Policía

¿Boxeando por la paz?

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Tras el golpe de Nemesio Oseguera, El Mencho, que parece ser un mensaje de fuerza de la presidenta Claudia Sheinbaum, tanto hacia afuera como hacia adentro de su órbita política, el gobierno dedicó parte de la conferencia mañanera de ayer a promover sus programas oficiales de pacificación.

Uno de estos proyectos, lanzado apenas a mediados de febrero, se llama “Boxeando por la paz”, el cual pretende involucrar con este deporte a niños y jóvenes de barrios marginales para que el ring reemplace a la calle.

A primera vista, boxear por la paz suena a contradicción: El boxeo no da precisamente paz, aunque puede ser una forma de gestionar la violencia bajo ciertas reglas. Así, el título del programa oficial puede funcionar como metáfora involuntaria (¿o no?) para intentar entender la nueva política de seguridad, una que terminó de marcarse de forma contundente luego del sorpresivo operativo contra El Mencho, el cual representó un antes y un después del actual gobierno.

¿En lugar del discurso de combate frontal del gobierno del presidente Felipe Calderón o de la pretendida contención política y social del presidente Andrés Manuel López Obrador, estamos ahora ante una especie de búsqueda de confrontación regulada en medio de la situación de geoestrategia criminal que atraviesa el país?

Cuando pregunto a diversos colaboradores del actual gobierno sobre la visión de seguridad nacional frente a las presiones bélicas de Donald Trump, suelen hablar de combate táctico contra los grupos criminales, selección de momentos para dar golpes certeros, inteligencia antes que despliegue masivo e intercambios más calculados que explosivos. Un lenguaje que, perdón por el exabrupto, a mí me suena boxístico.

Quizá me pasa lo anterior porque estos meses he hablado a profundidad con bastantes boxeadores, debido a un documental que estoy haciendo. Algunos vienen de las montañas de Guerrero o Jalisco, o de barrios populares de la Ciudad de México, Culiacán o Tijuana, y tuvieron infancias y adolescencias con entornos criminales a su alrededor, pero encontraron en este deporte una forma de canalizar la violencia a su alrededor y, sobre todo, de forjar una identidad.

En el boxeo no se busca la destrucción absoluta del rival ni se evitan los golpes de forma indefinida. Se va al intercambio cuando conviene y se amarra cuando es necesario. El combate existe, pero está delimitado. Si la guerra es aniquilación y el abrazo es contención, el box es fuerza y cálculo.

Sin embargo, el box supone una simetría de pesos y otras reglas claras, así es que aquí la metáfora se agota, porque el crimen organizado no es un contendiente legítimo que acepte reglas. Otra cosa que he aprendido estos meses es que el box también es un espectáculo. Y un buen golpe en una pelea puede ser asombroso y levantar al público de los asientos, pero no necesariamente da el triunfo al final.

¿Puede el gobierno convertir el combate criminal en conflicto regulado sin que el ring se desborde?, ¿se puede ejercer la fuerza sin entrar en una guerra permanente? Ya entrando en materia, especulando por whatsapp con el escritor Juan Villoro sobre cómo vendrían los siguientes rounds de esta pelea, con estilo fajador me advirtió: “ahora hay que asimilar castigo”.

Días antes del operativo contra El Mencho pregunté a un expresidente mexicano su opinión sobre la presidenta Sheinbaum en su primer año de gestión. Tras disertar algunas ideas y anécdotas, concluyó: “La presidenta todavía no sabe quién es. Esa silla no es eléctrica, pero después del primer año da toques”.


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Diego Enrique Osorno
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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