En su más reciente novela traducida al español, Los cuchillos largos, Irvine Welsh da vida nuevamente al detective de Edimburgo Ray Lennox, quien en esta ocasión debe resolver una serie de crímenes cometidos contra políticos conservadores con pasado de abusos sexuales, a quienes como escarmiento se les secuestra y se les mutilan los genitales. En la charla que sostuve con él en la Feria Internacional del Libro de Coyoacán, expuso ante un auditorio abarrotado ideas relativas a la concepción y escritura de la novela, y de su práctica literaria en general.
Existe en la novela un rasgo hasta cierto punto atípico para su género, y es que el detective Lennox experimenta antipatía personal por las víctimas, precisamente por su historial de abusos, y en un sentido abstracto se sitúa más del lado de los perpetradores, a quienes no obstante debe intentar atrapar. Al respecto, Welsh comentó que en efecto el detective Lennox experimenta un dilema moral, aunque de todos modos no se permite vacilar en cuanto a lo que le corresponde como parte del cumplimiento de su deber. Welsh expuso que dado que en la propia novela se conoce que Lennox fue abusado cuando niño, de alguna forma su labor concentra una dosis de venganza abstracta, así como de utilizar al Estado y sus aparatos para poner en práctica esta venganza en contra de quienes cometen este tipo de crímenes. Así que en este caso se mezcla su posición original, y adicionalmente, puntualizó Welsh, como suele suceder con las víctimas de abuso, su miedo secreto a convertirse él mismo en un abusador. Por lo que al tiempo que trata de resolver los crímenes que continúan acumulándose en Los cuchillos largos, en realidad lo que está también tratando de resolverse es a sí mismo.
Y existe otro ángulo de gran interés tanto en la novela como en la charla, relacionado con el sistema político y la élite en el poder, con las consecuencias legales que de ahí se desprenden. Pues según lo que expone Welsh, existe una suerte de sistema legal de dos niveles, uno para los ricos y otro para todos los demás, ya que habitualmente es gracias al dinero que se puede comprar justicia, o el silencio de las víctimas, y con ello en la práctica asegurar la impunidad como práctica. En ocasiones se castiga a lo que considera un “cordero sacrificial”, como en la actualidad en Inglaterra con el ex príncipe Andrew, para salvaguardar la fachada de legalidad. De ahí que en su novela la trama vaya revelando un sentido de justicia por parte de los criminales, que implican al lector en el mismo dilema moral del detective Lennox: “Es la terrible enfermedad de nuestra era: humanos remodelados como encarnaciones burdas y reduccionistas de la estupefacción neoliberal y tecnológica. Luego están los otros, los que nacen con privilegios pero intentan legitimarse esgrimiendo el absurdo argumento de haberse hecho a sí mismos”.
Y durante la conversación Welsh mencionó algo en extremo agudo: que en un sentido abstracto incluso estas élites son víctimas, pues es su alma lo que les es robado y pierden toda capacidad de empatía con el otro, entregadas al masaje del ego a la que los somete el propio sistema. Da la impresión de que en Los cuchillos largos Irvine Welsh nos inserta en una trama en apariencia policiaca, en la cual en el fondo el crimen que hay que resolver es cómo es posible que exista e impere un sistema como aquel en el que se mueven sus personajes, y la sociedad como un todo, donde el detective Lennox funciona como trasunto de una justicia y ética que solo en los márgenes del mainstream encuentra su razón y justificación de ser.