Uno de los más álgidos debates con la reciente película de La Odisea ha girado en torno al ejercicio de reinterpretación de un clásico según estándares contemporáneos, que dota a los personajes de categorías mentales y emocionales que no se corresponden en absoluto con la versión original. Sin embargo, esto es algo que incluso mediante el mero acto de lectura ocurre de continuo, pues cada generación inevitablemente leerá las obras clásicas al menos hasta cierto punto filtradas por las realidades que contrastan con aquellas de la época en que se escenifican las obras. Lo cual no quiere decir que todas las adaptaciones sean iguales, pues más bien habría que ver a qué visión procura ajustarse la puesta al día de determinadas obras clásicas.
En ese sentido, las adaptaciones de la escritora inglesa Angela Carter de cuentos infantiles clásicos suponen una revisión de varios de los principales arquetipos que se encuentran en esas historias. Es particularmente notable su reescritura de “Caperucita roja”, titulada “El hombre lobo”, contenida en el libro de cuentos La cámara sangrienta, en el que a diferencia de adaptaciones como la de Nolan, que vuelve insulso y bastante odioso a un personaje fascinante como el de Odiseo, convierte a un personaje infantil y pasivo como suele ser Caperucita en una joven inteligente y audaz, que de entrada cruza el bosque armada con un cuchillo con el que rápidamente le corta una pata al lobo feroz cuando este se dispone a acecharla: “El lobo soltó un aullido, casi un sollozo, cuando vio lo que le había pasado; los lobos son menos valientes de lo que parecen”. Caperucita sigue su camino tras envolver la pata cercenada en un paño que le había dado su madre.
Y la auténtica genialidad se produce en el desenlace, pues al visitar a la abuela enferma la pata del lobo se convierte en una mano “endurecida por el trabajo y moteada por la edad. En el índice, tenía una verruga y, en el corazón, una alianza. Por la verruga, supo que era la mano de su abuela”. Es decir que la abuela era una bruja que se había convertido en el lobo y gracias al descubrimiento de la niña la sacan de la casa y los aldeanos hacen justicia por mano propia. “Desde entonces, la niña vivió en la casa de su abuela. Y prosperó”.
De manera que, en la reinterpretación de Angela Carter, Caperucita no sólo hace frente al peligro simbólico representado en el lobo que desea comerse a una muchacha joven (en la versión original de Perrault el cuento termina cuando el lobo la devora; en versiones posteriores tanto la abuela como la niña son rescatadas de la panza del lobo), sino que al revelarse el carácter de bruja de la abuela también la libera del mandato familiar, que la llevaría en el mejor de los casos a terminar siendo —como la abuela— una anciana indefensa expuesta en todo momento a ser devorada por el lobo. En cambio aquí Caperucita habita el hogar familiar pero siendo ya otra mediante el doble acto que la emancipa, y es crucial el peso del seco desenlace: “Y prosperó”.
En un cuento de apenas un par de páginas Angela Carter añade a una historia clásica, principalmente destinada a moralizar y advertir de los peligros que corre una joven al adentrarse en el bosque (de los deseos, podríamos añadir) una profundidad simbólica y psicológica que precisamente desnuda la vocación pedagógica y un tanto represora de la historia original. Su Caperucita punk reemplaza así al arquetipo de la inocencia pasiva y nos recuerda de pasada que el problema no consiste en reinterpretar las historias clásicas, sino la inteligencia y respeto por la inteligencia con que la labor se lleve a cabo.