Cultura

La mentira incompetente

Para ser farsante hace falta tener buena memoria. Shutterstock
Para ser farsante hacefalta tener buena memoria. Shutterstock


¿Qué nos cuesta mentir? Parecería que nada, al momento de hacerlo. Te sacas de la manga una ocurrencia que no sólo es gratuita, sino encima te ahorra explicaciones que se anuncian incómodas y puede que costosas. Ahora bien, como todo, las mentiras operan según su calidad, y buena parte de ellas son chatarra vil. No fueron pergeñadas para hacerse creer, sino apenitas por salir del paso. Cual si en lugar de dar alguna explicación quisieran decir “no me estés molestando” o “¿a ti eso qué te importa?”. Más que engañarnos, buscan menospreciarnos. Hacernos a un ladito. Regatearnos cualquier autoridad.

Las mentiras de baja calidad son como sobras de comida putrefacta, que maltratan y ofenden a quienes las reciben. Vamos, indignarían a un perfecto idiota. Es decir que no sólo son inútiles para justificar lo injustificable, sino que van dejando un sedimento de animadversión que el embustero, en su torpe soberbia o alegre inconsecuencia, desecha por sistema. “¿Yo cuándo te he mentido?”, se pasmará, y hasta soltará alguna carcajada para anular la mera posibilidad. Si algo caracteriza a ciertos mentirosos es el énfasis con el que repiten, incluso cuando nadie ha preguntado, que jamás faltarían a la verdad.

Se decía, en otros tiempos, que para ser farsante hacía falta tener buena memoria, pero la realidad es que a quien suele valerse de mentiras idiotas —acuñadas al vuelo, sin el menor sustento ni lógica siquiera— le tiene sin cuidado cuán legítimas suenen sus palabras. Si alguien le recordara algún engaño absurdo, recurrirá al cinismo y la desmemoria. “¿Qué te pasa? ¿Cuándo dije yo eso?”, se extrañará, con pésimo histrionismo, y mudará enseguida de conversación, como quien huye de una necedad y se lanza al rescate de la ligereza. “¿Sigues con eso?”, rezongará después, si acaso insistes, para que no haya duda de que el problema está dentro de tu cabeza.

“¿Qué gano con mentirte?”, solía defenderse un primo mío, falsario patológico, con una sonrisilla teóricamente franca y conciliadora. “¡Llevo toda la vida preguntándomelo!”, le respondí una vez, sólo por el gustazo de encuerarlo delante de los presentes e invitarles a darse codazos alusivos. Nada hay en este mundo, sin embargo, como la cara dura del fariseo, cuyo acervo de infundios es vasto e infinito. Soltará entonces uno, cinco, veinticinco, los que encuentre precisos para salir del hoyo en el momento, sin preocuparse por trivialidades como la lógica y la verosimilitud. ¿Quién tiene tiempo e hígado para seguir la pista a tantas invenciones delirantes, impertinentes y consecutivas?

Mentir, en cualquier caso, exige cierta dosis de convicción, así sea superficial y pasajera, y eso tiene su precio. No es posible engañar a los demás sin engañarte un poco… además de creer que te han creído. Una temeridad para quien se ha hecho fama de hocicón y en consecuencia habrá de vivir embaucado por quienes día a día se empeña —si bien jamás se esmera— en embaucar. Contra lo que quisieran los irreflexivos, el arte de mentir es arduo y laborioso, pues amén de imponer una certeza hechiza ha de dinamitar la verdad subyacente y limpiar hasta la última huella de su paso. Hace falta asimismo sembrar unas cuantas patrañas complementarias y empotrar las verdades necesarias para que la armazón resista los embates de la inteligencia. Un trabajo muy fino para la gente burda.

Las mentiras carentes de estructura —sordas, incompetentes, zafias, intempestivas, baratas— no tienen más destino que el derrumbe, pero antes de eso libran una carrera contra el tiempo que sus autores creen poder ganar. De ahí que el mentiroso compulsivo dispare falsedades a manera de ráfagas, como quien echa leños sobre la carretera para atascar la ruta de sus perseguidores. Pero si ya es abyecto mentir de esa manera, más lo sería creer lo que consta que es falso. He ahí el candor fatal de tantos mentirosos: se han creído que no sabemos quiénes son.


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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