No tanto como de Frida, en cualquier balance superficial o pormenorizado da como resultado el triunfo de la Kahlo, pero la atención libresca hacia ese otro de los grandes personajes femeninos del siglo anterior, la italiana Tina Modotti, es cada vez más repetida.
Una mujer, fotógrafa, militante comunista, malograda actriz… que, como tantas otras, estuvo fuera del foco de atención que su personalidad demanda e, incluso, fue condicionada y hasta denigrada.
Protagonista de unos años definitorios y vanguardistas, los que desembocarían en la peor de las catástrofes planetarias, Modotti es ahora casi un ejemplo del papel de la mujer en la vida pública, superados sus señalamientos meramente íntimos, y donde habrá que anotar el título de varias obras, casi todas al alcance del interesado lector.
Cualquiera que se adentre en alguna de nuestras librerías (Ciudad de México) se encontrará con la Modotti (1896-1942).
Y desde diferentes miradas.
Sabremos así del intercambio epistolar entre Tina (“una leyenda”) y Edward Weston, entre 1921 y 1931, en un libro de Antonio Saborit titulado Una mujer sin país.
De la ambiciosa novela Tinísima, de Elena Poniatowska que, hacia principios de los 90, habrá de reconocer, regresó al personaje al interés de lectores y estudiosos.
O de novelas como la de Pino Cacucci y, más recientemente, la perteneciente a Claudia Marcucetti, Fuego que no muere, ambas muy bien documentadas históricamente, pero que desde su perfil de ficciones parecen separarse de la veracidad de los hechos.
De una novedad, también.
La del español Ángel de la Calle, Tina Modotti, una mujer del siglo XX, quien en una versión gráfica cuenta la vida de la italiana sin olvidar ninguno de los capítulos más conocidos. E incluso, en apéndice al mismo libro, confiesa reconocer la creencia que durante años tuvo acerca de diferentes episodios, como el asesinato del revolucionario cubano Julio Antonio Mella (1929), entonces pareja de la Modotti.
Investigaciones posteriores corroborarían (pruebas documentales hechas públicas) la responsabilidad del crimen, ordenado y organizado por el entonces dictador isleño, desechando los supuestos de que el hecho habría tenido orígenes pasionales.
En su versión gráfica, sin duda una posibilidad para lectores jóvenes seguramente hasta ahora desconocedores del personaje y su vida y, específicamente, su paso por México, De la Calle aborda las relaciones de amor y amistad que la Modotti tuvo y como estas se desplegaron siempre en el contexto de la lucha revolucionaria de aquellos (20, 30, 40) y de los ambientes artísticos y culturales.
Cuenta De la Calle el enigma de la renuncia de la italiana a seguir practicando la fotografía, aun con los antecedentes de haber publicado buenos registros en la prensa militante de entonces.
Igualmente deja la pregunta abierta al porqué del alejamiento entre la Modotti y Edward Weston, destacado fotógrafo estadounidense de la época.
Por supuesto que nos lleva también a la relación de Tina con el célebre Vittorio Vidali, quien tiene tras de sí una de las vidas más enigmáticas del siglo XX, siempre ligada al dominio de la entonces Unión Soviética en los movimientos comunistas de países como México, España, Italia, Alemania y Estados Unidos.
La misma Modotti realizaría tareas de militancia y viviría en estos sitios, al tiempo que España se debatía en una guerra civil, el avance del fascismo y los prolegómenos de la gran conflagración mundial.
Tina Modotti volvería a nuestro país (luego de su hostigamiento y persecución a causa de la muerte de Mella) y aquí moriría.
Tema que también ha sido catalogado de “inexplicable”, puesto que en apariencia no tenía ningún padecimiento físico, antes de su muerte, en los primeros días de enero de 1942.
Tina Modotti, una mujer del siglo XX incluye con acierto una reproducción de las fotografías tomadas en México por la italiana, así como las que de ella hiciera Weston y recupera el texto “Sobre la fotografía”, publicado en 1929 en Mexican Folkways.
Escribe Tina Modotti:
“…no es indispensable saber si la fotografía es un arte o no. Lo que cuenta es distinguir entre buena y mala fotografía. Buena es aquella que acepta los límites de la técnica fotográfica y aprovecha las posibilidades y características que el medio ofrece. Mala es aquella fotografía realizada con complejo de inferioridad, no reconociendo el valor específico del medio y recurriendo a todo tipo de imitaciones (…). La fotografía, porque sólo puede ser realizada sobre el presente, y sobre lo que existe objetivamente delante de la cámara, se afirma como el medio más incisivo para registrar la vida real en cada una de sus manifestaciones. De ahí su valor documental”.