Política

El algoritmo, la batalla de todos

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Luis M. Morales
Luis M. Morales

M+.- Algo importante está ocurriendo cada lunes en las mañaneras desde hace tres semanas. Claudia Sheinbaum ha dedicado prácticamente las dos horas de estas sesiones a una reflexión colectiva sobre un tema que ya no admite demora: la responsabilidad de los adultos frente al daño que puede provocar en las nuevas generaciones el uso indiscriminado de tabletas y teléfonos móviles.

El asunto es tan decisivo como delicado. Supone discutir —y eventualmente tomar medidas— sobre un espacio que es, al mismo tiempo, público y privado. Hablamos de una tecnología imprescindible, pero también de una herramienta cuyas consecuencias son determinantes en la formación de la personalidad de los adolescentes, en el desarrollo neurológico de los niños y en la manera en que los jóvenes se relacionan con el mundo.

Todos lo experimentamos, aunque muchas veces seamos remisos para reconocer sus consecuencias. El teléfono inteligente no es solo un medio de comunicación: es una puerta permanente al entretenimiento, a la información, a la interacción social, al consumo y la comparación constante con los demás. Esa realidad ofrece oportunidades enormes para aprender, crear, expresarse y participar en la vida pública. Pero también genera riesgos que ya no pueden ser vistos como problemas exclusivamente familiares o individuales.

La adicción a los dispositivos móviles, el uso compulsivo de redes sociales, la exposición a contenidos dañinos, la pérdida de concentración, el deterioro del sueño y los efectos sobre la salud mental son asuntos de interés público. Por ello, el gobierno tiene una responsabilidad evidente: proteger a la infancia y a la juventud, generar conciencia social, impulsar programas preventivos y establecer normas razonables, especialmente en el ámbito escolar, sin invadir la vida privada de las personas. Más fácil decirlo que hacerlo, por las muchas controversias que puede provocar, por no hablar de los poderosos intereses de las empresas tecnológicas.

El primer punto que debe reconocerse es que niñas, niños y adolescentes no enfrentan el mundo digital en igualdad de condiciones frente a las grandes plataformas. Las redes sociales están diseñadas para capturar la atención durante el mayor tiempo posible. Las notificaciones, los videos breves, la recompensa inmediata de los “me gusta”, los algoritmos de recomendación y el desplazamiento infinito no son elementos neutrales: forman parte de modelos de negocio basados en retener usuarios y extraer datos.

Frente a ese diseño sofisticado, pedir simplemente a un menor de edad que “se controle” resulta insuficiente. También es injusto trasladar toda la carga a los padres, muchos de los cuales trabajan jornadas extensas, carecen de información técnica o enfrentan una presión social en la que el teléfono se ha convertido en instrumento de integración, seguridad y pertenencia.

En ese contexto, el Estado debe actuar como garante de derechos. La protección de la niñez no se limita a evitar daños físicos; también implica cuidar su desarrollo emocional, cognitivo y social. Si el gobierno regula los alimentos en las escuelas, las campañas de vacunación, los horarios laborales de menores, la seguridad vial o la publicidad dirigida a niños, también puede y debe intervenir frente a entornos digitales que afectan la salud, el aprendizaje y la convivencia.

No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que su uso sin límites puede producir daños reales, sobre todo cuando sustituye el juego, la lectura, la conversación cara a cara, el descanso y la actividad física.

Lo que intenta Claudia Sheinbaum es generar conciencia pública. Entiende que estamos ante un terreno inédito y que ninguna acción será verdaderamente efectiva si no existe un criterio compartido o, por lo menos, no contradictorio entre el espacio público y el privado. La única manera de lograrlo es socializar información, evidencias y criterios sobre la gravedad y la complejidad del problema.

De eso han tratado estas sesiones de los lunes: expertos nacionales e internacionales, psicólogos, neurólogos, sociólogos y pedagogos dedicados a analizar el tema; reportes de investigaciones y estadísticas que hoy se benefician del examen de más de una generación crecida bajo el imperio del scroll. La evidencia es contundente sobre el impacto que la descarga de dopamina y la satisfacción inmediata producen en niñas y niños pequeños al oprimir una imagen digital, así como sobre el daño que puede generar la adicción a los videos cortos en la manera en que un joven se vincula con el mundo.

No basta con decir que “las redes son malas” ni con promover el miedo. Es necesario explicar cómo funcionan los algoritmos, por qué la exposición prolongada afecta el sueño, de qué manera la comparación social puede deteriorar la autoestima, qué relación existe entre atención fragmentada y bajo rendimiento escolar, y cómo identificar señales de uso problemático.

La conciencia pública también debe incluir alternativas: hábitos digitales saludables, tiempos de desconexión, espacios familiares sin pantallas, uso creativo de la tecnología y criterios para distinguir información confiable de manipulación o desinformación.

También es necesario que el gobierno insista en un diálogo con las plataformas digitales para exigir mayor rigor en la autorregulación de excesos y prácticas nocivas. Pero no es una conversación fácil. La autorregulación empresarial es mínima cuando los incentivos económicos favorecen precisamente la permanencia excesiva del usuario frente a la pantalla.

Se trata de los nuevos “amos del universo”. Donald Trump ya ha dejado clara su disposición a emprender represalias contra los gobiernos europeos que intenten imponer restricciones a estas plataformas. En ese sentido, resulta estratégico para Sheinbaum contar con una opinión pública informada y decidida a hacer algo al respecto.

Ojalá podamos abordar el tema, por una vez, al margen de polarizaciones políticas mezquinas, de uno y otro lado. El asunto nos cruza a todos y urge actuar como sociedad para no quedar inermes frente a algoritmos que convierten a nuestros hijos y nietos en extensiones adictas de una lógica diseñada para retenerlos. Me parece que la Presidenta intenta encararlo como un problema de salud pública para el cual ni ella ni su gobierno tienen todavía una respuesta cabal. Precisamente por eso urge construirla entre todos.


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Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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