A raíz del derrame de petróleo que contaminó el Golfo de México, y de la incapacidad del gobierno para informar oportuna y verazmente sobre quién era el responsable de la fuga (hicieron falta 70 días), es válido preguntarse si Pemex es hoy más un peligro que un aliado en la tarea de garantizar la seguridad nacional.
La pregunta surge a partir —exclusivamente— de lo que ha dicho el propio gobierno sin buscar contradicciones en sus dichos ni poner en duda la versión que dieron los funcionarios, la semana pasada, en una conferencia de prensa de la Comisión Interinstitucional creada por la Presidenta para dilucidar quién era el responsable del derrame (que se tenga que organizar una comisión especial para eso es ya en sí mismo revelador).
Ese día, el director de Pemex aceptó que, efectivamente, todo se había originado por una fuga en un oleoducto de la paraestatal en la zona de Cantarell; que él no había sido informado por las áreas operativas de la empresa y que fue hasta que los científicos le comunicaron a la Presidenta sus conclusiones que él solicitó las bitácoras de los barcos y las imágenes satelitales (encontrando resistencias internas para obtenerlas). Es decir, un mes después de que no se hablara de otra cosa en los medios, descubrió que la contaminación —que para entonces ya abarcaba de Tabasco a Tamaulipas— era su responsabilidad.
A partir del 3 de abril, cuando le dicen que Pemex es el responsable de una fuga que ocurrió el 6 de febrero, descubre, además, no sólo el origen de la contaminación, sino que las áreas operativas de la empresa que “encabeza” habían desplegado todo un operativo de reparación, contención y remediación que involucró a más de ocho barcos y de los que él y los altos mandos de la empresa, según sus dichos, no habrían sabido nada.
La pregunta, desde luego, es quién manda en Pemex, porque a juzgar por este caso, es evidente que los mandos medios y operativos de la empresa no le responden ni al director ni a la Secretaría de Energía ni a la Presidenta de la República ni al país. Para que este ocultamiento fuera posible, para que la Presidenta tuviera que movilizar a los científicos para conocer la verdad, es porque internamente hubo complicidades y colusión de intereses de múltiples áreas y de incontables personas. Por qué lo hicieron es aún materia de múltiples especulaciones y explicaciones no oficiales. Si la fuga se dio por falta de mantenimiento, o por lo vetusta de la infraestructura, no habría habido necesidad de ocultarlo; si sí ocurrió como consecuencia de una operación de robo de combustible con complicidades internas. Quizá algún día lo sabremos.
Por lo pronto, ya supimos quién fue el responsable del derrame, y qué bueno que se hizo público, pero a la luz de esa explicación, resulta incomprensible que el director Víctor Rodríguez Padilla siga en su puesto; él debió renunciar o ser removido. Y es que no sólo pasó semanas engañado (según sus propios dichos), sino que, en ese tiempo, estuvo dando explicaciones falsas sobre el origen de la contaminación (la versión del barco privado), y malinformando a la Presidenta, a la que expuso, como ocurrió, a dar información inexacta en las mañaneras a quienes la interrogaban sobre este tema, llegando incluso a molestarse por las “falsas versiones” que circulaban, y que resultaron ciertas, lastimando así su credibilidad.
En cualquier caso, es urgente que el gobierno recupere el control de Pemex.