Cultura

Novelas con levadura

Mauricio Ledesma
Mauricio Ledesma

La novela es un género incompatible con la condensación del significado a la que aspiran los poetas y los cuentistas, pues hacen falta ciertos preámbulos para introducir al lector en un mundo ficticio poblado por almas desconocidas, con las que no podemos intimar de golpe. La inmersión paulatina en una personalidad compleja ha dado maravillas como Crimen y castigo, Ana Karenina, En busca de tiempo perdido o Conversación en la catedral, que nunca nos parecen prolijas a pesar de su extensión. Las luchas interiores que todos hemos librado en momentos de crisis no siguen un curso lineal: a menudo zigzaguean o retroceden, y resumirlas en pocas páginas quizá les restaría fidelidad psicológica. Nadie puede recrear la atmósfera existencial donde se gesta el carácter de un personaje sin acumular detalles. La tarea de un lector con espíritu crítico sería discernir si esos detalles enriquecen el texto o simplemente lo abultan. Jorge Luis Borges y Octavio Paz, dos orfebres del lenguaje que defendieron a capa y espada el arte de decir mucho con pocas palabras, desdeñaban las novelas voluminosas por su nula o escasa depuración. Quizá pecaron de intransigentes, pero ningún narrador debería ignorar el valor de la economía verbal, so pena de caer en los excesos de verborrea que percibo por doquier en la novela contemporánea.  

Entre la novela vanguardista y la convencional hay un común denominador: la producción de hojarasca. La engañifa del bestseller consiste en empaquetar como novela lo que en realidad es un libreto cinematográfico con escasas acotaciones y largas escenas dialogadas. Sus ancestros, los folletones decimonónicos, eran deliberadamente farragosos porque los diarios donde se publicaban por entregas los pagaban a tanto la línea. Para cobrar más con el mínimo esfuerzo, los escribidores de antaño hilvanaban prolijas charlas monosilábicas. Surgió así una técnica narrativa que más tarde se trasladó a los guiones de radio, cine y televisión, cuyas fórmulas reciclan ahora los libretistas disfrazados de literatos. 

Si la literatura industrial, como la bautizó Saint-Beuve, alarga innecesariamente narraciones que pudieron haber sido cuentos, la novela ambiciosa no se queda atrás en materia de verbosidad gratuita. Acabo de leer Melancolía, una novela del Premio Nobel noruego Jon Fosse,

cuya primera parte narra la angustiosa juventud del pintor Lars Hertervig, un artista esquizoide que a temprana edad fue recluido en un manicomio. A juzgar por sus pinturas exhibidas en internet, Hetervig poseía un gran talento. Fosse supone, sin embargo, que su mente fue un amasijo de repeticiones tediosas. Un ejemplo entre mil: “Camino por la calle. Camino

entre mis dos maletas. No sé adónde ir, pero camino por la calle. Y es que oí la voz de mi amada Helene, ella me pidió que acudiera a su lado. Y acudiré al lado de mi amada Helene. Y no sé adónde ir, supongo que tendré que seguir caminando. Tendré que ir a algún lugar, porque uno siempre está en algún lugar. Camino por la calle. Voy hacia ti”. Doscientas páginas de reiteraciones insoportables cuyo único objetivo es adentrarnos en una mente condenada a girar en círculos. Si Hertervig fue un pintor genial, pero su cabeza era un depósito de chatarra, ¿para qué mostrarnos de manera tan prolija la peor faceta de su carácter?  

Los explotadores del esnobismo perjudican tanto a la literatura como los cartabones de mercadotecnia. Los árbitros del gusto que otorgaron a Fosse el sello de prestigio literario más codiciado del mundo quizá predispongan a muchos lectores crédulos a juzgar favorablemente esta insulsa y machacona tomografía cerebral.

O sus criterios de apreciación son demasiado laxos, o han llegado a creer que el argumento de autoridad es una especie de varita mágica para ennoblecer baratijas. Quien se niegue a reconocer el valor de una obra tan aclamada será tachado de asno en ambientes culteranos, pero los incautos que respetan a pie juntillas los dictámenes de la autoridad literaria pueden imitar, en este y en muchos casos, a los cortesanos que vieron desfilar al rey desnudo, pero elogiaron la belleza de su manto para no ser tachados de idiotas. Al parecer, el sastre que vendió al rey un manto invisible tiene gran cantidad de imitadores, no solo en la academia sueca, sino en todos los cenáculos del planeta.   

En el mundo de las letras los extremos se tocan: la plaga de decir poco o nada con muchas palabras causa estragos en la cima del Parnaso y en el inframundo literario. Un autor condecorado en Estocolmo recicla los trucos más ramplones de la literatura barata, no para entretener, sino para aburrir. Desde una trinchera opuesta a la del folletón, Jon Fosse aplicó su misma receta: inflar con levadura la masa de un pastel que de otra manera no hubiera llegado a las 50 páginas.


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Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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