M+.- En la mitología griega, Procusto era un malvado posadero que atraía huéspedes con una falsa hospitalidad, para posteriormente postrarlos en un lecho en el cual les aguardaba un terrible destino: si eran de mayor tamaño, les cercenaba las extremidades. Si en cambio eran más pequeños, los estiraba hasta que abarcaran su lecho. Así que en nuestros tiempos la expresión “el lecho de Procusto” se utiliza para hacer encajar a la fuerza algo cuyo tamaño o naturaleza son distintos de aquello en lo que se le quiere hacer encajar.
Esta es la sensación que me produjo ver la mastodóntica Odisea, de Christopher Nolan, misma que confieso contemplé con recelo desde que supe que Matt Damon daría vida a Odiseo. No me parece en absoluto que el problema sea el
casting que ha sido criticado por woke, que representa a Helena y su gemela Clitemnestra como mujeres afrodescendientes, pues hay maravillosas adaptaciones de obras clásicas donde se hace lo mismo (Denzel Washington en Macbeth de Joel Coen), y creo que esto más bien alude a la universalidad de las historias clásicas, que pueden ser representadas por actores y actrices tan diversas como podamos imaginarlo.
El problema para mí consiste en proponerse adaptar un clásico, para después pasarlo por el filtro ético y moral de la época a la que se adapta, lo cual me resulta muy condescendiente y con pretensión de superioridad moral, pues es como si se quisiera enmendar la plana a las maravillosas historias mitológicas, que justamente son tan maravillosas que parece pertinente volverlas a contar, pero retocándolas para que se ajusten a los juicios y prejuicios de la actual época. Y con ello por supuesto garantizar que sea un blockbuster que no incomode sino haga sentir bien a los espectadores, al contarles una historia en los términos en los que se pensaría la quieren escuchar.
Ulises, “el de los mil ardides”, es un personaje insulso y atribulado que en realidad no quería ir a Troya porque deseaba quedarse a ser un amoroso marido y padre de familia, y a su regreso a Ítaca se declara horrorizado por la ética implícita en su truco más genial y legendario, el del caballo de Troya, y el saqueo y destrucción que trajo aparejado. Más que una diosa que incide en el trayecto de Odiseo con ardides como realmente transformarlo físicamente en un mendigo, aquí Atenea es como una terapeuta portátil que aparece para darle consejos de autoayuda para que recuerde que tiene una familia a la que tiene que volver (¿en qué momento de la Odisea de Homero Ulises no recuerda que tiene familia?). En su encuentro con la hechicera Circe, en el texto original Odiseo se salva porque el dios Hermes le da una hierba que lo hace inmune al hechizo. En cambio aquí él por sí solo se da cuenta de que algo anda mal y somete a Circe mediante una suerte de bobo chantaje psicológico.
Parecería que la intención de Nolan es psicologizar lo más posible y adaptar a la moral contemporánea una épica clásica, cuando precisamente uno de los principales elementos de las historias mitológicas es que los humanos son marionetas con las que los dioses se divierten, por lo cual la ética tradicional no aplica pues, como lo expresó Nietzsche, dado que las acciones son instigadas por los dioses, se carga “con la pena pero no con la culpa”. Así que ya del final alternativo de la versión de Nolan, que podría estar extraído de la comedia romántica más chafa de todos los tiempos, ni vale la pena hablar, y quizá sólo queda apuntar que pese a su reticencia a dar en esta historia el lugar que los dioses ocupaban en Homero, al dios blockbuster estilo Marvel y a la diosa ganancias millonarias, sí se les rinde claramente aquí el culto apropiado.