Una novela que habla de la novela.
Bien podríamos resumir así la propuesta (genuinamente novelística) que nos obsequia el narrador mexicano Antonio Malpica (Ciudad de México, 1967) en La maldita novela. Sí, el mismo a quienes los lectores ubicarán mejor, muchos títulos en el recuerdo, en los terrenos de las literaturas infantil y juvenil.
Muchos sustantivos novela, ¿no?
En apenas estas pocas líneas.
Sí, cierto.
Pero sucede que La maldita novela es, como bien reconoce el mismo Malpica, uno de sus libros más íntimos y personales.
Sitio donde queda de manifiesto, al tiempo que recrea una entretenida y accidentada trama con la inclusión de personajes nítidamente perfilados, la postura autoral frente al hecho literario.
Su literatura.
En el nuevo libro de Malpica (algunas novelas se leen; otras te avasallan) un narrador omnisciente cuenta “la historia” de cierta novela a la fecha inédita; es decir, un manuscrito rescatado de un viejo concurso literario pero que, por sus características de excelsitud, puede considerarse como “la novela”.
El inédito, Jardín de plenilunios y firmado por X, en posesión de un viejo y afamado escritor, será legado a un importante crítico literario (PS) con la encomienda de encontrar a su desaparecido autor y su consiguiente publicación.
En estos espacios y tiempos la narración irá incorporando tanto a personajes y prácticas de los ambientes literarios de un país como el nuestro (no distante de otras realidades) y las utilidades que puede tener la literatura en las sociedades contemporáneas.
Algo de thriller tiene también La maldita novela (el crítico nombrado incursiona en la gran ciudad en busca de un desconocido y, una vez que lo encuentra, lo relaciona con sus cotidianidades más personales y de ahí al mundillo de la literatura mexicana; eso sí, siempre nombrando a los protagonistas con despersonalizadas iniciales), pero también de culto y tributo a las letras y los libros.
En la apertura de cada capítulo (en total veintiocho) la narración se apoya y adereza con muchas claves de la vida de grandes escritores de diferentes tradiciones.
Un Borges derrotado en un concurso literario.
La mala recepción de la primera edición de Pedro Páramo.
Las tres semanas que ocupó Jack Kerouac para escribir En el camino.
Los innumerables rechazos a la primera novela de Paul Auster.
La traición a Kafka al no respetar su decisión de destruir el conjunto de su obra, una vez muerto.
La pobreza y la ignorancia en la que vivió Lovecraft, posteriormente reverenciado como escritor de terror.
Las repetidas versiones previas de Bajo el volcán, de Malcom Lowry.
Y más.
Así como un listado de escritores y escritoras suicidas: Emilio Salgari, Sylvia Plath, Stefan Zweig, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Virginia Woolf, Jaime Torres Bodet, Ernest Hemingway, Yukio Mishima, Manuel Acuña, Sándor Marai, Reinaldo Arenas, Cesare Pavese, David Foster Wallace, Marina Tsvetáyeva, Anne Sexton, Thomas Bernhard, Bohumil Hrabal…
“Ningún libro está de más”, leemos casi al final de La maldita novela.
Circulando por el mundo desde los tiempos de Gutenberg, artificios que la humanidad se inventó para el usufructo propio, uno a uno se acumulan en la vida de todos.
Sin importar el número ni el canon, la lengua o el siglo, puesto que nuestra biblioteca personal, esa a la que volvemos una y otra vez y que agrandamos después de nuevos convencimientos, habrá de constar justamente de los títulos que nos convierten, verdaderamente, en lectores y lectoras.
Casi un final:
Una sonrisa ilumina el vasto espacio dedicado a los libros y sus autores, léase una feria del libro.
“Acaso fuera la única lectora químicamente pura de ese lugar y, por ende, la única capaz de lograr tal proeza”.
…acaso eso fuera lo único que hacía falta en ese mundo tan complejo para devolverle el sentido, la brújula, el rumbo: lectores.
No juicios. No likes. No críticas. No reseñas. No estrellas. Lectores”.