Cultura

Esperanza en 'Mil novecientos ochenta y cuatro'

Recién terminé de revisar la traducción que hice de Mil novecientos ochenta y cuatro, de George Orwell, que 76 años después de su muerte parece más vigente que nunca, casi un comentario sobre las prácticas y sucesos políticos básicos de la actualidad. Siempre me ha parecido que traducir un libro es un poco como meterse en sus entrañas, pues el proceso mismo obliga a situarse hasta donde se pueda en el lugar de quien lo escribió, las decisiones que tomó y cómo fue construyendo la estructura gramatical y del lenguaje de la novela. 

En ese sentido, una de las primeras decisiones fue la de dejar en español el título extendido con letras, en lugar del habitual uso con números, 1984, pues así es como aparecía en la edición original, y considero evoca un paisaje mental más amplio y envolvente que la versión condensada en número. Misma que, curiosamente, quizá transmite más el mundo mecanizado y brutal de la novela, mientras que la versión utilizada por Orwell, Nineteen-Eighty Four, evoca un panorama mental más amplio, que incluye los vericuetos del pensamiento y el diario del protagonista, Winston Smith, de una forma muy similar a la que refiere Orwell en el apéndice del libro, cuando compara el paisaje mental que evoca un término como “Internacional Comunista”, que remite a solidaridad, huelgas y barricadas, en comparación con las asociaciones más escuetas del acrónimo “Comintern”.

A pesar de ser un libro demoledor, una lectura detallada arroja lo que para mí son al menos dos pequeños atisbos de esperanza. El primero consiste en que una vez Winston ha sido torturado y reeducado para pensar exactamente según la ortodoxia del Partido, mientras continúa encerrado en el Ministerio del Amor escribe diligentemente en una pizarra “2 + 2 = 5”, como postula la ortodoxia del Partido. Sin embargo, hacia el final de la novela, cuando está sentado solo con sus interminables vasos de ginebra en el Café del Castaño, en algún momento garabatea con el dedo sobre el polvo de la mesa “2 + 2 = ”, y Orwell deja abierta la ecuación, como dejando entrever que incluso en el estado de obediencia mental de Winston, al menos durante el instante en que está a solas hubiera algo en él que se resiste a escribir el número 5 que completa el malabar mental que el partido exige.

Y el otro aspecto (que tras una búsqueda pude ver que ya lo han comentado algunas académicas a lo largo de los años) es que el apéndice final “Los principios de la Neolengua”, parece estar escrito desde un punto de vista en el futuro donde el Partido ha caído y la Neolengua, que es uno de los elementos centrales del proyecto de dominio sobre las mentes de quienes viven bajo su mandato, ha vuelto a caer en desuso. Incluso se estipula ahí que en el año 1984 el proyecto era que para 2050 la gente sólo pudiera hablar y expresarse en Neolengua, lo cual implica que ya no podrían siquiera pensar absolutamente nada que contradijera la doctrina del Partido, por lo que ese apéndice donde se ha vuelto a la utilización del “inglés estándar” tendría que estar escrito después de esa fecha tardía. No se explica en absoluto cómo pudo suceder, así que en todo caso queda abierto para los lectores imaginar por dónde pudo haber grietas o fisuras al brutal reinado del Gran Hermano y el Partido en el poder, pero Orwell parecería dejar en claro que pese a su detallada, sádica y sofocante ingeniería de control político y mental, algo sucedió que permitió se desmoronara. 


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Eduardo Rabasa
  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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