En Realismo capitalista, Mark Fisher menciona la cinta Fuego contra fuego, en comparación con las películas tradicionales de la mafia como El padrino, para ejemplificar cambios transcurridos entre la filmación de unas y otras (1970 a 1990, aproximadamente). Encuentra que Los Ángeles de Fuego contra fuego “es una ciudad sin puntos de orientación, una ensalada de marcas en las que el territorio delimitado fue sustituido hace tiempo por las vistas repetidas de las franquicias”. Y en lugar de la mafia tradicional con sus códigos de honor y lealtad, describe así a los liderados por Robert de Niro (en su papel de Neil McCauley): “Como cualquier mesa de accionistas, los integrantes de la pandilla de McCauley sólo están unidos por la perspectiva del cobro de utilidades. Cualquier otro vínculo entre ellos sería un añadido y, casi con seguridad, un añadido peligroso. Su arreglo es temporal, pragmático y lateral: saben que son partes intercambiables de una gran máquina, que no hay garantías y que, en el fondo, nada dura”.
Pensaba en esta viñeta sobre el cambio simbólico en las prácticas mafiosas a partir del evento organizado a propósito del cumpleaños 80 del presidente Trump y los 250 años de la fundación de Estados Unidos, el domingo por la noche en el jardín de la Casa Blanca. Se trató de una serie de siete peleas de artes marciales mixtas, organizadas por la UFC (megacorporación multinacional en donde el propio Trump posee acciones, habiendo comprado incluso el mes de marzo pasado). El evento fue transmitido de manera gratuita para 85 mil espectadores que ganaron boletos en un sorteo, y los 4 mil 300 asientos en torno a la jaula donde se desarrollaron las peleas fueron por invitación para miembros del ejército, gobierno e invitados especiales como Mark Zuckerberg.
Adicionalmente, se vendieron paquetes vip a patrocinadores corporativos que pagaron hasta 1.5 millones de dólares por los lugares, acceso a una recepción y a la conferencia de prensa del evento. Tanto en la jaula como en las pantallas había publicidad corporativa, intercalada con mensajes patrióticos ensalzando al ejército estadunidense. Los comentaristas iban actualizando en tiempo real los momios de las peleas en la plataforma de apuestas y predicciones Polymarket. Los peleadores eran mostrados calentando en la propia Casa Blanca y los de la pelea final salieron hacia el octágono nada menos que desde el despacho presidencial, la Oficina Oval. En una de las entrevistas posteriores a los combates, el peleador Josh Hokit afirmó ante el micrófono: “¡Michelle Obama es hombre! ¿Verdad, Estados Unidos?”, provocando aplausos y risas de la multitud, incluido el presidente.
En realidad es difícil imaginar un evento que retrate mejor simbólicamente lo que es y representa Estados Unidos en la actualidad. Al estilo de las redes criminales posmodernas descritas por Fisher, en el festejo cumpleañero de Trump y su patria se mezclaron el militarismo con las prácticas y publicidad corporativa, así como el beneficio personal del presidente a partir de un evento público, y los beneficios para las corporaciones que sobornan veladamente adquiriendo el derecho a participar mediante boletos de millones de dólares. Y todo con el beneplácito de los asistentes, tanto corporativos, como gubernamentales, como militares, como gente de a pie, embelesada con el espectáculo y gritando “USA! USA!” a lo largo de la velada. Inmejorable simbolismo también que la Casa Blanca fuera el marco de un espectáculo sangriento y grotesco, pues quizá no haya dos adjetivos más acertados para definir en la actualidad a la nación que históricamente se ha presentado como la guía de la libertad y la democracia a nivel mundial.