Cultura

Grandeza de la vejez

Luis M. Morales
Luis M. Morales

Los chequeos médicos son una especie de striptease en el que los viejos nos desnudamos por dentro. Nada podemos ocultarle al aparato de ultrasonido, ni mucho menos a los encargados de analizar nuestras pruebas de sangre u orina, de modo que uno asiste a esas exploraciones con la humildad de un pecador arrodillado en el confesionario. La primera parte del ritual consiste en pesar y medir al objeto de estudio. La enfermera que me atendió en mi último chequeo dictaminó que mido un metro con sesenta y siete centímetros. “No puede ser, yo mido uno 1.69”, le respondí con el orgullo ultrajado, irguiendo el torso para ganar estatura, pero la enfermera repitió su sentencia irrevocable. 

Reconocí con pesar mi derrota, pues hubiera sido ridículo pararme de puntas. He perdido ya dos centímetros, una misteriosa coincidencia, pues acabo de cumplir 67 años: la cábala conspira en mi contra.  Por fortuna, el médico no me detectó ningún problema de salud, pero salí de la clínica dolido por la revelación de mi encogimiento. A un grandulón de 1.80 quizá no le importe perder algunos centímetros, pero a un chaparro como yo, hasta una pérdida milimétrica le cala hondo. “Ni modo, güey, ya te achicaste”, pensé, “pero míralo por el lado bueno: eres un enano muy saludable”. No hay mejor terapia que el autoescarnio, pero esta vez no surtió efecto, porque al encender el radio del coche me dio la puntilla el eslogan de una aseguradora: “La edad es grandeza y nosotros la cuidamos”. A veces la cursilería puede ser más hiriente que una burla directa. Nada más cruel para un ruco encogido que invocar su crecimiento espiritual para darle coba.

Desde entonces presto particular atención a la publicidad de funerarias, panteones o productos farmacéuticos para gente de la tercera edad. Por supuesto, abundan las loas a la vejez, que los publicistas consideran la etapa más feliz de la existencia, o incluso llaman “gran privilegio”. Su adulación rastrera sería tolerable si no dejara traslucir un dejo de lástima.  El viejo tratado de esa manera se siente como el indio a quien la gente con buenos modales llama “indito”. La policía del lenguaje decretó hace mucho tiempo que los viejos no existimos: somos adultos mayores, gente de la tercera edad, o incluso adultos en plenitud. Si no es una deshonra para nadie ser viejo, indio o negro, ¿por qué tanto empeño en dorarnos la píldora? ¿Llamarnos por nuestro nombre sería un insulto?  En cambio, los mexicanos llamamos “viejas” a las esposas o novias, incluso cuando son jóvenes, una disparidad que debería picarle la cresta a las feministas. Ni el propio Benito Juárez escapó a ese hábito  lingüístico: en sus cartas llamaba “querida vieja” a Margarita Maza, 18 años más joven que él.

La idea que uno tiene de sí mismo depende en gran medida de su interacción con el prójimo. Todos los seres humanos deseamos ser tratados con naturalidad: de lo contrario sentimos que los demás perciben en nosotros una tara física o mental. Se nos inculca desde niños el respeto a los viejos, pero en su afán por tratarnos con algodones, la sociedad contribuye a estigmatizar el colofón de la vida. La mayoría juvenil o adulta compadece a los viejos porque sobrestima su propia edad. Si la obsesión por recuperar la juventud fuera el principal tormento de la vejez, como nos ha hecho creer la leyenda de Fausto, ese trato comedido y piadoso quizá tendría justificación. Pero la experiencia es un tesoro igual o más valioso que la juventud. Tal vez por eso muchos viejos rechazaríamos el brebaje de Mefistófeles: volver a una época de confusión y zozobra, donde no teníamos claro lo que buscábamos en la vida, no es una oferta muy tentadora. Al observar, por ejemplo, la moda del reguetón, el apasionado idilio de los jóvenes con el teléfono celular, su apego puritano a los preceptos más regresivos de la corrección política, más de un abuelo consternado se pregunta: ¿quién debería compadecer a quién? 

No es un mérito haber llegado a viejo y la proliferación de vejetes imbéciles basta para poner en duda la pretendida grandeza de nuestra edad. De hecho, los ancianos con poder quizá sean un grave peligro para el género humano, como lo indica la demencia senil de Donald Trump. Yo aprobaría, por ejemplo, una ley que prohibiera postularse a la Presidencia a cualquier persona mayor de 65 años, la edad de jubilación en la mayoría de las empresas. La gerontocracia puede causar graves estragos, en especial cuando un anciano fáustico toma las riendas del mundo, ejerciendo el poder como adolescente. Para evitar ese autoengaño hay que asumir con estoicismo los estragos de la vejez, sin dejarse vencer por la adversidad. Yo lo hice a mi manera con resultados óptimos: en vez de llorar los dos centímetros que perdí, ya me compré unos zapatos de plataforma y ahora mido 1.70.


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Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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