Cultura

El país de los maleantes

Nunca he sido uno de ellos, pero es a causa de ellos que hoy, como mexicano, he de cargar la fama de maleante. Con mucha suerte, acaso, me verán como víctima de las circunstancias, pero no sé qué es peor: el espanto o la lástima. Provengo, en todo caso, de un país donde ni quienes hacen las leyes —y ellos menos que nadie— las respetan. Podría matar, robar, torturar, secuestrar o prostituir a quien se me antojara, que de todas maneras mis probabilidades de ir a dar a la cárcel no pasarían del cinco por ciento. Desconfío, además, de esas autoridades “responsables” que se pasan la vida lavándose las manos con escasa destreza y soberbia infinita, acaso porque tienen cola que les pisen.

​Son malos tiempos para el orgullo nacional: un recurso retórico que suena hueco en estas circunstancias, amén de acomplejado, oportunista, hipócrita y tramposo. No falta quien se rasgue las vestiduras porque en el extranjero se nos falta al respeto, cuando éste en México nos es negado a toda hora y en cualquier lugar, ya sea porque estamos habituados a vivir en las garras del hampa o porque la política y la administración pública se muestran asimismo sojuzgadas, infiltradas, reclutadas, seducidas o amedrentadas por ella. ¿Será casualidad que sus representantes más conspicuos se dediquen a sembrar odio y mentiras, en vez de dar la cara por sus múltiples yerros?

​Se le llama “república bananera” a un Estado que nadie toma en serio, partiendo de sus mismos portavoces. Gente que cada día se contradice sin tantita vergüenza, aun sabiendo que existen grabaciones donde dijeron justo lo que aseguran que jamás dirían, con el descaro propio de quien sabe que tiene la sartén por el mango y no habrá de pagar la menor consecuencia. Ciertamente, esto es mucho saber, pero así es la ilusión del engreído que se mira parado en un ladrillo y da trato de enanos a quienes le rodean. Menudean hoy los fatuos acojonados que se muerden las uñas porque sienten la lumbre en los aparejos y no atinan más que a victimizarse en nombre del orgullo patriotero, la certeza facciosa o la falsa altivez de los acorralados.

​Poca cosa es llamar narcopolíticos a quienes se han vendido a los criminales, que amén de traficar con enervantes echan a andar masacres, secuestros, robos, chantajes y todos los abusos concebibles. Un funcionario público que se asocia con esa clase de gentuza no nada más merece ser tratado como asesino, secuestrador, bandido, verdugo y envenenador, sino de hecho como enemigo público. Que estos sujetos tengan aún el tupé de invocar el respeto a la nación para librarse de ser perseguidos, y para colmo haya otros funcionarios prestos a respaldarles envueltos en la enseña tricolor, dice mucho del grado de descomposición al que han llegado nuestras instituciones. ¿Quién iría a respetar, de cualquier modo, a quienes se empecinan en negar lo evidente?

​El problema de ser hazmerreír del mundo es que suele uno ser el último en saberlo… o en aceptarlo. Si, como dicen, los ojos del planeta están puestos en México, no es porque se aproxime el Mundial de futbol, sino porque es por todos conocido que en estas tierras son legión los políticos integrados al hampa, tanto así que es difícil trazar una frontera entre crimen organizado y función pública. ¿Cuántos de esos bribones intocables deben fama y fortuna, además de su puesto, a la complicidad con la plaga mayor de este país?

​¿Son soberanos ellos o nosotros? Si algo parece claro, en tal sentido, es que los intereses de los facinerosos con fuero y canonjías —mexicanos de mierda, a todas luces— son por fuerza contrarios a los del resto de sus compatriotas. Muy lejos de caber en sus consignas torpes e impostadas, esperamos con ansia la inminente caída del teatrito. Tal parece que va a ponerse bueno.


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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