Quién soy, de dónde vengo, para dónde voy, se preguntaba Patoloco cuando se topó con Meaculpa en el mercado, adonde compró hígados y corazones de pollo para su gata, que no está a dieta ni perdona el desayuno y desde temprano anda detrás de él con su atosigante míau-miau-miau, que en mal spanish mexicalpense quiere decir: Cómo tú ya tragaste, chínguense los demás.
—Tiempo atrás que no te veía, mi bro. ¿Cuándo te soltaron?—preguntó Meaculpa.
—Naaa, andaba por la frontera; pero en un descuido me pepenó la border patrol y aquí me tienes de nuevo, en la madre patria —dijo Patoloco.
—Pus wilcome, bro. El sábado colaremos el techo de don Seve, por si te interesa agregarte al equipo de boteros para subir la revoltura.
—Prefiero de palero y meterle con fe a batir la revoltura; para boteros, los chavos: a los rucos nos tiemblan las patas al subir el andamio y hasta te podemos comprometer.
—Va. Cuento contigo; empezamos a las cinco de la mañana para terminar antes del mediodía. Nos ahorramos la asoleada.
—Ya rugió, mi camaleón. Cuente conmigo.
—Ya sabe: cachelas y comida al terminar, más su raya o sueldo. Puntualito te espero, ¿eh?
Cuando llegó los paleros alistaban la primera revoltura: arena, grava, bultos de cemento y agua. El patrón supervisaba el adecuado apuntalamiento, con polines, de la cimbra:
—Más vale prevenir que lamentársela, maistro: se nos cae un cristiano y para qué queremos broncas. Amárrate bien esas agujetas: ¡las pisas y das el azotón!
—Va. No se apure, le metemos con fe y todo saldrá bien. Nomás no me descuide a la gente con las chelas bien frías y con medida…
—No se apure, serán bien atendidos; habrá frijolitos y arroz a granel. Chicharrón en salsa verde y molito con pollo deshebrado. Agua de limón y luego pulquito de Coatepec y los cartones de chela. Pero que no se le vaya a colgar la losa, maistro: pisonéele bien para que no haya cuarteduras y no olvide mañana venir a lechadear.
—No tenga pendiente. Todo saldrá bien, ya verá.
Y así fue. El patio se convirtió en un ir y venir de paleros y boteros; el maistro cuchareaba y su medio oficial apisonaba con un tablón para que la revoltura apretara bien. Doscientos metros de losa para el hogar del don, el patrón. Adiós a las láminas de cartón que los recientes aguaceros dejaron como cedazo.
El don no descuidó a los albañiles, circularon las chelas a granel y a la hora de echar taco las tortillas volaban y las mujeres no se daban abasto repartiendo los platos con comida a los ávidos hombres. Patoloco sudó todas sus crudas en el ir y venir de la revoltura al andamio y a la cimbra. Con el paliacate secaban el sudor antes que escociera en los ojos. El polvo del cemento oscureció los rostros. El batido de la mezcla se adueñó del ambiente, acalló las canciones de Cornelio Reyna y Ramón Ayala que el don puso en la grabadora.
En la comida Patoloco se desquitó, al igual que los demás. Todos movieron bigote con fe, acabaron con las cervezas el maistro agradeció, recibió la paga y repartió entre boteros y paleros, y se despidió “porque pa qué más que la verdá: tenemos chamba al rato, don.” Despertó a Patoloco, que dormitaba como los otros, en una silla, y se marchó con su ejército.
Emiliano Pérez Cruz*
* Escritor. cronista de Neza