En su casa, donde vive con la familia, Silvia Santez, bailarina, escort y actriz porno, narra sus inicios, a los 18 años, y algunas peripecias, como aquella en la que un cliente intentó ahorcarla; otro, alcoholizado, la mordisqueó con la desesperación de un famélico; aun así, no tiene miedo de seguir en este oficio, ahora también desde las redes sociales, pues en la secundaria supo que era el camino indicado.
—¿Te has enamorado?
Lo piensa y sonríe.
—Creía que sí, pero solo sentía cariño; el amor, como tal, todavía me falta conocerlo —dice y desanda el tiempo.
—¿Ningún enamoramiento?
—En la secundaria era muy noviera, pero nunca me enamoré; de hecho, me tocaron dos novios que se emborrachaban y venían a llorar a la casa. Entonces me di cuenta que no quería tener sexo gratis y dije: “De aquí soy”.
Todo empezó cuando leyó entre los anuncios de un diario que solicitaban “masajista de amplio criterio”, y no pensó mucho para saber lo que significaba, por lo que fue a “la casita”, en la colonia Doctores, donde a bocajarro le preguntaron:
—¿Sabes a qué se refiere este trabajo?
Ella dijo que sí.
—¿Eres mayor de edad?
También asintió.
—A ver tu credencial.
—Aquí está.
Una joven inquirió:
—¿Quieres pasar conmigo y ver de qué se trata?
—No, yo soy una experta en esto.
Y no es que fuera experta, pero su carácter y disposición la llevaron a estar con nueve clientes ese mismo día —“guau”— y empezó a ver dinero; luego, ahí mismo, fue “acompañante de caballeros”.
—¿Y después?
—Las mismas chicas de ahí me dijeron —dice, siempre sonriente— que “la casita” estaba como muy feíta para mí, que mejor me fuera a otro lugar más padre, y me dieron una ubicación en Polanco. Tengo la sospecha de que me enviaron allá porque les quitaba la chamba, ¿verdad?
***
“En Polanco, obviamente, el nivel de las chicas era más alto; yo, en ese entonces, de 19 años, me veía niña, cero producida físicamente”, dice Silvia Santez. “Me acuerdo que estaba en el horario de nueve a seis de la tarde. Había muchas chicas colombianas, venezolanas, nada que ver con la primera casita, donde había gente más grande, y en ésta había chicas de otro nivel. La ventaja es que no se me quitaba esa carita.
—Y ahí hacías lo mismo.
—Sí, solo que aquí el servicio era más caro y la gente de mejor nivel; o sea, entraban puros ejecutivos y eso estaba padre porque conocías gente de mayor educación; en el otro eran así, no sé… el que leía el periódico de paso y por una mínima cantidad.
—¿Cuánto era la diferencia de precio?
—Estaba como en 200 pesos la media hora; en Polanco, en 900 o mil pesos la hora. Y hasta que llegué a Polanco los clientes me decían: te pago más por fuera, un poquito más de tiempo; y me invitaban que a comer, que esto que el otro, y pues hasta la fecha tengo clientes desde hace nueve años.
—¿De ahí brincas al porno?
—No, después de eso me cansé porque era negocio, negocio, negocio; entonces decía: “No, esto ya no es normal”. Y una amiga me dijo: “Bueno, pues ya que te dedicas a esto, por qué no te vas a bailar”, y encontré un trabajo en un téibol de la Zona Rosa, el Tahití, donde había una modalidad de showers dance: tenían unas regaderas y el cliente se desnudaba. Ya te imaginas. Estuve tres años.
—Y de ahí.
—Cuando regresé a bailar el único que encontré fue aquí, en San Ángel, El Calígula, que ahorita tampoco existe, porque igual los acusaron de alguna cuestión de trata; ahí estuve bailando dos años.
***
Dos malas experiencias han marcado a Silvia. La primera fue en un table dance donde la mordió un cliente borracho; la segunda, en un hotel, cuando otro estuvo a punto de ahorcarla con un cinturón durante el acto sexual.
—¿Qué sucedió?
—Dejé de trabajar un tiempo en los téibol porque los borrachos a veces son impertinentes, y uno de ellos me mordió horrible; se le hizo fácil, no sé, me vio cara de carne y me mordió el hombro. Dije: no quiero trabajar en un ambiente donde tanta gente esté tomada.
—¿Y la otra?
—Siempre pongo un cronómetro, y como a los 15 minutos, antes de que acabe la relación, les dices que ya va a terminar el tiempo; entonces sonó la alarmita, pero de repente, de la nada, me pasa un cinturón por el cuello y me empieza como a ahorcar y yo así, desesperada, y puf me soltó. Le reclamé. Esa es de las peores.
—¿Y de la mejor?
—Bueno, tengo un clientecito que le encantan los tríos y él contrata a otro chico para que podamos estar a gusto; alguna vez contrató a un alemán muy guapo, y de entrada dije: buen gusto, mucho gusto por dejarme estar con este chavo; dije: me paga y todavía me trae a un chavo guapo; no, pues el chavo súper, pero le perdimos la pista; hasta la fecha, tengo este cliente y me deja escoger. Está padre, ¿no?
—¿Y cómo te da a escoger?
—Entramos a una página de chicos; los busco, le doy tres opciones y le digo: estos son los que me gustaron…
—Y la tercera… el porno.
—La inicié hace tres años. Comía con la familia cuando escuchamos que en una estación de radio hablaban sobre el tema y de hacer casting, y que en friega voy por una pluma y anoté el número y dije: a ver de qué se trata… Cabe mencionar que yo traía esa cosquilla y había mandado fotos, pero nunca había tenido respuesta. Entonces fui, me dan el casting y el okey.
—¿Y cuál de las tres actividades te gusta más o te va mejor?
—Pues, ay, no sé —lo piensa—, ¿qué me gusta más? Pues ser escort. Porque de cierta forma tengo más relación interpersonal con la gente. El porno también me gusta. Siempre me ha gustado mostrarme; se me hace padre ser la fantasía de la gente. El simple hecho de que estés en sus mentes, ¿no?, es padre.
—Es un privilegio.
—Pues sí, híjole, el alcance que tiene el porno. De repente me conecto y “oyes, te mandamos saludos de Guatemala”, “oyes, cuando vienes a Los Ángeles”, “saludos de España”. A mí me impresiona. A veces pienso que me quedo aquí en México, no sé, a lo mucho me conocen en la esquina, y cuando ya entro a las redes sociales me doy cuenta que esto impacta.
—Por cierto, tú viajas mucho.
—Sí, dentro de la República, hago shows de extremos y de sexo en vivo, dependiendo de los lugares, casi siempre para aniversarios. Es el trabajo perfecto. Siempre se ha dicho que cuando haces lo que te gusta, no es trabajo. Y creo en eso.
—¿Y qué dice tu familia?
—Simplemente me respetan.
—¿Cómo has visto el cierre de centros nocturnos y de este tipo de lugares? ¿Hay persecución? ¿Hay moralismo?
—Hay moralismo y debe regularizarse. No dudo de que haya trata en ciertos estados donde existe un nivel económico muy bajo. Aquí en la Ciudad de México, por el momento, no pienso ir a bailar a ningún lugar, aunque me muera de ganas, por el simple hecho de que ese día va a llegar un operativo y me va a llevar a la cárcel solamente por no declararme víctima.
—¿Te consideras totalmente independiente?
—Sí, completamente; no me anuncio en ninguna página, sino en mis redes sociales, ni tengo intermediarios; hago transmisiones por WhatsApp y cobro 250 pesos la suscripción por mes. En la cuestión de películas porno, actualmente estoy con SexMex porque manejan una plataforma internacional. Ellos tienen Exposexo.
Silvia, quien siempre sonríe, es feliz, pues no está atada ni rinde cuentas a nadie. Ella controla su propia brújula desde que era muy joven.