Al rehusarse a extraditar a Rubén Rocha a Estados Unidos, la 4T pone todas sus fichas en la casilla de su defensa. Ya sabemos por qué: el gobernador con licencia de Sinaloa es demasiado cercano a López Obrador y su caída arrastraría al fundador del movimiento. La pregunta es si es una apuesta ganable, y yo digo que no. Dudo mucho que el gobierno estadunidense, pase lo que pase en las elecciones de noviembre, dé carpetazo al proceso. La acusación contra el sinaloense y sus nueve adláteres es parte de la agenda del aparato de seguridad y justicia de ese país y tiene respaldo bipartidista. Rocha está enredado en el caso del Mayo Zambada, cuya captura se dio en la presidencia de Joe Biden, y aun si Donald Trump se debilita el asunto seguirá vivo. Es más, creo que continuará con quien sea que llegue a la Casa Blanca en 2028.
Ahora bien, no es una mala jugada porque Estados Unidos no vaya a quitar el dedo del renglón: es que el personaje es indefendible. Quieren enjuiciarlo porque representa la protección gubernamental al crimen organizado que se ha dado durante los últimos 40 años (es obvio que Zambada no fue perseguido como otros capos porque las autoridades mexicanas, por cálculo, complicidad o ambas cosas, no quisieron hacerlo, y que encarnó como nadie la paxnarca). Los gringos, al mandar el mensaje de que se debe proceder contra los políticos corruptos que potencian la operación de los criminales, escogieron bien su blanco, y nos inundarán de pruebas y testimonios para demostrarlo. Sobran indicios: el gobernador ha reconocido su interlocución, y todo mundo sabe que el narco operó a favor de Morena en las elecciones de Sinaloa y que su fiscal fabricó un montaje para encubrir las razones del asesinato del diputado Cuén, su enemigo.
La confianza en que se va a ganar esa partida esgrimiendo soberanismo contra intervención yanqui me parece peregrina. En cuanto se visibilice su corrupción la gesta será percibida como el otorgamiento de impunidad a un narcopolítico por ser mexicano y sobre todo por ser obradorista, y la 4T se exhibirá si porfía en esa retórica. Ni siquiera el exembajador Salazar servirá ya de chivo expiatorio. Tensar la cuerda de la relación bilateral con la tesis de que Estados Unidos quiere intervenir en las elecciones de México es, en efecto, apostar al fracaso. Trump ha sido injerencista al pronunciarse a favor de los candidatos de derecha en América Latina, sin duda, pero ni esa injerencia ha sido la clave de las derrotas de la izquierda ni el affaire Rocha tiene algo que ver con la circunstancia de las contiendas sudamericanas, que es totalmente distinta. Aquí hay un señor acusado de connivencia con el crimen organizado y, hasta ahora, un gobierno que lo defiende. Y en la medida en que aparezcan abrumadoras evidencias de conductas y asociaciones non sanctas el rechazo de la gente a la pesquisa estadunidense, si es que hoy existe, se desvanecerá, y no por un exabrupto de moralidad sino porque los mexicanos estamos hartos de vivir asolados por la violencia y la inseguridad. Ni hablar del rebote contra el T-MEC.
Hay que escoger las batallas, dice Sun-Tzu. No había otra opción si de proteger a AMLO se trata, ciertamente, pero sí la había para defender a México. En fin. El hecho es que optaron por una mala apuesta.