En nuestro mundo globalizado, homogéneo y gregario, nos cautiva la figura del rebelde. Tenemos una larga lista de iconos subversivos: Robin Hood, Don Juan, Bonnie & Clyde, el Che, James Dean, Amy Winehouse, Lisbeth Salander. El padre de todos ellos es el titán Prometeo que, según la mitología griega, robó el fuego del Olimpo para entregarlo a los mortales, desafiando todas las prohibiciones y amenazas divinas. Zeus, el jefe de los dioses, lo encadenó a una roca donde todas las mañanas un águila le roía el hígado, que volvía a crecer durante la noche. Siglos más tarde, el nuevo Prometeo, el famoso doctor Frankenstein imaginado por Mary Shelley, desafiaría el mayor tabú: la frontera entre la vida y la muerte.
Románticos empedernidos, nuestra fascinación por los rebeldes desencadena hoy anomalías y contradicciones. Líderes que aspiran a ser al mismo tiempo sistema y antisistema, gobierno y revolución. Políticos díscolos que intentan internacionalizar el nacionalismo. Mensajes publicitarios que transforman la rebeldía en un cliché para vender mejor sus productos. Camisetas estampadas en serie con frases inconformistas y recetas de transgresión fácil. No nos dejemos engañar: la subversión no puede ejercerse desde el poder, ni convertirse en marca o mercancía. Desconfiemos de quienes pretenden que seamos rebeldes siguiendo sus instrucciones.