo 20 meses de los 72 que gobernará, la posibilidad sigue vigente, sea para afinar y profundizar lo que está haciendo bien o para corregir lo que no está funcionando. Planteamiento (ensayo), experimentación (error) y análisis (corrección) es la base del método científico.

El balance final del gobierno de Sheinbaum será positivo. Se le tendrá como una buena Presidenta. El tema no es ese, sino la posibilidad de haber aprovechado o no la oportunidad histórica que existe: concretar el potencial que su liderazgo tiene para conseguir un buen avance en dirección a un México más justo, democrático y próspero.

Eso no sucederá si su gobierno se apertrecha en la defensa a tumba abierta de lo que está haciendo, sea bueno o sea malo (es decir, si elimina la fase “corrección” del método científico) o si confunde a Morena con el Estado mexicano. Ganar políticamente no es lo mismo que transformar. El proyecto de nación impulsado por este movimiento “por el bien de todos, primero los pobres”, sigue siendo no solo legítimo sino imprescindible para efectos de estabilidad política y viabilidad colectiva, por no hablar de imperativos éticos respecto a los muchos mexicanos rezagados. Y es obvio que para estar en condiciones de hacer posible su proyecto de país, un movimiento necesita un instrumento, una organización; eso es Morena. Un partido fuerte es imprescindible para acceder al poder; es el medio para gobernar y poner en marcha un nuevo proyecto de nación. Pero se trata de un medio para conseguir un fin. Por desgracia, una y otra vez la historia ha mostrado que quienes llegan al poder tienden a confundir una cosa con la otra.

Muchos en Morena están tan ocupados fortaleciendo al medio, es decir al partido, asegurando sus triunfos presentes y futuros, que en el proceso han terminado por comprometer los fines, que consistirían en transformar la vida pública en algo más digno. Ganar a cualquier costa destruye el ideal de construir una sociedad mejor. La idea de anular elecciones por injerencias externas que serán calificadas por quien no quiere perder, descalificar a los críticos (una televisora o un periodista) desde el poder del Estado pretendiendo que se trata de una opinión personal, intentar desaforar a una gobernadora de oposición que afirma no haber estado enterada de lo que hacían sus colaboradores mientras se perdona a los titulares morenistas que incurren en lo mismo. Eso es justamente fortalecer los medios en deterioro de los fines: ganancias partisanas, pero automutilantes en lo que respecta a los ideales.

Defender el proyecto de nación no consiste en defender el medio sino el fin. No necesitamos a una Presidenta militante del movimiento que la llevó al poder, sino a una estadista capaz de convertir en realidad los ideales por los cuales se construyó ese movimiento. Tendría que ser muy distinto el papel que cumple Ariadna Montiel, cabeza de Morena, y el de Claudia Sheinbaum, presidenta. Algo no está bien cuando sus discursos espejean. Con aciertos y desaciertos Ariadna está en lo suyo, en la trinchera política e ideológica en medio de adversarios que compiten por el poder. Sheinbaum tiene que estar en una tarea enteramente distinta, consolidar resultados para legitimar un proyecto de cara a todos los mexicanos, de los cuales ella es Presidenta, hayan votado por ella o no.

Necesitamos a una mandataria más científica que litigante. Instrumentar el ciclo ensayo-error-corrección es imposible cuando se asume que la unidad y fortaleza del movimiento es más importante que depurar sus malos elementos; se hace muy difícil la corrección de errores cuando se considera que eso equivale a darle municiones a los adversarios o cuando se invierte una parte de la mañanera en defenderse atacando.

Ya nos sucedió que ideas defendibles como la de construir un tren en la península de Yucatán o una nueva refinería para disminuir la dependencia, terminaron costando más, se ignoraron dificultades y se precipitaron por la incapacidad de reconocer errores en aras del debate político. Si hay que revisar a Pemex, a las fuentes de ingreso público, a Mexicana de Aviación, la naturaleza de la mañanera, aliados impresentables o aceptar derrotas para evitar gobiernos municipales y estatales vergonzantes, mejor ahora que tarde o nunca. Un proyecto que se niega a corregirse, renuncia a la posibilidad de hacer realidad sus banderas.


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Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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