Recién pude ver Sirat, sin duda una de las películas más sonadas del año, que por descuido no alcancé a ver en el cine, y tras haberla visto lo lamento doblemente, pues por lo inmersivo de la película debe ser una experiencia en extremo potente verla en la pantalla grande. La película del director Óliver Laxe ha sido muy comentada y generado reacciones sumamente encontradas, ganó el Premio del Jurado en Cannes y estuvo nominada a los Oscar. La historia sigue a un padre de nombre Luis, quien junto con su hijo pequeño, Esteban, llegan a un rave en algún lugar del Sahara Occidental en busca de Mar, la desaparecida hija de Luis que podría encontrarse en esas fiestas, y terminan uniéndose a una pequeña caravana de ravers que, en medio de un tumulto político/militar, continúan buscando una nueva fiesta, un poco como si fueran 365 Days Party People. Aunque se ha escrito repetidamente que la trama parecería carecer de una estructura convencional o incluso de sentido, en mi opinión es más bien que la estructura es la del viaje o la errancia, tanto real como espiritual, y quizá más bien este punto de vista refleja la prevalencia de tramas y estructuras diseñadas para complacer al algoritmo, por lo que aquella que se aleja del formato privilegiado por el mismo es tachada de incoherente o falta de sentido.
Pues además lo que tiene de particular el trayecto de los ravers, y después el de padre e hijo, es que el objetivo es un tanto difuso, pues incluso el ángulo de la búsqueda de la hija resulta incierto (parece que es mayor de edad y se marchó voluntariamente), por lo que a diferencia de las historias de viaje épicas, aquí el viaje y su particular dureza, enmarcada por los espectaculares paisajes desérticos y un sol que parece nunca dejar de quemar, parecerían ser un callejón sin salida que jamás tuvo salida ni prometió a nadie tenerla.
De manera que cuando comienza a llegar el terror y la desgracia, resulta un poco inevitable la sensación de que los protagonistas se han adentrado en un infierno por elección propia, o al menos por inconsciencia, un poco como si alguien decidiera involucrarse en un mundo como el de Mad Max. O como si los chicos de Trainspotting, cuyas desgracias parecen también completamente merecidas a causa de su nihilismo hedonista, siguieran buscando la fiesta 20 o 30 años después, añadiendo la dureza del terreno y el peligro de la situación política como elementos para potenciar las drogas y la música electrónica, buscando un high tan extremo que claramente y sin remedio se les sale de las manos, y también claramente ya no hay ningún tipo de marcha atrás.
Y es que a diferencia de la épica de viajes, donde el destino suele representar ya sea un alivio o una recompensa, misma que justifica incluso un infortunio de 20 años como el que enfrenta Ulises en La Odisea, lo de Sirat parece ser más bien un escape, incluso en el caso del padre que busca a su hija. Y si bien nunca conocemos a mayor profundidad los motivos que impulsan a este particular conjunto de marginales a renunciar a la sociedad convencional en busca de placeres que de tan extremos inevitablemente bordean un tanto el masoquismo, se intuye el habitual desencanto con la vida regida según los parámetros de respetabilidad y éxito, por lo que en el fondo sustituyen el nihilismo que subyace a esa visión, por otro tipo de nihilismo en donde los áridos desiertos y la dureza implicada en un hecho aparentemente tan sencillo como buscar una fiesta, se presentan como alternativas más deseables, incluso si en ello va implícito que todo salga terriblemente mal.