Cultura

Sobre duelo y empatía

Hace unos días se produjo la muerte por accidente de un joven amigo a quien conocía de toda la vida, al igual que al resto de su familia, también muy queridos amigos. A la usanza tradicional, el velorio se realizó en el hogar familiar, donde a pesar del duelo y la enorme tristeza que embargaba a la familia y a todos los asistentes, no solamente en todo momento exhibieron una gran entereza y resignación ante lo ya inevitable, sino también hospitalidad. Enunciada incluso en algún momento de manera explícita, la intención era que el adiós estuviera enmarcado por un carácter entrañable e incluso festivo, como habría querido su difunto hijo, y las conversaciones se centraban en recordar los momentos más alegres, chuscos, extremos de la vida compartida. Y en lo que a mi parecer representó un gesto casi de estoica aceptación, junto con el féretro fue enterrado el casco que portaba al momento del accidente, sumamente maltrecho, como si fuera una aceptación trágica del carácter inevitable del destino específico que de golpe se había presentado para alterar de manera definitiva la historia familiar.

A los pocos días leí una entrevista con un actor famoso donde justo hablaba del duelo, muy en sintonía con la actual tendencia de las élites culturales a exhibir incesantemente el dolor y el trauma, (auto)paródicamente representada por aquellas selfies que se toman mientras se llora por alguna pérdida.

El actor teorizaba sobre el duelo como la lengua franca de la época, postulando que el dolor y su vivencia es aquello que principalmente nos define, y se lamentaba por no haber podido ser empático en un duelo ajeno ocurrido hacía tiempo, en una especie de duelo por no haber podido acompañar correctamente un antiguo duelo.

Me resultó imposible no advertir las enormes diferencias entre ambas posturas, casi como si la segunda fuera más bien una teorización sobre el dolor, fuertemente orientada hacia la conciencia de cómo se manifiesta públicamente dicho dolor, y la primera una expresión que incluso en su carácter compartido es algo más bien personal e íntimo, y en ese sentido mucho más auténtico. Que me parece es también el contraste entre la actual concepción de empatía que es mostrada sobre todo en las redes sociales, mucho más orientada a demostrar que se es una persona empática y a quien le duele el mundo, y la empatía de carne y hueso, o aquella que se expresa de maneras tangibles con gestos de verdadera solidaridad entre personas concretas, que más a menudo pasan inadvertidas más que para quienes forman parte del intercambio simbólico que conforma el vínculo fundamental de la empatía. Que es muy distinto del acto público donde el vínculo se da principalmente entre la persona que lo expresa consigo misma, utilizando como mediadores a quienes lo atestiguan, le dan like y aplauden la exhibición pública del dolor, destinada más que otra cosa a satisfacer el propio ego de la persona doliente.

Se produce así una brecha inmensa entre la empatía virtual y la basada en concepciones de mayor raigambre, como la que fundamenta la concepción tradicional de la muerte en nuestro país, que más que regodearse públicamente en el dolor que ocasiona una pérdida tan cercana, encuentra incluso ahí motivos para seguir adelante. En lugar de buscar anclarse en la teorización de la pérdida considerada como algo valioso en sí mismo, como si a la manera de la virtud puritana, fuera una especie de distintivo personal precisamente de la propia virtud.


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Eduardo Rabasa
  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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