Sociedad

No lo quiera el Santo Niño

“Cada sábado, como éste, la Gloria se abre y hay que estar preparado para ascender a ella”. Esto decía su marido a Tere, y ella sabía bien que todo debía rechinar de limpio y a ello se avocaba, arriando chamacos para que le ayudaran a cambiar cortinas, limpiar vidrios de puertas y ventanas, tallar pisos con escobeta y, además, bañarse y ponerse la ropa menos peor, porque el papá llegaría con visitas y con el abasto para la comida: enormes mojarras para freír, lechuga, rábanos y limones para la ensalada; sobre el fogón que en el patio armaba, la mamá atizaba la leña hasta que el arroz a la mexicana, con chícharos, zanahorias y trozos de carne de pollo, res y camarones, estaba en su punto.

—Muévanle con cuidado al arroz para que no se pegue, y preparen agua de limón para los chamacos; se apuran mientras me doy un baño y saliendo yo les toca a ustedes, que hasta costras de mugre tienen ya —ordenaba—. Y ay de ustedes: si no ayudan, no los dejo ir a la quema de los Judas en la pulquería de Arias.

Ay de aquellos chamacos que no movían las manitas y se declaraban listos antes del mediodía, porque a las doce en punto empezaba la tronadera de cohetes, como preludio a la quema de los judas.

Los chamacos se arremolinaban a la entrada de la pulcata, en espera de que el pulquero saliera con las figuras de cartón con cohetes arracimados en todo su ser. Delante iba su esposa, repartiendo a los chamacos obleas rellenas con cajeta y chinampinas para tronar durante la quema.

Arias se ponía espléndido y del barril pulquero de madera iba y venía con jarras rebosantes de neutle, que repartía a los mayores de edad:

— De a poquito, que es un líquido bendito —decía mientras llenaba la jícara de cada convidado—. Nomás háganse a la sombra, que el sol está cañón, no se me vayan a desmayar— indicaba entre risotadas que estremecían su descomunal “barriga de pulquero”…

Dentro de los judas Arias colocaba papelitos doblados, que podían contener un número, del uno al tres, que el feliz poseedor podía canjear por el número de litros de pulque anotado en el papel.

—A los chamacos no les damos caldo de oso, nomás a los papaces. Allá ellos si les convidan —advertía en su ir y venir—. Ándele, señito: usté que está criando tómese una jícara, viera que es bueno para producir leche el tlachicotón, y su retoño crecerá buenisano…

A la quema de los Judas concurría todo el vecindario y ahí se encontraban los padres de familia y entablaban pláticas acerca de la chamba, de lo caro que está todo, y de cómo hacerle para que tenga servicios la colonia, ya nos merecemos el agua potable, el drenaje, la electricidad…

Con el sol, la sed aumenta y el caldo de oso refresca el gaznate y quita la sed y anima la plática, mientras los chamacos celebran el arribo de los judas y esperan a que les prendan fuego para darse a la búsqueda de papelitos premiados, que entregan a sus padres para el canje por pulmón del bueno:

—A mí deme un curado de piña, ora que está de gratis. Ojalá cada sábado fuera de Gloria, pa’ chupar de oquis.

—No lo quiera el Santo Niño, ni la Virgen Soberana, pus la casa pierde, vecino, pus qué pasó. Nomás hoy, por ser festivo, si no de qué se mantiene uno, hombre…


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Emiliano Pérez Cruz
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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