Y ante tus ojos estaba la historia y esos recuerdos de la diáspora japonesa en México, sus huellas en el territorio nacional y lo que hay detrás de cada familia, empezando por la región del Soconusco, en Chiapas, y ese mestizaje con mexicanos, incluida alguna etnia, como la zapoteca, con raíces que se extienden hasta Estados Unidos.
Todo eso lo supiste gracias a la artista Miho Ahino, una de las japonesas más mexicanas de este país, quien te había extendido una invitación para acudir a la exposición comunitaria Archivos del Afecto: memorias familiares de la migración japonesa a México, “que tendrá lugar en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo”.
Conociste a Miho en una tienda comunal de la colonia Roma, donde compartía espacio con artistas y modistas de otros países; entonces supiste que, como ella, hay extranjeros que hacen mucho por este país, y era el caso de la aludida, quien difunde la riqueza cultural de México.
Lo corroboraste por su apoyo a colectivos del Istmo de Tehuantepec, para difundir sus bailes, sus costumbres, sus trajes, a tal grado de conseguirles espacios en esta capital para presentar desfiles de moda regional.
Y con sus compatriotas no es la primera vez que difunde sus actividades sociales y culturales; además, es presidenta de una fundación que ayuda a niños mexicanos; aunque a veces ha tenido problemas personales, como su accidente en una bicicleta y el conflicto surgido en el condominio donde vive.
Pero eso es otro asunto.
No menos importante.
El caso es que llamó tu atención que hace poco te invitó a la presentación de un acto muy significativo.
“En esta ocasión, en diálogos con objetos que los migrantes japoneses trajeron consigo en su momento —decía la invitación—, participo como expositora con la obra Un país en las memorias, del arquitecto Taro Zorrilla y su servidora, Miho Hagino”.
Se trata de un proyecto que articula imagen y texto para reflexionar sobre la memoria, la identidad y las experiencias vinculadas a la migración, continuaba el texto.
“La propuesta se presenta en relación con un video, generando un espacio de encuentro entre distintas aproximaciones al archivo y la sensibilidad afectiva.
“La obra se compone de una serie de fotografías presentadas de manera anónima… A través de ellas, se propone una lectura íntima y, al mismo tiempo, colectiva de los recuerdos y sus resonancias en el presente”.
Entonces te envió el nombre de Dahil Melgar Tisoc, con quien te presentaste en la calle de Moneda, Centro Histórico, y ahí supiste que ella es investigadora y curadora del Museo Nacional de las Culturas del Mundo, a cargo de colecciones y Exposiciones de América Latina y Japón Contemporáneo.
Y comenzó una minuciosa explicación sobre el proyecto organizado por el museo y la Fundación de Japón en México, con la idea central de reunir objetos familiares de la comunidad japonesa en México —es decir, de mexicanos de origen japonés— y a través de ellos contar historias, no solamente en una dimensión histórica, sino también emocional y sentimental.
Y ahí estaba Dahil, con todo su bagaje de estudiosa, frente a las vitrinas que contienen objetos personales de familias descendientes de japoneses que migraron hace más de cien años. También fotografías, escritos y kimonos, etcétera.
—¿Qué tenemos aquí?— se le preguntó a la candidata a doctora en Ciencias Antropológicas por la UAM y maestra en Antropología Social.
—Tenemos un archipiélago muy grande de objetos que pueden ser desde fotografías familiares, documentos migratorios, juegos de té que cruzaron el Pacífico para celebrar una boda, objetos que atestiguan momentos cumbre muy difíciles que experimentó México, pero también la comunidad japonesa, como fue la Revolución mexicana y la Segunda Guerra Mundial con las políticas antijaponesas que México y 13 países de América Latina implementaron en el momento.
Este proyecto no solo tiene una dimensión histórica, sino emocional y sentimental de lo que todo esto representaban en términos de memoria familiar e identidad, agrega la antropóloga.
—¿Y qué más tienen?
—También tenemos muchos trabajos de artistas japoneses-mexicanos, de ascendencia japonesa y mexicanos, que nos permiten adentrarnos a través de sus experimentaciones visuales, artísticas de distintas técnicas…
—Hablamos de una diáspora— se le comenta—que llegó a México y se extendió por toda América.
—Estamos justo ante una diáspora porque de 1868, a inicios de la Segunda Guerra Mundial, más de un millón de japoneses salieron de Japón hacia algún otro destino, y de este gran volumen, el 60 por ciento llegó al Continente Americano, y México fue el primer país que recibió migrantes japoneses en 1897, en el Soconusco, Chiapas.
Y es una diáspora no solamente por la cantidad de destinos geográficos a los llegaron en ese periodo histórico, sino por las conexiones que se generaron a lo largo de estos territorios, pues las comunidades que llegaban a México tenían conexiones con las que estaban en Perú, Brasil o en Bolivia, donde son más extensas.
“También es una diáspora porque a lo largo de más de un siglo se ha mantenido una idea de pertenencia identitaria, una idea de comunicación sentimental y afectiva con Japón pero también con México, con una identidad mestiza, híbrida, sintética”, resume la maestra en Museología y Restauración”, resalta.
—Y llama la atención que hay un mestizaje muy interesante en algunos casos, ¿no?, como zapoteca-mexicano-japonés.
—Una de las cosas de esta exposición —responde la estudiosa— es que nos muestra lo diversa y compleja que es la comunidad japonesa en México, porque muchas veces tenemos estereotipos: nos imaginamos a los migrantes de una única manera, de una única mirada, y esta exposición nos muestra no solamente lo diversa que son las familias, los mestizajes que atravesaron con población indígena.
Y es tan diverso el mestizaje, que japoneses concibieron hijos con indígenas.
Un ejemplo son los hermanos Kevin y Kelsey Milian López. Ellos nacieron y viven en Estados Unidos. Están orgullosos de su linaje.
“Somos mexicanos japoneses, pero tenemos ascendencia, porque nuestro tatarabuelo vino en los años 1914 a México por migración”, ilustra la jovencita Kelsey Milian López.
—Escuché que también tienen sangre zapoteca— se le comenta a Kelsey, que nació en el vecino país del norte.
—Sí, por parte de nuestra mamá y nuestros otros abuelos, somos zapotecos, específicamente del Istmo de Tehuantepec. Nosotros también hablamos el lenguaje de los zapotecos.
—Entonces tú naciste en Estados Unidos, de padres mexicanos-japoneses-zapotecos…
—Bueno, nuestro padre es guatemalteco— aclara sonriente.
—¿Y qué sientes tener ese mestizaje tan rico?
—Para mí, específicamente, es mucho orgullo de tener tantas partes del mundo conectado, y algunas veces, tú sabes, cuando vamos a visitar nuestros países…
Y justo con esta exposición celebran el 125 aniversario de la comunidad japonesa en la región del Soconusco, Chiapas, con un festival que demostró cómo aquellos migrantes y su descendencia se integraron en una especie de carnaval mexicano-japonés.