Cultura

¿Olvidó su contraseña?

Don Adams interpretó al agente secreto Maxwell Smart en 1960. AP
Don Adams interpretó al agente secreto Maxwell Smart en 1960. AP

Vengo de una época en la cual uno memorizaba demasiados teléfonos y rara vez alguna contraseña. No he olvidado el sigilo medieval con el que mi papá resguardaba, en la parte trasera del cajón del buró, la combinación de la caja fuerte. Fuera de ese detalle, pienso en las contraseñas de mi infancia e inevitablemente viene a mi memoria la voz gangosa del Superagente 86.

Escribí mis primeras contraseñas presa de algún prurito cándido y cauteloso que me empujó a tratar de memorizarlas. Tendía a confundirlas, desde entonces —finales del siglo pasado— mas no por ello me animaba a anotarlas en cualquier papel o guardarlas en un archivo electrónico. ¿Cómo, pues, si eran cosa ultrasecreta?

Para ser claves de seguridad, las mías se pasaban de inocentes. El apellido materno de mi madre, mi fecha de nacimiento, el nombre de mi perro, entre tantas torpezas que los hackers descifran sin abrir los ojos. Hasta que me cayó cierta novia celosa y bipolar que empezó por meterse en mi buzón y terminó insultando a mis seguidoras desde mi propia cuenta de Twitter. ¿Cómo explicar el sentimiento de fragilidad que acompaña al secuestro de tus contraseñas? Es como si un intruso se te colara al fondo del cerebro y apretara botones a placer.

Invierto, desde entonces, un esmero especial en pergeñar contraseñas difíciles, más para mí sencillas de evocar. Teóricamente, claro. Conservo en la cabeza números telefónicos que dejé de marcar en la niñez y asimismo recuerdo información chatarra como fechas, direcciones y placas de coches. Me digo entonces que un pirata informático jamás sabría asociar el 563-01-24 de mi amiguito Marcelino con el 674-ASC que adornaba las placas del Dodge Dart de mi madre. Y eso no es nada, porque tengo aún presentes decenas de teléfonos, pormenores y cifras para otros abstractas que puedo barajar con arbitrariedad, hasta que acabo totalmente hecho bolas y presa de la angustia del lapsus password.

“¿Ya estoy dando el viejazo…?”, suele uno especular cada que se le va una contraseña que hasta hace poco se sabía al dedillo. Momento de buscar aquella aplicación providencial que atesora el total de las claves usadas en la computadora, tanto que con frecuencia guarda varias distintas para la misma cosa, seguramente empleadas y modificadas a lo largo de un titipuchal de años. La mía, por lo pronto, registra al día de hoy un gran total de 359 contraseñas, la mayoría de ellas inservibles. Por mucho menos que eso, James Bond habría ido a dar a un hospital psiquiátrico.

Más de un navegador incluye la función de inventar contraseñas insondables que serían el azote de Julian Assange, pero lo cierto es que no les tengo confianza, y puede que en el fondo conserve la ilusión de algún día aprenderme todas mis contraseñas, pese a las evidencias en sentido contrario. Nunca, que yo recuerde, tuvo mi madre que aprenderse alguna, y ahora que no me aprendo ni mi propio número celular, traigo el coco repleto de contraseñas que no termino de diferenciar.

Es un mundo kafkiano el de las contraseñas. En el siglo XXI no hace falta que un hombre despierte convertido en cucaracha para que el universo le vuelva la espalda; basta con que no encuentre sus contraseñas. O cuando menos ese es el desamparo que toma por asalto a quien pierde las claves que le conectan con el resto del mundo. Como si se mirase las yemas de los dedos y no encontrara huellas dactilares, luego tampoco rostro en el espejo, ni siquiera su nombre en una credencial.

Los aparatos, las tarjetas bancarias, los trámites legales: nada funciona sin la contraseña, y todavía te piden que las cambies con alguna frecuencia. Una de las razones por las que no llevo una lista de contraseñas en alguna libreta de papel es el seguro embrollo en que terminaría tan constructiva idea, no bien hubiera menos dígitos que tachones. ¿Dónde la guardaría, para colmo, si en la casa no tengo caja fuerte? 


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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