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Por qué deberías mantener una mente abierta sobre lo divino

  • Cómo construir una vida
  • Por qué deberías mantener una mente abierta sobre lo divino
  • Arthur C. Brooks

Crecí en Seattle en la década de 1970, mucho antes de que se convirtiera en la metrópolis tecnológica y hipster de la actualidad. En ese entonces, la única atracción que realmente enorgullecía a nuestra ciudad en aquellos tiempos era la Space Needle, una torre de observación de 184 metros de altura con un restaurante giratorio en la cima, construida para la Feria Mundial de 1962. La torre recibió su nombre del tema de la feria: “Vivir en la era espacial”.

Uno de los visitantes más destacados de la Feria Mundial fue el cosmonauta ruso Gherman Titov, el segundo hombre en orbitar la Tierra. Cuando un periodista le preguntó sobre su experiencia en el espacio, su respuesta ocupó los titulares. “A veces la gente dice que Dios está allá afuera”, dijo Titov. “Estuve mirando a mi alrededor con atención todo el día, pero no encontré a nadie. No vi ni ángeles ni a Dios”.

Por supuesto, esta era una forma de que Titov promoviera la postura atea oficial de su gobierno dentro de Estados Unidos: un pequeño golpe a la Unión Soviética, su adversario de la Guerra Fría, de profundas convicciones religiosas. Pero encajaba con un punto de vista muy común, tanto en Oriente como en Occidente, entonces y ahora: si no observas algo y no puedes encontrarlo físicamente, entonces es razonable suponer que no existe. Si insistes en su existencia porque lo sientes, crees en ello o tienes fe, eres ingenuo o eres un necio.

Independientemente de tu postura sobre la religión, la filosofía de Titov es una postura absurda. De hecho, la vida es incompleta y carece de sentido sin creer en la realidad de lo invisible.

Puede parecer poco científico creer en lo invisible, pero la verdad es todo lo contrario: gran parte de la comprensión que tienen los científicos actuales del mundo se basa en un nivel puramente teórico. Tomemos como ejemplo la física moderna: durante décadas, los físicos de partículas han estudiado los componentes básicos de la materia: los átomos que forman las moléculas; los protones y neutrones dentro de los átomos; los quarks que forman los protones y neutrones. Los quarks son tan pequeños que no se pueden observar a ninguna escala visual; se entienden como entidades puntuales de dimensión cero. Sin embargo, ningún físico cree que los quarks no existan, porque la evidencia teórica y empírica indirecta de su existencia es abrumadora.

Aunque algunos componentes del mundo material son demasiado pequeños para ser vistos, la existencia de tales facetas de la realidad más allá de la percepción humana goza de una creencia generalizada e indiscutible. El cálculo multivariable, por ejemplo, es una herramienta matemática básica que se aprende comúnmente en la escuela y que puede resolver problemas de la vida real, como la optimización de los horarios de, digamos, cinco personas a la vez. Sin embargo, cuando el cálculo implica más de tres variables, opera en una dimensionalidad que no puede representarse gráficamente de forma convencional. Esto también tiene sentido desde el punto de vista científico, ya que los neurocientíficos han demostrado que podemos pensar en dimensiones superiores a las que podemos percibir. Esto, en sí mismo, constituye la creencia en una realidad invisible, incluso imperceptible.

Más allá de los campos abstractos de las matemáticas y la física, las ciencias naturales (como la zoología y la biología) ofrecen pruebas similares. Sabemos con certeza que otras especies poseen sentidos adicionales a los cinco que tienen los humanos. Los tiburones tienen órganos sensoriales especializados llamados ampollas de Lorenzini, que les proporcionan electrorrecepción, la capacidad de detectar campos eléctricos generados por la actividad muscular y neuronal de otros organismos vivos. Los escarabajos joya poseen órganos infrarrojos que registran la radiación emitida por el fuego. Muchas serpientes tienen un sentido similar a la visión infrarroja, que les permite percibir una imagen térmica de sus posibles presas.

Los humanos carecemos de estos sentidos, pero asumir que no existen sería absurdo, incluso peligroso. De igual modo, no tenemos motivos para creer que el mundo de la ciencia haya agotado los ámbitos de la realidad material que escapan a nuestra percepción sensorial. Por el contrario, la suposición más lógica y racional que podemos hacer es que estamos rodeados de fuerzas y entidades de las que somos completamente inconscientes y que aún no hemos descubierto.

Todo este conocimiento científico habría sido descartado en el pasado como ficción descabellada, superstición primitiva, posiblemente incluso una señal de posesión demoníaca. Este hecho debería infundirnos cierta humildad respecto a ideas que escapan a la comprensión científica actual y que conciernen a cosas que no podemos ver, pero que otros perciben como reales y de las que afirman tener evidencia indirecta.

Tomemos, por ejemplo, esta definición de fe en la existencia de Dios, extraída de la Biblia: “la certeza de lo que se espera y la convicción sobre las cosas que no se pueden ver”. Esta creencia no solamente la comparten las personas sin formación académica, sino también muchos de los eruditos y pensadores más estimados de la historia. En su Metafísica, Aristóteles defendió la existencia de Dios como el “primer motor” invisible, la causa previa, necesariamente incausada, de todas las demás cosas. Más de 1,400 años después de Aristóteles, el científico y filósofo musulmán medieval Ibn Rushd (conocido en Occidente como Averroes) defendió al filósofo griego y refutó el argumento, común entonces y ahora, de que la presencia visible del mal prueba la inexistencia de Dios. “Lo que ocurre en contra de la providencia se debe a la necesidad de la materia”, argumentó, “no a las deficiencias del creador”.

Esto no puede puede simplemente descartarse como pensamiento premoderno. En una encuesta de 2009, el Centro de Investigación Pew encontró que, entre los científicos pertenecientes a la prestigiosa American Association for the Advancement of Science (Asociación Estadunidense para el Avance de la Ciencia), poco más de la mitad (51 por ciento) creía en “alguna forma de deidad o poder superior”. Desafiando la tendencia general de que los jóvenes adultos son menos religiosos que sus mayores, los científicos menores de 35 años, que han crecido en medio de los últimos avances, fueron los más religiosos de la encuesta: el 66 por ciento eran creyentes, en comparación con el 46 por ciento de los científicos de 65 años o más.

Algunos académicos modernos han ido tan lejos como para incluso intentar fusionar la ciencia de lo invisible con el ámbito de lo sobrenatural. Robert J. Marks, profesor de ingeniería eléctrica e informática en la Universidad de Baylor, sugiere que Dios (el Dios cristiano, en este caso) existe en dimensiones superiores a las que podemos ver, lo que lo hace real en nuestras vidas, pero completamente invisible para nuestros sentidos físicos. Una propuesta alternativa, planteada por tres investigadores de ciencias cognitivas de Harvard, es que Dios solamente es perceptible a través de la intuición humana: un sexto sentido, en efecto.

No podemos esperar zanjar jamás el debate sobre la existencia de Dios. Así como debemos seguir cuestionando teorías, hipótesis y suposiciones en todos los campos de la ciencia, también debemos interrogar las creencias religiosas y filosóficas. Sin embargo, del mismo modo, debemos ser escépticos respecto a nuestras incredulidades basadas en lo que no podemos percibir directamente. Descartar algo por su invisibilidad es un error. En vez de eso, la integridad intelectual debería abrirnos a la evidencia indirecta que proviene de más allá del ámbito de la observación ordinaria.

De hecho, aprendí este punto de vista de alguien que vivía a solamente unos kilómetros del Space Needle: mi padre. Brillante matemático y estadístico, además de cristiano practicante de toda la vida, aunque con una visión crítica, reflexionó durante años sobre las complejas cuestiones del mal y el azar. Para mí, representaba a alguien cuya apertura intelectual también implicaba una actividad religiosa en forma de oración diaria, contemplación, servicio y culto. Falleció hace muchos años, así que no puedo confirmarlo, pero recuerdo vagamente que opinó sobre el argumento de Titov de que no se puede encontrar a Dios en el espacio. “Es como decir que Picasso no existe porque no se le puede encontrar dentro de sus cuadros”. Amén.

Braulio Montes
Braulio Montes


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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