En una ocasión hace ya algunos años en que comía con el artista gráfico y novelista Bef, y el novelista Francisco Haghenbeck (quien tristemente falleció no mucho tiempo después), a propósito de una novela gráfica en ciernes sobre el asesinato de Colosio, Hagenbeck comentó algo sumamente agudo: que a su parecer la necesidad de mucha gente de creer en teorías de la conspiración se derivaba de la necesidad de creer que había alguien, así fueran los consabidos hombres malvados reunidos en una habitación para decidir en secreto el rumbo del mundo, que tomaba las decisiones y que había alguna lógica detrás del caos. De manera que en el fondo las teorías de la conspiración ofrecían una especie de extraño alivio psicológico, sobre todo en época convulsas, porque representan la ilusión de que incluso si es un plan malévolo, pero finalmente hay un plan, en contraste con la idea de que los aspectos extremos o convulsos del orden social se encuentren fuera de cualquier tipo de control.
Esto queda de relieve de manera muy nítida en el caso actual del comportamiento errático e impredecible de Donald Trump. Circula en internet la versión de un antiguo analista de la CIA llamado Larry Johnson, quien afirmó en un pódcast que en una reciente reunión con los altos mandos militares, el general Dan Caine salió furioso de la habitación tras haberse negado a entregarle los códigos nucleares a Trump, luego de su amenaza (esa sí sin duda real) de aniquilar la civilización iraní si no capitulaban a sus exigencias. No existe al parecer ninguna evidencia periodística real que respalde el supuesto incidente, pero en el fondo funciona para creer que si en un arrebato Trump deseara en efecto utilizar armas nucleares, habría alguien con la autoridad de negárselo (lo cual en términos de la cadena de mando militar constituiría insubordinación y/o traición).
De la misma manera, otra teoría de la conspiración que circula a menudo es que Trump se encuentra gravemente enfermo y que eso explica una suerte de impulsividad nihilista, pues estaría empeñado en crear tanto caos como le sea posible y dejar una marca indeleble en su periodo restante de vida.
En ambos casos, y en los cientos o miles de teorías de la conspiración al respecto que se pueden encontrar en una breve búsqueda por Google, la escalofriante fantasía resulta paradójicamente más reconfortante que la probable escalofriante realidad: que al mando se encuentra un hombre de edad avanzada que muestra evidentes rasgos de declive cognitivo y físico, que se queda dormido a menudo en juntas con miembros de su gabinete, y que precisamente si algo parecería no tener dentro de su comportamiento belicista y retórica incendiaria, es ningún tipo de plan estructurado, más allá de seguir al impulso del día enmarcado en su lógica imperialista/narcisista vagamente expresada con el concepto de “America First”. Por eso la fantasía de pensar que sí estaba ya dispuesto a usar un arma nuclear, pero que hubo un valiente general que se negó a proporcionarle el código, paradójicamente funciona como bálsamo psicológico y emocional frente a la idea de que un día en un arrebato de senilidad pudiera llegar a tomar una decisión de esa naturaleza sin que hubiera ningún contrapeso que pudiera oponérsele.
De manera que las fake news tienen una función más litúrgica de la que podría pensarse, pues son como un acto de fe que le ofrece una retorcida y casi siempre descabellada coherencia a lo que de otro modo se presenta simplemente como una realidad cada vez más impredecible y desbocada.