Política

Lo leí en 'Novedades'

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M+.- “Lo leí en Novedades”, rezaba el anuncio de un periódico que machacaba la radio en México hace varias décadas. El diario nunca circuló gran cosa, pero el estribillo fue tan exitoso que se convirtió en una frase de uso corriente para legitimar, como lo hacían los personajes del anuncio, un relato o un dato que algún interlocutor ponía en duda. Se trataba más bien de una respuesta que intentaba ser ingeniosa; en el fondo constituía una especie de parodia sobre la supuesta existencia de una entidad sabia e imparcial capaz de zanjar cualquier diferencia de opiniones.

El mundo carece ya de estos referentes. La polarización política ha sembrado dudas prácticamente respecto a todas las instituciones. Quizá nunca gozaron de una reputación impecable, pero la “palabra” de algunos medios de comunicación y determinados organismos significaba algo. Tengo la impresión de que ONU, FAO, y Unesco; o en periodismo CNN, The New York Times, The Economist, Le Monde por mencionar a algunos, constituían un referente de relativo prestigio. Hoy este

papel se encuentra muy disminuido. Las instituciones han perdido su capacidad de “arbitraje”, por así decirlo. No solo por la imposibilidad de mantenerse al margen de la polarización; también porque los actores políticos terminaron por desgastarlas a fuerza de utilizarlas como argumento unilateral sólo en aquellos casos en los que coinciden con sus propias posiciones, pero acribillándoles cuando no es así. El gobierno mexicano convierte un reporte de la ONU en fuente fidedigna para apuntalar un dato favorable esta semana, y la siguiente cuestiona su credibilidad por la difusión de un expediente que le causa escozor.

En medio de la polarización que nos arrebata, nunca como ahora sería deseable la presencia de referentes incuestionables, o al menos instituciones citables cuya reputación merezca aún cierta credibilidad, más allá de nuestras diferencias. El INE (antes IFE), la Suprema Corte o la Comisión de Derechos Humanos nunca fueron impolutos ni nada que se le parezca, pero de alguna manera gozaban de relativa legitimidad. La alternancia política funcionó porque el país asumía que, en líneas generales, había un desempeño confiable por parte de las autoridades electorales, por ejemplo. De un tiempo acá, sin embargo, un velo de sospecha se ha extendido a todo el entramado institucional. Como si nada ni nadie hubiese sido capaz de mantener el equilibrio o sustraerse a las disputas enconadas que cruzan la conversación pública.

Lo más fácil sería culpar a los gobiernos de la 4T de la subordinación a la que se ha sometido a algunas instituciones. Y sin duda, cargan con buena parte de la responsabilidad. Pero habría que asumir, también, que se trata de un fenómeno mundial. Las redes sociales, los algoritmos y la visceralidad han fragmentado en tribus partisanas lo que alguna vez aspiró a convertirse en comunidad.

Un fenómeno exacerbado, sin duda, en aquellos países en los que se encuentra en disputa un proyecto de nación contrastado como es el caso de México. El encono de posiciones e intolerancia mutua es mayor allá donde lo que se está discutiendo entraña cambios fundamentales. Antes los dirigentes del PRI y del PAN podían rivalizar de manera acalorada, pero al final estaban en condiciones de compartir al mismo secretario de Hacienda o coincidir en una perspectiva privatizadora de la cosa pública. El vuelco que provocó el ascenso de Morena y su intención de cambio no dejó indiferente a nadie.

Los medios de comunicación, los analistas y opinadores que habitamos en las páginas de los periódicos y en las mesas de discusión de los medios electrónicos, somos parte del problema. Nos hemos convertido en defensores o en denostadores sistemáticos de alguna posición política; constructores de argumentos para apuntalar trincheras, agua para el molino específico de uno y otro. El espacio público se ha fragmentado siguiendo el mismo camino que las redes sociales y el consumo de información por parte de las personas. Cada cual tiene sus propios oráculos, sus algoritmos cómplices, sus opinadores de confianza. El problema es que carecemos de referentes creíbles. Toda opinión adversa, cualquier dato que no beneficia mi criterio resulta sospechoso. Ninguna reputación resiste la confrontación militante.

Quienes se permiten considerar un argumento ajeno al propio campo son acusados de inconsistencia, de falta de compromiso, de motes que apenas esconden el desdén (los “buena ondita”). La autocrítica en uno y otro bando es percibida como un rasgo de deslealtad que sólo puede ser atribuido a la ingenuidad, al interés (ya le llegaron al precio) o a la estupidez.

El resultado de todo esto es la desconfianza generalizada en todo aquello que no coincida con nuestras posiciones. La

arena pública se ha ido despojando de fuentes de información y criterio que tengan sentido para todos. Nos estamos quedando huérfanos de árbitros creíbles, de mojoneras incuestionables, de análisis que mezclen argumentos contrapuestos.

Habría que cuidar al extremo lo que aún mantiene alguna credibilidad. El Inegi quizá, el Banco de México, la inteligencia irónica de Juan Villoro, el talento y la sensibilidad de nuestros cineastas, la templanza y el potencial de Isaac del Toro y en alguna medida el relevante papel de la Selección Mexicana. Como ven, cuesta trabajo encontrar ejemplos. En fin, algo que nos permita pensar que podemos diluir una controversia con una cita categórica del tipo: lo leí en Novedades.

Luis M. Morales
Luis M. Morales


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Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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