No siempre la quietud es bienvenida. Si me preguntan, creo que la llamada Semana Mayor debe ese apelativo a la insufrible longitud de sus días, aunque ello es asimismo gran consuelo para quienes, reacios a la reflexión y el recogimiento a que invitan los curas por estas fechas, hallamos gran consuelo en releer algún libro querido. Volver a una novela de la que alguna vez gozaste sin medida es como hallar asilo en cierta vieja casa donde fuiste feliz, cuyos rincones son tan familiares que regresar a ellos te permite creer, así sea fugazmente, que el tiempo no ha pasado y aún eres quien por entonces eras.
Como tantos lectores afanosos de las novelas de Javier Marías, devoré en su momento las mil seiscientas páginas de Tu rostro mañana, publicada en tres partes entre el 2002 y el 2007, acechado por la enojosa sensación de no entender del todo numerosos detalles. Dado que entre uno y otro volumen habían transcurrido dos y hasta tres años, cual si en lugar de una fueran tres novelas, el olvido traidor me hacía travesuras. Cuando al fin leí las tres partes de corrido —hará ya unos diez años— fue como regresar a una ciudad súbitamente vívida y espectacular donde estuve contento, aunque perdido.
Novela de misterio, de espionaje, y antes que todo eso de introspección profunda e hipnótica, Tu rostro mañana introdujo a un personaje turbio, seductor a su modo, desaprensivo y eventualmente cruel llamado Bertram Tupra. Uno de esos sujetos sinuosos y recónditos, claramente capaces de cualquier cosa, que parecen inmunes al remordimiento e incapaces de ser amigos de quien sea. Para gran regocijo de sus lectores, Tupra reaparece en las últimas dos novelas de Marías: Berta Isla y Tomás Nevinson, y cabe figurarse que habría aparecido nuevamente, acaso en el papel estelar, de no haber ocurrido en 2022 la muerte intempestiva del autor.
A falta, pues, de una novela que ya nunca leeré y se titularía acaso Bertram Tupra, he vuelto una vez más a Tu rostro mañana y no logro evitar la rara sensación de simpatía y rechazo que el personaje inspira, con esa mezcla de frialdad, cinismo y don de gentes que suele distinguir a los villanos duros e inexpugnables, para quienes la ley y la moral no son asuntos a considerar. Curiosamente el tiempo me confirma que, a pesar de la mala entraña que le mueve, vivo aún fascinado por ese hijo de puta de Bertram Tupra, y hasta en cierto sentido lo miro como amigo. Uno de esos compinches de los que no se espera la menor generosidad, ni siquiera una breve atención, y aún así se goza de su compañía.
“Hasta lo más descabellado e inverosímil tiene su tiempo para ser creído”, observa el enigmático Tupra, decidido a vivir en consonancia con lo que llama “el estilo del mundo”. La verdad es que avanzo por el libro con una deleitosa familiaridad y no puedo evitar las risotadas a que Tupra me empuja cada que abre la boca. Vamos, que lo conozco, sé que es un miserable y no me decepciona, porque al cabo no es él, sino el sistema al que sirve con la fidelidad de una herramienta, el origen de tantas infamias subrepticias que la gente común jamás conocerá.
Como gerifalte del MI6 inglés, el trabajo de Bertram Tupra —habilidoso arribista de procedencia ignota— es a un tiempo institucional y clandestino. Se hace llamar, según la situación, “Reresby”, “Ure” o “Dundas”, corteja por igual rufianes y diplomáticos, trabaja para el bando de los “buenos” y es absolutamente indigno de confianza. Al final, el talento del narrador hace imposible profesarle a Tupra nada más simpatía o antipatía: en tal ambigüedad está su encanto. El primer día releí 250 páginas y desde entonces me siento en mi casa. Tristemente perdí a Javier Marías, pero el malvado Tupra se ha quedado aquí.