Sociedad

No se desbalague

Muy de madrugada, la clientela ocupa las bancas del puesto y degusta atole champurrado, que sirve también para bajar un tamal verde y otro rojo hasta la bodega de los alimentos, para que el cuerpo aprenda distinguir una sabrosura de otra.

El puesto de tamales es de los pocos abiertos en el mercadito a esa hora tan tempranera. Sábados y domingos disputa clientela a la birria y la barbacoa. La mañana es fresca y el cuerpo agradece el atole de chocolate, que también lleva hasta la panza una pieza de salsa verde, otra de mole rojo y como postre, un tamal  de dulce, color rosa y con uva pasa incorporada.

Algunos clientes piden el tamal dentro de una telera o un bolillo. El conjunto tiene nombre propio: guajolota, como se denomina también en la fauna hogareña a la hembra del pavo o guajolote. ¿Por qué? Misterio sin resolver…

Pero de que tiene demanda la guajolota, la tiene. Quizá por su portabilidad: el cliente solicita su torta para llevar, la recibe envuelta en papel de estraza y si tiene la suerte de encontrar asiento en el transporte público, la saboreará cómodamente arrellanado, cuidando que su vaso de unicel con atole no se derrame. Carbohidratos ingeridos, desayuno cumplido para aguantar hasta la hora de la comida.

Quienes consumen su torta en el puesto de los tamales, aprovechan para chismorrear con el vecino de al lado y ponerse al tanto de lo que en la colonia ocurre mientras la gente vuelve del trabajo.

Al concluir su consumo, las doñas pagan y se dirigen al puesto de verduras, a la pollería o a la carnicería y también a la tortillería:

—De una vez, porque cada vez el tiempo rinde menos y al rato llegan bien hambrientos de la escuela los escuincles. Muy exigentes, pero nomás les pide una los cuadernos para revisar y ahí van con la cola entre las patas, porque nomás halla usted puros taches en las tareas, como si a perder el tiempo y no a clases los mandara una.

—Y aún así: con taches y malas calificaciones durante todo el año escolar, ¡los chamacos aprueban! Y los maestros diciendo que tienen prohibido reprobar chamacos. Ande, éntrele a su torta que se le va a enfriar igual que su atole. Y nos vamos al mandado, porque al rato llega el marido queriendo comer y se pone como fiera, si no hay nada listo.

—A ver: quién le manda a tener marido. El mío ya descansa en paz y qué bueno, porque desde temprano ya estaba la muele y muele con que: “¿A qué hora estará la comidita, a qué hora estará la comidita?” Como si sólo para eso viviera una, como si las camas se tendieran solas, como si el quehacer no le gritara a una: “Ya límpiame”. 

— Pero quería usted hombre en casa, un padre para sus hijos y ahora nomás se la pasa retobando. Míreme: sin perro que me ladre, sin prisas ni miedo a que me encuentre el marido en la calle. Pero vámonos yendo por el mandado o nos agarra la tarde. ¿Me acompaña a la verdulería? Luego la encamino a su casa, para que no se desbalague y luego se queje de los regaños de su viejo.

—Vamos, que ya los chamacos entraron a clase y nosotras todavía aquí. Deje, yo pago y pa’ la otra a usted le toca invitar los tamales, nomás no se desaparezca…

—Ay, no: cómo cree. Póngale fecha y aquí almorzamos la próxima vez, ¿va?


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Emiliano Pérez Cruz
  • Emiliano Pérez Cruz
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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