¡Que te asomes a la cisterna, a ver si aunque sea escurre tantita agua! —ordena la mamá de Elba y ahí va la chamaca, a la carrera porque de lo contrario se le arma la gorda, y para qué quieres que la atmósfera del día se torne densa, densa:
—No cae nada y la cisterna está más seca que mis piernas, ma — informa la chiquilla y su voz hace eco en el depósito del agua, vacío en su totalidad.
—Pues asómate a la calle, a ver si viene la pipa, porque no tenemos ni gota para hacer gárgaras. Ora te bañas de ovalito, a ver si no te regresan de la escuela por apestosa.
—Ay mamá, cómo eres: como si de veras estuviera chorreando cochambre, no exageres…
—Pues cada quien se aguanta su pestilencia, aunque el de al lado nomás tuerza las narizotas. Mueve las manitas, porque se te hace tarde para la escuela: ¡qué esperas, m’hijita, que no te mueves!
—Oh, ya voy; ya voy, ma. Calma, calma…
—Muévete ya o te doy tu calma para que aceleres. Tú dirás…
Elba hace un gesto de fastidio y se retira antes que la mamá pase de la palabra a los hechos. Asoma a la calle y ni sombra de la pipa. Y ya es media mañana, el tiempo se evapora y el quehacer no disminuye:
—No viene la pipa, mamá. Y ya no tengo uniforme limpio para la escuela, qué me voy a poner mañana…
—Tú sabrás, ya estás grandecita y no te responsabilizas. Allá tú si te regresan, la desgreñada que te daré…
—Ay, tú luego-luego a la violencia, ma. Tranquis, tranquis.
—Ora verás cómo te doy tu tranquis… Tranquiza la que te estás ganando, por no apurarte.
Afuera, el sol tuesta las hojas de los árboles. Un perro se guarece pegado al tronco de un eucalipto. El repartidor de garrafones con agua, desguanguilado, pedalea sin prisa el triciclo y vocea monótono:
—L’agua… L’agua… L’agua…
—Ay, con qué desgano pregona ese muchacho; nomás contagia su flojera y con la calor, peor güeva da —comenta la mamá desde la cocina.
Elba echa a andar la lavadora y entra a la cocina:
—Dime en qué te ayudo, mamá. Ya puse a lavar el uniforme.
—¿Y preguntas “en qué te ayudo”, como si no se viera el tiradero en la casa? Ya ni la burla perdonas. Muévete, que se nos acaba el día y nosotras con este mugrero. Ya huele a comida: la vecina ya guisó y tú ni tu cama hiciste. Y tu padre no tarda en llegar. A ver si ya retomas la escuela o te metes a trabajar, porque aquí las dos nomás nos hacemos bolas. Y para eso solita me basto, ¿oíste o te haces taruga?
—Sí escuché, pero si hablo te encanijas, ma.
Mejor me encargo de la lavadora y tú de lo tuyo, porque te veo con ganas de pelear. Oí que viene el carro del gas, ¿lo necesitas?
—Aunque lo necesite, con qué dinero, ¿o tú vas a pagar?
Cuando su madre está de mal genio, más vale emprender la retirada antes que la situación escale a color de hormiga.
De repente la lavadora traquetea. Nomás eso falta, que se descomponga el cacharro:
—¿Y ora qué le hiciste a ese vejestorio, que truena tan feo? Mejor no agarres mis cosas, porque se descomponen y ni quién se acomida a repararlas. ¡Apágala, que se va a destartalar!
—Ya la apagué, ma, tranquila. Ya me voy, regreso tarde-noche, cuando ya no estés tan ocupada ni de mal genio. Ai me saludas a mi papá. ¿Me prestas veinte pesos? Es que no traigo suelto pa’l camión.