¿Qué papel juega la belleza en el nacimiento del amor? ¿Es un requisito necesario o una cualidad sobrevalorada? ¿Quién ama la fealdad? Estas cuestiones laten, llevadas al extremo, en el argumento de clásicos populares como El fantasma de la ópera, El jorobado de Notre-Dame o King Kong. Mucho antes, encontramos estos mismos interrogantes planteados en el cuento “Riquete el del copete” de Perrault.
Érase una vez una reina que dio a luz a un niño muy feo, aunque divertido y listísimo. Para consolar a la afligida familia, su hada madrina regaló al pequeño Riquete el don de volver inteligente por arte de magia a quien quisiera. Años después nació en un país vecino una princesa bellísima pero tonta de remate. En la juventud los dos se conocen, comparten la tristeza por sus carencias inversas y se enamoran. Sin embargo, cuando Riquete usa el poder mágico del hada para volver lista a la chica boba, ella empieza a tener más éxito, su vanidad se infla y ya no encuentra atractivo a su novio feo. Riquete se queja amargamente de que la princesa lo quisiera más cuando era tonta. En esta fantasía traviesa, Perrault insinúa que enamorarse es cosa de idiotas y locos iluminados capaces de transformar la realidad con su mirada amante. Gente ilógica, disparatada y audaz, que descubre la belleza no donde otros creen, sino donde cada uno la crea.