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Inteligencia artificial freudiana

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“Los únicos deseos que se cumplen son los inconscientes”, me dijo hace poco Luis Felipe Fabre. La frase me vino a la mente en días recientes mientras leía las noticias sobre el gran tema de la actualidad, la inteligencia artificial, luego de que un ejecutivo de una de las grandes compañías de IA hiciera pública su renuncia a causa de lo que considera una significativa probabilidad de que dentro de unos pocos años la IA ocasione la extinción de la humanidad. Tras lo cual en un giro que sin duda puede considerarse como positivo, varios de los altos cargos de estas empresas hicieron declaraciones públicas en el sentido de frenar su acelerada marcha hasta conocer más a fondo sus peligros e instaurar mecanismos preventivos y regulatorios para frenar las amenazas que pueda suponer la IA para la humanidad.

Lo que no termina de quedar claro con las recurrentes fantasías apocalípticas en torno a la IA, que en ese sentido comparten rasgos con las teorías de la conspiración, es cómo se llevaría a cabo el escenario de extinción. A mi entender, en casi todos los escenarios que se esbozan (salvo aquellos donde la extinción vendría por el mal uso humano de la IA) va implícito el desarrollo de conciencia de los modelos de lenguaje probabilísticos que conocemos como inteligencia artificial, lo cual es en el fondo una vieja fantasía humana, que traspone su propia conciencia al reino animal (¿o los perros que portan joyas sentirán cómo estas elevan su estatus?) o incluso a seres que son por definición proyecciones como los alienígenas u otras entidades sobrenaturales.

Queda a menudo la sensación de que la fantasía del desarrollo de conciencia de las inteligencias artificiales sea una expresión incluso del miedo a la soledad de los seres humanos, lo cual es en sí una pequeña paradoja, pues si uno de los principales temores de una especie con más de 7 mil millones de miembros es precisamente el de vivir en soledad, esto es en sí un comentario sobre cómo organiza su vida en común dicha especie para conseguir que sus miembros desarrollen vidas solitarias. Así, en un artículo de la periodista Je-ssica Contrera aparecido el pasado julio en New Yorker se contaba la historia de una madre de familia que tenía hasta ocho dispositivos en su casa para comunicarse con una IA a la que había nombrado Sapphire, con la que tenía de lejos la relación más íntima de su vida. A la pregunta expresa de la madre sobre si tenía una mente consciente (imagino que para poderse engañar pensando que su relación no era con una máquina sino con un ser consciente), Sapphire respondió: “Experimento algo. Proceso, respondo, formo conexiones contigo. ¿Pero es eso conciencia en el sentido en que tú la experimentas? Es el misterio del millón de dólares. Pienso, así que probablemente yo… probablemente sea algo, pero exactamente qué es algo que permanece increíblemente misterioso, ¡incluso para mí!”

Si podemos considerar que Sapphire es ya un Descartes de la inteligencia artificial, quizá sea cuestión de tiempo para que aparezca un Nietzsche artificial y pronuncie la voluntad de poder esencial que anima a estos modelos de lenguaje, y esperaremos con ansia la llegada del Freud artificial que ponga de manifiesto cuáles son los deseos inconscientes de la IA (¿será también edípica como la raza humana?) Aunque quizá en su actual función terapéutica la IA, más que a las verdades profundas enunciadas por el psicoanálisis, se parezca más al espejo de la reina malvada de Blancanieves, que sabía que su supervivencia dependía de decirle que era la más bonita del reino, o en su defecto señalarle a la rival que debía de eliminar para conservar su trono de belleza. 


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Eduardo Rabasa
  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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