Cultura

Ni tanto ni tan calvo

Si ya es doloroso no ser más guapos de lo que somos, todavía más duro es perder atractivos. Por ejemplo, pelo. Donde antes estaba uno a cubierto, de pronto la intemperie. Los lamentos de quienes se quedan sin cabello resuenan ya en el pasado más lejano. Ovidio escribió un poema donde la amada llora por su melena, abrasada al querer rizarla con unas tenacillas al rojo. Una peluca era la solución para penurias capilares. A las romanas les encantaba el pelo rubio de las germanas y el de color negro ébano importado desde la India. La naturaleza es benévola con las mujeres, medita Ovidio, porque les da medios para reparar estos daños; “nosotros en cambio nos vamos descubriendo sin remedio y caen nuestros cabellos arrancados por la edad como las hojas sacudidas por el viento”.

Los hombres tuvieron que discurrir sus propios trucos. Se cuenta que Julio César pidió permiso al Senado para llevar en su cabeza una corona de laurel y así disimular su calvicie. Marcial describe otra técnica de camuflaje: “Recoges tus escasos cabellos y cubres la extensa llanura de tu calva con los rizos de tus sienes. Pero impulsados por el viento, retroceden y vuelven a su sitio, rodeando tu cabeza desnuda con grandes mechones. No hay nada más paradójico que un calvo con melena”. Un filósofo y astrónomo llamado Sinesio se atrevió a defender hace más de mil quinientos años un cambio en los cánones de belleza, afirmando que los calvos son los hombres más sanos y guapos. Según él, una calva es como la superficie perfecta de un planeta vuelta hacia sus hermanos en el firmamento. Y que se peinen los feos.

LUIS M. MORALES
LUIS M. MORALES


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Irene Vallejo
  • Irene Vallejo
  • Irene Vallejo Moreu es filóloga y escritora española.​ Por su libro El infinito en un junco​ recibió el Premio Nacional de Ensayo 2020 y el Premio Aragón 2021.​ Publica su columna Los Atltas de Pandora.
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