Sociedad

La bebes o la derramas

Madrugas y te diriges al centro de la Ciudad de México, previo ingreso al metro Pantitlán, terminal adonde diario arriban un bonche y dos montones de ciudadanos, todos con prisa, la mayoría provenientes del oriente metropolitano, la mayoría de escasos recursos y dispuestos a no perderlos por llegar tarde y que te caigan descuentos salariales debido a los retrasos acumulados; madrugar parece un sinsentido, pero no hacerlo sería peor: ingresarías sin escalas a las filas del desempleo depauperante o de perdis al subempleo del “llévelo, llévelo: como oferta, como promoción, como propaganda, llévelo-llévelo, bara-bara”, y te expondrías al levantón de tu mercancía ejecutado por golpeadores delegacionales.

Tu plan: adquirir un bonche de películas en discos pirata y revenderlos en el tianguis, que cada jueves se establece en las inmediaciones de tu barrio.

Tu plan: desayunar unos tacos de guisado en la salida del metro Chabela la Católica: de rechupete, con su imprescindible base de arroz a la mexicana y encima un chile relleno o cerdo en mole verde o res en pipián o lo que guste del variado surtido en esa taquería callejera expenden. Ya te relames los bigotes. Solo es necesario ingresar a la estación y a empujones que incrementan el apetito, abordar el vagón.

¡Duro, duro! Hay que empujar duro, meter el hombro, con la cadera empujar al vecino, buscar un rinconcito donde estrujen menos y aguantar como machito de ley el ingreso de más y más metronautas en cada estación.

Cuidado con testerearle las pompas a la señito que en Balbuena logró abrirse paso e ingresar: ya propinó sonora bofetada a su vecino de viaje, “ve y restriégate con la más vieja de tu casa, cerdo maniático, porque aquí topaste con pared, abusivo”.

—¡Ya cásense, ya cásense!— clama el respetable, y las risas refrescan el caliginoso ambiente del vagón, que se empeña en ser horno para diluir lonjas.

Un coro de adolescentes con uniforme de secundaria corea:

—¡Métele fierro, chofer, aunque nos des en la mother; métele fierro, chofer, aunque nos des en la mother!

El vendedor de muéganos y palanquetas, que logró burlar la vigilancia, porta sobre su cabeza el canasto con la mercancía y vocea:

—¡Palanquetas mathambre, lleve su palanqueta: a cinco varitos una o tres por diez, a tres por diez su palanqueta!

Alguien tiró de la palanca de emergencia y activó la chicharra; habrá que esperar a que aparezca el personal de seguridad y la vuelva a su sitio.

El calor humedece visiblemente frente y nuca de los metronautas; un bebé inicia el llanto. “Sóplale en la nuquita pa’ que se refresque, dale agüita pa’ que no se te deshidrate, m’hija”, aconseja la doña multiarrugas que aconsejó restregarse filialmente.

Los vigilantes buscan dónde se activó la alarma. En temporada de calor, más calor que, sin embargo, no calienta los ánimos de los metronautas, acostumbrados a peores situaciones en su ruda existencia en la “ciudá de la trasformeicion”, donde “o la bebes o la derramas”, según frase que popularizó el Ferras, horroroso convicto que horrorizó a la horrorosa sociedá.

Ya avanzamos. Y tu mente vuelve a los tacos de guisado: dos de chicharrón en salsa verde y uno de arroz con huevo duro, señito...


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Emiliano Pérez Cruz
  • Emiliano Pérez Cruz
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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