Sociedad

Y nomás no ordena

El antojo se le vino encima y no tuvo más que encaminar sus pasos hasta la esquina donde doña Ceci se instala todas las mañanas con la olla de atole de masa y el bote con tamales de salsa verde, mole rojo y también de dulce, color rosita con pasas.

Se sorprendió al ver que doña Ceci levantaba el mantel, libre ya de mercancía.

—¿Y ora qué pasó, Ceci? No me diga que ya no le queda nada para mi desayuno…

—Ni para remedio, m’hijito — respondió doña Ceci, mientras sacudía las moronas y restos de migajón. —Ya que estás ahí, sacude la ceniza del anafre. Terminé temprano la venta, Dios bendito. ¿Quieres el chorrito de atole que me  queda?

El fresco matutino hace que las mejillas enrojezcan. Doña Ceci aprendió el oficio de su madre. Comenzó cerniendo la harina. Despuecito ya supo de las porciones adecuadas y el tiempo debido para que aquellas delicias queden en su punto.

—Y ni dejes que manos ajenas intervengan, porque los tamales se zurran y nomás te van a quedar echados a perder, ai te lo haiga…

Doña Ceci llegó a la colonia a petición de su hijo:

—Ya mi papá descansa en paz y tú qué vas a hacer sola, aquí en el rancho. Allá en México te damos un cuarto para ti solita y ya sabes: donde comen cuatro, comen cinco; los nietos te quieren mucho y así estaremos al tanto de ti.

Con su nuera, doña Ceci la lleva bien y los nietos la consienten. La vivienda que ocupan en la vecindad es pequeña y muy temprano ya está muy acomodada; por las tardes se pone a bordar y su nuera atiende que los chamacos cumplan con las tareas escolares.

—Pero no se crea, Velia: no me sé quedar quieta. En el rancho nunca faltaba quehacer. Y aquí como que el tiempo se me iba deoquis. Así que junté un dinerito y me hice del anafre y del bote tamalero. Todavía queda una carbonería en la colonia y la verdá que no tiene mucha ciencia batir la masa y embarrar las hojas del maíz. Medio echando a perder aprendí y mire, saco para irla pasando en vez de estar de ociosa.

En cuanto el día clarea, Ceci pone su mesita sobre la banqueta y la cubre con el mantel floreado. Encima coloca la olla de peltre reluciente con el café y al lado el bote lechero con un galón atole de fresa.

—La de buenas que siempre puse atención a cómo mi madrecita, que Dios tenga en su santa gloria, hacía las cosas. Muy atenta a las porciones de los ingredientes, a la cantidad de agua y al debido tiempo en la lumbre. Haga de cuenta como los albañiles: tantos de cal por los que van de arena. Y no hay pierde, viera que es muy parecido en cuanto a las porciones…

A las seis de la mañana está lista para atender a la clientela que, presurosa, pasa rumbo a la parada del camión. Y para no llegar a la chamba con la barriga vacía: un atole champurrado o un arroz con leche y la torta de tamal. Con eso y hasta la hora de la comida, el pueblo bueno está listo pa’ sacar la chamba…

—Y no me encajo con el precio: con treinta pesitos ya llenó el tanque con puritita energía y sabrosura. A los verdes les pongo su trocito de carne de cerdo y a los de mole una alita de pollo. “Le quedan retesabrosos”, dice la clientela, mire: pruebe usted, que nomás veo que se le hace agua la boca y nomás no ordena, no sé por qué, si son muy económicos”.


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Emiliano Pérez Cruz
  • Emiliano Pérez Cruz
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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