Política

Por qué no hay inversión, otro argumento

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M+ En este espacio, como en el de muchos otros analistas, hemos dado cuenta de los esfuerzos de Claudia Sheinbaum para promover la inversión de parte de los empresarios y generar la activación económica y los empleos que el país tanto necesita. De igual forma se han descrito los aciertos y desaciertos que el gobierno ha realizado en esta materia y el hecho de que hasta ahora no está sucediendo o lo hace en términos muy modestos. Una de las razones más citadas, y la preferida de críticos y oposición, es la desconfianza que genera en los empresarios las actitudes, errores y disposiciones del gobierno de la 4T. En particular la que tiene que ver con la reforma judicial y el control que ejerza el poder político en los tribunales.

Sin duda, es un factor mencionado por los empresarios. Pero habría que insistir que el grueso de la explicación está en otro lado, por más que las disputas en la arena política enfaticen una causa en detrimento de otra. En esencia los empresarios invierten o dejan de hacerlo en función del rendimiento esperado y del riesgo que entrañe esa inversión. Pero su principal riesgo no es que el gobierno vaya a dañar su negocio o puedan perderlo en tribunales; su temor es que las condiciones económicas sean demasiado volátiles para garantizar la estabilidad mínima que requiere una nueva operación. Y la razón para esa falta de estabilidad es, simple y llanamente, el vuelco que ha experimentado el contexto a partir del tsunami económico que tiene al mundo de cabeza.

Nada que no enfrenten otros países, pero quisiera advertir la peculiaridad en la que se encuentra México. Para decirlo rápido, Trump necesita a México como trampolín, para terciar las mercancías, maquinaria e insumos que Estados Unidos requiere de China y su esfera de influencia. Está atrapado, como en Irán, en una promesa que no puede cumplir. Por desgracia una simulación no reconocida que impide avanzar el nearshoring o la industrialización que sustituya importaciones. Me explico.

LUIS M. MORALES
LUIS M. MORALES

Durante 35 años apostamos a la integración comercial con Estados Unidos y la industrialización subordinada a las cadenas productivas del norte. Cometimos el error de no crear las líneas de abastecimiento nacionales para apoyar este esfuerzo exportador; es decir, no generamos efectos multiplicadores porque recurrimos a la importación de insumos y maquinaria desde Oriente. México se convirtió en una potencia exportadora, pero a diferencia de Corea o China, creció apenas un 2 por ciento anual en lo que va del siglo, y con enormes diferencias por regiones, sectores económicos y grupos sociales.

Lo que sucedió con el arribo de Trump es una variante ampliada y distorsionada de lo que ya era un mal arreglo. Pese a toda la hostilidad del republicano y la aplicación de aranceles específicos a algunas mercancías mexicanas, nuestro país desplazó a China como principal proveedor del mercado estadunidense y la diferencia aumenta mes con mes. No hay ninguna ciencia en ello, las tarifas promedio que se aplican a nuestras mercancías siguen siendo más bajas que las del resto del mundo. Por desgracia esto no ha sido resultado del famoso nearshoring o la relocalización industrial, sino de la intermediación.

México exporta más de 50 mil millones de dólares mensuales a Estados Unidos, un salto de casi el doble de lo que enviábamos hace dos años; pero las importaciones han crecido con la misma velocidad y en ocasiones aún más. Lo que traemos de China y de los países vinculados a su esfera también se ha multiplicado. No han surgido fábricas ni los consiguientes empleos destinados a sustituir importaciones de Oriente. Lo que sí ha brotado es una febril actividad comercial, imaginativa y cambiante, para mover mercancías por vías que desafían las represalias y obstáculos impuestos formalmente por Washington. Por desgracia esos arreglos comerciales, muchos de ellos efímeros, representan una opción mucho más segura que invertir en proyectos industriales de mediano o largo plazo propios de un nearshoring.

En ese sentido, si nuestro ritmo de crecimiento ya era de por sí precario y los niveles de inversión del empresariado eran modestos, la enorme inestabilidad provocada por el nuevo (des) orden que sacude al mundo, hace de la economía mexicana una incierta paradoja. Una que no habrá de despejarse fácilmente porque estamos atrapados en el fracaso de Trump; la imposibilidad de que la realidad se ajuste a su absurda aspiración: que los productos que consumen los estadunidenses sean producidos en su territorio con costos similares a los de México o China.

Trump asestará piñatazos a diestra y siniestra esgrimiendo tarifas con un pretexto u otro, queriendo convencerse a sí mismo y a su electorado de haber conseguido una ventaja, pero con nulos resultados. La aplicación de un arancel simplemente encarece el producto para los hogares estadunidenses. Nunca reconocerá que México es el aliado natural para producir en Norteamérica algo o mucho de lo que se trae de China y sus satélites. Seguirá engañándose con un arreglo que no beneficia a nadie. No puede prescindir de la función de trampolín que desempeña México porque provocaría carencias de productos finales e insumos que necesita su mercado o los obtendría a precios excesivos. Pero tampoco permitirá que se hagan aquí; todo lo contrario, su permanente berrinche por el desequilibrio comercial entre Estados Unidos y México y su deseo de mantener en vilo el tratado T-MEC, perpetúa una incertidumbre que, con toda razón, introduce riesgos que para la mayoría resultan excesivos.

No hay una estrategia clara para neutralizar o compensar esta zozobra, ni forma de predecir (o apaciguar) los arrebatos de Trump, más allá de la prudencia necesaria para no provocarlos. Algo puede hacerse en los estrechos márgenes que las circunstancias ofrecen a las élites políticas y económicas, que al menos han comenzado a compartir criterios y conversar diferencias. Explorar estas posibilidades escapa a los límites de este texto, pero me parece que mucho se gana con el mero hecho de ponderar las razones por las cuales padecemos una crisis de inversión. El riesgo de sobre politizar la explicación (“la culpa de la falta de inversión es del gobierno de la 4T”) es que subestima la magnitud y el hecho de que estamos atrapados en una situación inédita.

No pretendo minimizar el peso que la inseguridad, las extorsiones o el incremento en los salarios tiene en el pesimismo de muchos empresarios. Pero mal haríamos en subestimar, como me parece que se está haciendo, la intensidad de la tormenta que nos sacude.


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Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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