M+.- Creo que la intervención del Estado no sólo es necesaria, sino esencial para el bienestar de las sociedades. Consta en la historia que a ninguna sociedad le ha ido bien sin tener un buen gobierno.
Al buen gobierno se le conoce por sus frutos. No hay sociedad en la historia sin querellas, discordias y guerras. Un indicador de buen gobierno en la historia es el de los gobiernos que evitaron las guerras, en particular las guerras intestinas.
Atenuar la discordia, disolverla, negociarla, impedir que se vuelva una guerra civil, es el bien mayor que puede dar la política, entendiendo por política las reglas que rigen un Estado y a los políticos que administran esas reglas día con día.
He creído también a lo largo de mi vida que el crecimiento económico es central al bienestar de las sociedades. Esto me parece obvio: si una sociedad no crea riqueza que sus ciudadanos reciban, es una sociedad en riesgo, contraída en su presente y en su futuro.
Pero esto no es tan obvio en la historia. Durante siglos, ciudades, regiones, países que no existían entonces, vivieron en el estancamiento económico y no tuvieron grandes convulsiones políticas, aunque todas las grandes convulsiones políticas de la historia, como la Revolución Francesa, admitan una explicación económica, como el aumento loco de los impuestos al final del reinado de Luis XIV.
El mal manejo de la economía y de sus efectos en la gente pueden destruir cualquier Estado bien gobernado. Por tanto, el Estado que quiera preservarse debe cuidar la economía como parte de su responsabilidad de gobierno.
Un error fatal de ese cuidado es pensar que el gobierno puede suplir a la sociedad productiva, volverse empresario y gobernar la economía con decretos.
El buen gobierno deja a la economía seguir sus propias reglas y producir la riqueza resultante, de la que el gobierno se apropia con los impuestos, y reparte después, si puede y sabe, como bienes públicos de seguridad, legalidad, educación y salud.
Hay que tener una economía abierta a todos los horizontes de inversión, y un Estado cerrado a la tentación de suplir a la economía.
No es lo que pasa en México, al contrario.